Capítulo 10 #3
Kipper el ghommid cayó y se disipó entre polvo reluciente.
Paz lanzó algo y mató al que Antón había disparado con la ballesta.
Aparecieron decenas y decenas de esas cosas.
Vi que eran de todas las formas y tamaños, desde minotauros tamaño bebé hasta hombres desnudos y muy obesos con orejas tamaño Dumbo que caminaban sobre las manos.
Estos últimos arrastraban las orejas por el suelo y las tenían en llamas.
Gruñí. La presencia de Paz había invocado a todas esas cosas. A todas. Esto iba a ser una mierda. Íbamos a tener que luchar mientras escapábamos.
—Tenemos que llegar a la estancia segura y preparar un plan mejor —grité.
Lancé Patoso, lo que hizo que todas las trampas de cajas espirituales se activasen.
Me hubiese gustado farmear alguna que otra más, pero era demasiado arriesgado ponerme a hacerlo con todos estos tipos alrededor.
Además, Mongo podía llegar a activar una en cualquier momento.
Miles de aullidos terroríficos se extendieron por el cielo nocturno. Varios de los ghommid desaparecieron, ya que habían sido invocados al activarse alguna de las trampas que había por todo el pueblo. Pero no dejaban de venir más y más. Era una horda de zombis espirituales.
Un monstruo que parecía un búho de tamaño humano apareció de improviso justo delante de mí, encima de la segunda trampa. Estaba de espaldas, y le di instintivamente un puñetazo en la nuca. Pero no había sacado el guantelete y mi puño lo atravesó sin más.
¡Crac! Una capa azul de hielo me cubrió el brazo hasta el hombro y, de repente, no pude moverlo. Era como si me lo estuviese aferrando un cepo.
¡Te han congelado!
Aviso: Tu brazo se romperá en pequeños pedacitos si recibe mucho daño antes de descongelarse.
—Au —grité.
El monstruo giró la cabeza ciento ochenta grados para mirarme.
El búho tenía unos ojos negros y turbulentos del tamaño de huevos de gallina.
Mi brazo congelado le entraba por la boca y le atravesaba la cabeza.
La criatura abrió el pico negro y mordió.
¡Crunch! Vi esquirlas de hielo volar por los aires.
Apareció una barra de salud sobre el puñetero brazo, y vi que ya estaba en rojo.
Las esquirlas pasaron a convertirse en sangre.
Pero eso no era todo. También me dieron unas náuseas horribles.
¡Te están drenando!
Mongo se acercó y mordió el tronco del búho, momento en el que la criatura explotó en un estallido eléctrico provocado por los forros de dientes mágicos del dinosaurio.
Yo seguía teniendo el brazo congelado. Una desventaja de veinte segundos apareció sobre él, pero luego todo volvió a la normalidad y el hielo se derritió cuando sor Inés me lanzó algún conjuro.
—Gracias. ¡A los dos! —Me sentía agotado. «Dios, eso ha estado cerca».
—¡Son demasiados! —gritó Antón. La ballesta hacía ruiditos de mono cada vez que la disparaba.
Sor Inés no dejaba de lanzar esas pelotas blancas una tras otra.
Dónut usó Muro de fuego, que chisporroteó a más altura que nunca gracias a su nuevo aro de pezón.
También aparecieron unos Mongo mecánicos, que destrozaron a los enemigos.
Yo tiré dos de mis cortinas de humo imbuidas, momento en el que los zombis gruñeron e hicieron todo lo posible por apartarse del humo antes de morir.
—¡La estancia segura está por allí! —gritó Dónut, que señaló hacia un grupo de criaturas. Saqué un pringue sagrado y lo lancé para abrirnos paso. Luego tiré una cortina para mantener el camino despejado.
—¡Vamos! —grité.
—¡Carl! ¡Mis ataques psiónicos no funcionan contra estos tipos!
Tanto Paz como sor Inés habían empezado a brillar con una luz amarilla mientras avanzaban en dirección al pub.
