Capítulo 10 #2
Las criaturas parecían moverse sin ton ni son, lo que parecía indicar que Dónut estaba en lo cierto al decir que eran zombis. Me recordó a las playas de maniobra del cuarto piso. En aquel caso no eran zombis, sino necrófagos.
Empezaba a sospechar que la zona al completo no era lo que creíamos que era. El templo del centro de la plaza tenía un chapitel familiar. Un club Vencedor. Vi que también había un baño por la zona. Nunca había visto un baño en una sala de jefe.
Lancé una pelota de pociones llena de pociones de sanación buenas en medio de un grupo de puntos rojos y conseguí matar a tres de esas cosas, fueran lo que fuesen.
Murieron fácilmente y sin hacer ruido, pero no recibí mucha experiencia, lo que indicaba que no eran muy peligrosos.
Volví a descender al suelo y les indiqué que podíamos entrar.
Cuando atravesamos la puerta, me di cuenta de que mi teoría estaba en lo cierto. Eso no significaba que el lugar no fuese peligroso, claro. De hecho, el libro de cocina me había advertido que podía ser todo un grano en el culo.
Entrando en el asentamiento ghommid mediano.
¡Aviso! Este pueblo está corrupto. No puedes reclamarlo ni repoblarlo hasta que se haya erradicado la podredumbre.
—¡Es un pueblo! —dijo Dónut—. ¡Un pueblo dentro de una ciudad! ¡Veo una estancia segura! Está por allí.
—¿Es como un templo corrompido? —preguntó Paz con preocupación sin dejar de mirar a los lados.
—Oh, oh —dijo Antón.
—Eso mismo —respondí. Un templo corrompido significaba que podía tener monstruos en el interior, lo que obviamente también era el caso del pueblo donde nos encontrábamos. Había leído algunas descripciones de sitios iguales. Tanto los templos como los pueblos corrompidos funcionaban igual.
Un aullido impío resonó por la zona, proveniente de todas partes al mismo tiempo. Gritos, chillidos y alaridos reverberaron por todo aquel cementerio enorme y lleno de niebla.
—Otra vez no —murmuró Paz.
—¿Qué? —pregunté.
Aviso: La presencia de un santero ha agravado el estado de los muertos vivientes, que ya estaban irritados.
—Hay algunos tipos de muertos vivientes a los que no les gusta mi clase —explicó. Se dio unos golpes en la coraza—. Por eso voy con esto. Una armadura sagrada. Siempre me llevo la amenaza, por lo que solo me atacan a mí y a nadie más. Me siguen a todas partes, aunque salgamos corriendo.
—Un momento —dijo Dónut—. ¿Sabías que iba a pasar esto? Tenemos que mejorar nuestra comunicación, Paz. Quizá deberías haber esperado fuera.
—No —aseguró sor Inés. Una pelota blanca de llamas apareció en su mano en ese momento—. También consigue una mejora temporal de fuerza cada vez que se mata a una de esas criaturas irritadas. Y yo.
Antes de que me diese tiempo a responder, la verja que teníamos detrás se cerró de golpe.
No se oyó música, sino que vimos un resplandor mágico que emanaba de los barrotes, lo que significaba que se había cerrado mágicamente.
Sobre nuestras cabezas vimos un brillo medio translúcido que se extendía a nuestro alrededor, lo que nos indicaba que tampoco podíamos escapar volando.
—Sorprendente —dije.
Llegó otra notificación.
¡Nueva misión! Pueblo de los Olvidados.
Es bastante obvio, porque os habéis quedado encerrados aquí, pero que sepáis que la misión es obligatoria. Con esta podéis tomaros el tiempo que queráis, pero no saldréis hasta que no la hayáis completado.
¿No es un pueblecito muy bonito? ¡Es muy pintoresco! Lo malo es que la población se ha transformado en una horda de muertos vivientes horribles que quieren devorar tu valiosa alma.
Este lugar antes estaba poblado por unas criaturas de la especie llamada ghommid.
¿Alguna vez has mirado una gota de agua de mar a través del microscopio? Es muy inquietante. Ahí dentro hay todo tipo de movidas raras. Francamente, siempre que lo veo tengo pesadillas.
Sea como fuere, lo decía porque eso es más o menos lo que se ve al mirar un pueblo de ghommid.
El término es una manera general de designar a cualquier criatura normal y corriente de otra realidad.
A cualquiera que visite este mundo desde la tierra de los muertos.
Hay de todo tipo y muchos son únicos. Y, al igual que todos esos bichos raros y microbios de la gota de agua, hacen cosas diferentes.
La mayoría son inofensivos. Algunos son bonitos.
Otros están enfadados. Y los hay que os provocarán diarrea explosiva solo para divertirse.
Suelen asentarse en zonas en las que el velo es casi inexistente, como los cementerios.
El problema con estas criaturas espirituales es que son muy variadas. Un asentamiento de este tipo está condenado a irse al traste en algún momento. Es inevitable.
En este caso, apareció un espíritu que convirtió a los demás del pueblo en un monstruo hambriento, iracundo y con ganas de abrirte en canal para montarse una fiesta con tus entrañas.
