El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 11
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Capítulo 11

¡Logro desbloqueado! ¡Entrometido!

Has invitado a un PNJ rojo que además es un jefe a una estancia segura. ¡Y ha conseguido entrar!

Yo creo que te convendría no seguir haciendo este tipo de cosas.

Recompensa: ¡Has recibido una caja de Desconocido peligroso de bronce!

—¡Eh! —dijo Dónut—. ¡No lo hemos invitado! ¡Ha entrado por su propio pie!

En el otro extremo del bar, el bopca empezó a gritarle al tipo para que saliese.

Nos quedamos mirando al recién llegado. Mongo gruñó y se le erizaron las plumas.

Yo extendí los brazos, alarmado.

—Dónut —dije—. Tranquiliza a Mongo.

Lo último que necesitábamos era que el dinosaurio se teletransportase fuera.

—¡No, Mongo! ¡No! —gritó Dónut mientras el dinosaurio gemía como un perrito.

A pesar del marcador en el mapa, la criatura no parecía hostil.

No nos llegó ninguna notificación que indicase que había empezado el combate.

Recordé que, en una ocasión, Mordecai nos había comentado que los monstruos podían entrar en las salas seguras.

Solo se teletransportaban fuera si atacaban.

La verdad es que no me había planteado cómo funcionaría algo así con las criaturas inteligentes.

El monstruo era un poco más bajo que yo, pero tenía una presencia electrizante que abarcaba toda la estancia.

Aún no le podía ver la cara. Estaba musculado y parecía alguien sacado de algún tipo de ceremonia tribal.

La única piel que se le veía era la de los brazos y la de los abdominales marcados.

Era blanco como el hueso, casi translúcido, como si algo le hubiese arrebatado todo el color y la vida.

Llevaba una falda también de paja que le llegaba hasta las rodillas, y el tocado ocultaba por completo su cara, como si llevase otra falda sobre la cabeza.

O una pantalla de lámpara que le llegase hasta el pecho.

Unos pequeños zarcillos de fuego revoloteaban entre sus pies y sus piernas.

La extraña varita que llevaba en la mano era un cúmulo de juncos entrelazados de colores llamativos y decorado con caracolas.

El hedor del tipo se apoderó del ambiente, uno a cadáver podrido.

—Dios mío —exclamó Dónut, a quien le dio algo parecido a una arcada—. Que seas un muerto viviente no quiere decir que no tengas que usar desodorante, ¿sabes?

Examiné a la criatura.

Asojano. Orisha.

Jefe de ciudad. Nivel 130.

Es un espíritu no corpóreo.

Asojano, también conocido como el Señor de la Viruela, es uno de los orishas más temidos y respetados, un dios antiguo reencarnado tras el surgimiento de la Ascendencia.

A medida que los adoradores de estas deidades se han ido reduciendo, sus templos se han derrumbado y su poder ha disminuido. Terminaron por desaparecer, por atravesar el velo para convertirse en poco más que un ghommid, capaces de visitar el mundo físico en contadas ocasiones.

Un día, hace no demasiado tiempo, Asojano llegó a este pequeño pueblo para visitar el mundo que una vez ayudó a gobernar. No había malicia alguna en sus acciones. Solo vino para echar un vistazo a todo lo que había poseído y perdido en el pasado.

Aun así, el poder jamás abandona ni el más olvidado de sus receptáculos.

Asojano es la enfermedad encarnada. Mata y cura. Es vida y es muerte. También lleva un sombrero de juncos que no le deja ver muy bien por dónde anda, por lo que se tropieza mucho.

«¿Señor de la Viruela? —pensé—. Oh, oh…».

Apareció una barra de salud sobre la criatura sin que hiciésemos nada y empezó a bajar muy despacio. Ninguno nos habíamos movido.

—Santero —gruñó el monstruo, con voz grave, extraña y antigua.

Me recordó a las voces de Ifechi y de la reina Imogen, ya que la criatura parecía una versión masculina de ellas.

Hablaba directamente a Paz—. Tienes que ayudarme.

Estos espíritus han invadido este lugar por mi culpa y te necesito.

Estoy atrapado aquí, pero tú puedes ayudarme a liberarlos.

—Esto… —dijo Paz.

La puerta permaneció abierta y, en ese momento, llegó un grupo de ghommid.

Todos se teletransportaron a otro lugar uno a uno, mientras gemían e intentaban arrastrarse al interior.

El bopca no había dejado de gritar y de agitar los brazos.

El tipo llevaba un gorrito de chef. Rodeé al orisha y le di una patada a la puerta para cerrarla.

Eso terminó por ser un error, porque cuando esta se cerró, el hedor se volvió más insoportable aún. Todos empezamos a alejarnos mientras Dónut no dejaba de tener arcadas.

El punto del orisha seguía rojo, algo poco habitual.

El monstruo tenía un aura apenas visible de color moho que irradiaba a unos treinta centímetros a su alrededor.

Sospechaba que si alguno entrábamos en ella recibiríamos algún tipo de enfermedad asquerosa.

No sabía si algo así iba a funcionar en una estancia segura, pero tampoco tenía ganas de descubrirlo.

El tipo dio un paso hacia Paz. El suelo siseó allá donde pisaba, lo que me recordó a Bianca, esa especie de cabra dragón de Prepotente. La salud no había dejado de bajarle.