Mi barra de alma empezó a llenarse poco a poco con un color negro y turbulento, diferente al verde enfermizo de los duendes que acabábamos de matar y que se mezclaba con este.
Había lápidas a ambos lados de la calle a medida que caminábamos.
Busqué ghommid que tuviesen más de nivel 30, pero no vi ninguno.
No merecía la pena acabar con estos tipos.
Ninguno de ellos podía lanzar conjuros, pero eran incansables, eso sí.
Cuando se disipó el humo, seguían ahí, en todas partes.
La lentitud no importaba porque eran demasiados.
Cerré el puño con fuerza y, por suerte, el guante funcionó.
Morían de un solo puñetazo, pero sabía que si los tocaba con la piel iba a volver a congelarme.
Sospechaba que también podía patearlos con los pies descalzos, sobre todo si activaba Garrazo, pero no me atreví a probar.
Recorrimos la media manzana antes de quedar bloqueados por completo. Dónut lanzó Bola de fuego, conjuro que abrió de nuevo un camino y acabó con ellos como si fuese una quitanieves. Pero, cuando caían, más de esas cosas llenaban el espacio que estos acababan de dejar.
No tardaron en rodearnos. Yo me había quedado sin cortinas de humo. La estancia segura se encontraba a unos cien metros.
—¡Dónut! —grité—. ¡Atajo!
—Vamos a teletransportarnos —dijo la gata—. Acercaos todo lo posible.
Lanzó Saltacharcos y reaparecimos junto a la puerta de la estancia segura.
No era un edificio de verdad, sino una cripta gótica de mármol y ruinosa con un cartel de neón que colgaba encima y rezaba: «La Zona Amarilla».
No tenía duda alguna de que aquella no era la versión real del bar.
Los tres entraron en la estancia justo cuando yo me di la vuelta para encarar la horda de zombis, que ahora se encontraba a unos quince metros de distancia.
Todos se giraron despacio y empezaron a acercarse.
Pero luego lo vi. Hice una pausa, con la mano en la puerta mientras Mongo y Dónut corrían al interior.
Salió de entre la niebla, caminando como si nada y sin tambalearse como los demás. El tipo descalzo iba directo hacia mí. En la cabeza llevaba una especie de tocado de paja que le cubría la cara por completo. Le llegaba hasta la cintura.
El suelo a su alrededor chisporroteaba con unos extraños zarcillos negros cada vez que lo pisaba.
También tenía un palo muy raro en la mano, como si fuese una varita gruesa.
Me señaló con ella. No esperé a comprobar para qué servía, porque entré a toda prisa en la estancia segura y cerré de un portazo.
Combate terminado. Se ha reiniciado el mazo.
—¿Habéis visto a ese tipo? —pregunté entre jadeos.
—No —comentó Paz, quien también jadeaba.
Sor Inés caminaba de un lado a otro, como si quisiese volver a salir ahí de inmediato.
Antón estaba en la barra, en la que por suerte había un bopca.
Estaba pidiendo algo de beber. La estancia era mucho mayor por dentro que lo que parecía la cripta.
Era un pub normal de estilo medieval. Dónut le hacía mimos a Mongo, quien estaba cubierto de tierra.
—Estoy muy seguro de que era el jefe. No me dio tiempo a leer la descripción, pero ¡tenía nivel 130!
—Es probable que siga ahí fuera —comentó sor Inés—. Abre la puerta. No puede hacernos daño aquí dentro.
Recordé al elemental de furia al que nos habíamos enfrentado en el segundo piso. La monja tenía razón. Extendí un brazo titubeante y abrí la puerta.
—Cristo bendito—dije al tiempo que brincaba hacia atrás.
—No —comentó el monstruo—. La verdad es que no.
Se quedó allí en pie, bloqueando la puerta como si hubiese estado a punto de llamar. El punto seguía rojo en el mapa.
Dio un paso al frente y entró en la estancia.