Tienes que encontrar y erradicar el origen de todo.
Es probable que al eliminarlo los habitantes terminen por curarse.
O ¿quién sabe? Quizá se vuelvan locos e intenten matarte con más ahínco.
La verdad es que no lo sé. No soy tan omnipotente como piensan esos sádicos comemierdas.
¿Cuarentena? Ya saben que no funciona porque quieren conservar activas sus valiosas zonas de mejora.
Uno de estos días se van a llevar una gran sorpresa.
Recompensa: Bueno, puedes salir del pueblo.
Es una buena recompensa. Además, este volverá a transformarse en un asentamiento normal y todos los establecimientos y estructuras volverán a estar disponibles, si es que queda vivo algún trabajador.
Y ¿por qué no? También os daremos una caja de misión de plata, venga.
—Carl —dijo Dónut—. No he entendido la mitad de ese mensaje. ¿Qué quieren decir «cuarentena» o «zonas de mejora»?
—¿A qué te refieres? —preguntó Paz, confuso.
Copié y pegué el texto de la misión en mis notas, como hacía siempre, y comprobé que esas líneas en las que la IA hablaba sobre sí misma habían desaparecido. No era la primera vez que ocurría.
Escribí el resto de memoria. Era muy raro.
—Entonces, esto es como cualquier pueblo, ¿no? —dije un momento después—. Pero todos los PNJ son monstruos y tenemos que encontrar y matar al líder malísimo. La semilla del mal. No creo que los monstruos vayan a ser zombis normales. Son criaturas espirituales que se han vuelto locas.
—Todos los muertos vivientes son iguales —dijo sor Inés. Parecía enfadada. Extrañamente enfadada.
—Trampas —dijo Antón de repente. Tenía la ballesta de mono preparada.
Me arrodillé.
—Las veo. Que nadie avance.
A pesar de la niebla, vi decenas de luces titilando que indicaban que la zona estaba cubierta de varias trampas extrañas que no reconocí.
Parecía que todas eran del mismo tipo. Había una pareja la una junto a la otra justo enfrente.
Estábamos rodeados de puntos rojos que no dejaban de avanzar despacio hacia nosotros gracias a Paz.
Se habían hecho visibles en segundos. Examiné la trampa más cercana rápidamente.
Caja espiritual.
Trampa colocada.
Efecto: Inmoviliza al objetivo. Reduce la resistencia espiritual y se invoca una entidad no corpórea aleatoria a la ubicación para que intente poseerte. O comerte. O derretirte la cara y usar ese mejunje para prepararse un perrito empanado espiritual o algo así.
Objetivo: Los imbéciles corpóreos que la pisen. O sea, tú.
Duración: Te quedarás inmovilizado durante sesenta segundos. Si terminas poseído, será permanente de cojones.
—Mierda —dije mientras desactivaba la trampa rápidamente para luego guardarla en el inventario.
No tuve tiempo de desactivar la segunda, ya que tres monstruos salieron de la niebla y se dirigieron hacia nosotros.
Mongo graznó mientras Dónut lo sacaba del transportín.
Luego la gata saltó sobre el lomo del dinosaurio.
Empieza el combate.
Las tres criaturas eran diferentes. Todas eran bípedas, de tamaño humano y de nivel 30, pero las similitudes acababan ahí.
La primera era delgada, estaba desnuda y era de color carne, cubierta de bocas por todas partes y nada más.
Era una persona conformada por decenas de bocas.
Tenía los dientes negros y podridos. Las bocas gemían como un zombi.
Tragué saliva, paralizado por aquella horrible visión.
La segunda era un alto elfo normal de pelo largo, pero con un mentón ridículamente largo. La punta le llegaba hasta la zona del ombligo. El tipo llevaba una túnica verde de la que parecía brotar pelo.
La tercera era un humanoide anoréxico que llevaba un taparrabos debajo de una panza enorme e hinchada.
La criatura calva y sin pelo también tenía puesta una bandana que le cubría los ojos.
La sangre se le derramaba por debajo de la tela de los ojos.
Tenía un brazo largo y otro corto y retorcido que apretaba contra el pecho.
Las tres se movían despacio, tambaleándose hacia delante. También gemían como zombis. Iban directos a por Paz, quien estaba a mi lado.
Sor Inés tiró un rayo blanco como si fuese una pelota de béisbol, y la criatura élfica explotó en una nube de niebla. En ese momento, Antón disparó la ballesta a la que estaba cubierta de bocas. El virote mágico se clavó en el pecho de la criatura, pero esta siguió avanzando.
—Ay, Carl. Qué asco. ¡Esto no me gusta! —gritó Dónut mientras disparaba un proyectil mágico a la tercera criatura, que se tambaleó—. ¡Son como los monstruos de Pesadilla antes de Navidad ! Pero ¡más asquerosos!
Examiné al tercer ghommid justo cuando la gata disparó otro proyectil.
Kipper. Ghommid rabioso. Nivel 30.
Es un monstruo incorpóreo.
Este tipo antes era el que lavaba la vajilla en el Criando Malvas. Y le encantaba ese trabajo. Ahora solo quiere comerte.