—No te acerques más —le dije mientras todos dábamos un paso atrás—. Te llamas Asojano, ¿verdad? Si te acercas, te vas a teletransportar fuera. —No sabía si era cierto o no, pero sonaba factible—. Entonces ¿eres la razón por la que estos ghommid se han vuelto locos?

Asojano se giró para encararme. Se quedó unos momentos en silencio antes de hablar. Me di cuenta de que estaba temblando. ¿De rabia? ¿De miedo? No tenía ni idea.

—¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a pronunciar mi nombre? Solo hablamos a través de los sacerdotes. De lo contrario, haré que tus cosechas se marchiten, que tu piel burbujee y maldeciré a tus ancestros durante toda la eternidad.

Agitó la varita en mi dirección. Esperaba que lanzase algún conjuro o que se teletransportase lejos, pero no pasó ninguna de las dos cosas. El tipo se quedó mirando la varita, como si él también se hubiese sorprendido al comprobar que no había funcionado.

—Pero, cielo —dijo Dónut—, ¿crees que nos importa si acabas con nuestros cultivos? Carl ya lo hace él solito. —Alzó la vista para mirarme—. ¿Recuerdas el problema con la planta de aloe vera? La señorita Beatrice quedó muy decepcionada contigo. Solo estuvo fuera dos días.

—Pero ¡si fuiste tú! —respondí—. ¡La tiraste al suelo y la sacaste de la maceta!

—Pues tendrías que haberme cuidado mejor, ¿no?

Yo no dejé de mirar a Asojano y a Paz. Sor Inés parecía estar a punto de atacar al orisha.

Antón ya había regresado de la barra, se había terminado la bebida, había dejado el vaso en una mesa y luego había puesto una mano sobre el hombro de sor Inés, supuse que para intentar calmarla.

Me resultó bastante extraño porque normalmente era ella la que estaba tranquila.

Paz permaneció paralizado, con la boca abierta.

C ARL : Paz, tienes que decir algo. No te quedes ahí parado. Intenta hacerlo hablar lo máximo posible.

—Esto… —repitió Paz—. ¿Y qué necesitas que haga, exactamente?

—Ve al templo que hay en el centro del pueblo y arregla mi capilla. Eso me permitirá marcharme de este lugar.

—Es un club Vencedor —dije—. ¿Vosotros tenéis acceso, chicos?

—Sí —respondió Antón—. Los tres podemos entrar, pero no nos gusta hacerlo a menos que sea necesario. Sor Inés se niega, de hecho. Pero ¿qué más da? Ni siquiera está abierto.

¡Misión actualizada! Pueblo de los Olvidados.

Un orisha es el culpable de la infección de ghommid.

Usó todo el poder que le quedaba en su capilla para entrar en el pueblo y ahora no se puede marchar.

La malignidad de su presencia ha alterado las mentes de los habitantes del lugar y los ha vuelto locos.

Haz que se vaya para liberar el asentamiento.

Tienes que ir al templo que hay en el centro del pueblo, encontrar la capilla correcta y «repararla». Eso servirá. Bueno… También podrías matar al tipo ese. No parece muy fuerte. Otra alternativa sería matarlos a todos. Eso sería divertido, de hecho.

Asojano volvió a agitar la varita, como si intentase hacer funcionar un mando a distancia que se hubiese quedado sin pilas. Se dio unos golpecitos con ella en la otra mano.

P AZ : ¿Qué hago?

A NTÓN : La salud no deja de bajarle. Espera a que esté al cinco por ciento y le clavaré la bandera.

P AZ : Pero ¿eso funcionará aquí dentro?

C ARL : Lo dudo. Dile que lo ayudarás. Pero no se lo pongas fácil. A ver qué pasa.

Paz se agitó con nerviosismo y la armadura volvió a tintinearle.

—Bueno, señor Asojano… Ayudaremos, pero no podemos entrar al templo. Hay muchas de esas cosas. ¿Podría ayudarnos a llegar?

La criatura asintió.

—Salid esta noche, cuando se ponga el sol.

Mi poder es mucho mayor durante la oscuridad.

La enfermedad los afecta más y serán más fuertes, pero también lo será mi capacidad para contenerlos.

Ahora mismo no los puedo controlar a todos.

Cuando reparéis mi capilla, tendré el poder suficiente para marcharme.

—¿De noche? —dudó Dónut—. ¿Quieres que salgamos ahí fuera y luchemos contra ellos en la oscuridad?

La salud del monstruo llegó a ponerse en rojo.

A mi lado, Antón sacó una bandera del inventario.

La sostuvo en la mano. Me planteé durante unos instantes si de verdad quería luchar contra aquel tipo.

Parecía poderoso, pero encima era un monstruo que usaba venenos, por lo que era probable que sus habilidades actuasen despacio.

El problema era que nuestros tótems tenían límite de tiempo.

—Eres un dios falso —dijo sor Inés de repente.

Espetó las palabras. Se había llevado esa mezcla de patas y manos a la cabeza y no dejaba de hacer un movimiento extraño, como si estuviese amasando algo.

Su voz sonaba constreñida, aterrorizada.

Tenía los ojos cerrados con fuerza—. Esto es demasiado.

Nuestras almas… Nuestras almas no pueden con esto.

Antón, no. No puedo. No lo hagas. Deja que el equipo de Carl se encargue.

—Sé fuerte, hermana —dijo Antón—. Ya hemos hablado de esto… Es mentira. No es…