El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 10
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Capítulo 10

—Nosotros no llegamos a ponerlo en dificultad media —dijo Dónut—. Carl cree que primero deberíamos conseguir más cartas.

—Es demasiado caro —dijo sor Inés.

Paz se rio.

—Estaba hablando con Osvaldo. Dice que entraron en la sala y su primer oponente fue Poppy Fresco, el chico de las rosquillas caseras. ¿Os suena de los anuncios? Pues tienen un lagarto que echa fuego por la boca y, al parecer, lo cocinó.

Dónut agitó la cola.

—Mi amiga Katia dice que su primer oponente fue un osito de peluche. Y que luego pasaron a la dificultad desafío y aparecieron varias pirañas que la machacaron.

—Los monstruos no son como pensaba —dijo Paz. Su armadura no había dejado de traquetear mientras caminábamos—. Pueden ser cualquier cosa de la televisión o de los videojuegos. No solo de mitología real, como habían dicho.

—Sí…, esperad a que descubráis qué es lo que está cazando un tipo llamado Florin —dije.

—¿Qué? —preguntó Dónut—. No me había enterado.

Miré a sor Inés de soslayo y gruñí.

—Bueno…, esperemos a ver si lo captura antes de decir nada. Es un poco… blasfemo.

—Todo aquí es blasfemo —comentó sor Inés.

Su voz resonó con una intensidad un tanto extraña que hizo que, finalmente, me diese cuenta de que estaba enfadada.

Muy enfadada. Había estado un poco rara toda la mañana—.

Se burlan de nuestra fe y de nuestras leyendas.

Ignoran el significado que hay tras los mitos y las historias.

Solo se fijan en lo superficial, lo roban y lo usan para crear algo brillante, bonito y completamente vacío de significado.

Y luego mezclan esas queridas tradiciones con ficciones modernas, cosas que nadie ha creído jamás que sean reales.

Enturbian el agua de nuestras historias…

¡Nuestras historias! Les da igual. Esas culturas y esas criaturas son sagradas para la gente. Y se están burlando.

Le di unos instantes para que recuperase la compostura.

—Eso mismo es lo que hacen, sí —dije al fin. Hasta las cartas, las cartas T’Ghee, se consideraban sagradas para los alienígenas a los que les habían robado la idea. Suponía que no estaban hechas para usarlas así.

Pensé en Florin y en la conversación rápida que habíamos tenido antes de salir de la estancia segura.

Él no tenía tótem alguno por el momento, pero había conseguido una misión que le pedía rastrear, matar o capturar a una carta única muy poderosa que aterrorizaba su región en Ecuador.

Negué con la cabeza y pensé en Li Jun y en Li Na, quienes se habían puesto a dar caza a un dragón auténtico sacado de la mitología China.

Katia estaba buscando a una especie de gato navideño, pero me pidió que no le dijese nada a Dónut.

Gracias a sor Inés sabíamos que la gata podía ponerse muy sensible con según qué cosas.

Nos acercamos al gran cementerio. Los coches habían dejado de circular por allí y seguro que estaban bloqueados en alguna parte de la ciudad, aunque el tráfico de la zona era de por sí horrible, como intuí gracias a los cientos de fantasmas etéreos y desnudos que flotaban por la carretera, quietos en un atasco imaginario mientras miraban sus móviles invisibles o agitaban la cabeza al ritmo de una música que no se oía.

Mongo cerró las fauces alrededor de un tipo que pedaleaba sobre una bicicleta que ya no estaba allí, y el dinosaurio consiguió hacerse con una cadena de oro que este tenía alrededor del cuello. Todos nos giramos hacia la entrada gótica y gigantesca del cementerio.

El arco elaborado de hormigón dominaba el lugar y se encontraba rodeado por una valla con pinchos y de metal negra a través de la que no veíamos nada.

En la entrada en sí destacaba un sendero estrecho que llevaba a un niebla ominosa que parecía gritar a los cuatro vientos: «Sí, este lugar está maldito de cojones».

La niebla revoloteaba por la calle. El cementerio ocupaba varias manzanas.

Había visto un autobús flotante lleno de personas debajo del arco, pero estas desaparecieron justo al atravesarlo.

Al parecer, la zona al completo era como nuestra zona de inicio.

Los fantasmas de los recuerdos no podían cruzarla.

—Esto no está bien. Nada bien. Es la necrópolis de Cristobal Colón —dijo Paz, que alzó la vista hacia la entrada—.

Es uno de los cementerios más grandes de Latinoamérica.

Hay calles ahí dentro y todo. El arco de entrada es el mismo, pero esa valla no debería estar ahí.

Se puede atravesar en coche y verlo desde ahí.

Es como un parque lleno de monumentos. Necesitaba una buena renovación, pero siempre estaba lleno de vida.

Todos nos quedamos mirando con asombro el arco tallado de la entrada.

—¿Lleno de vida? —preguntó Dónut—. Pues ahora tengo muy claro que estará lleno de zombis.

—Mi tito está enterrado ahí —dijo Antón un momento después.

—Si tenemos en cuenta la cantidad de puntos rojos que veo moviéndose ahí dentro, diría que ya no está enterrado —aseguró Dónut—. Este lugar me pone la piel de gallina.

—Sí que da miedo, sí —dije. En el interior, alzándose por encima de la valla y de la niebla, vi varios edificios. Era como una pequeña ciudad dentro de la ciudad—. Esto tiene que ser una sala de jefe. Está claro. Entonces ¿crees que los enemigos serán zombis?

—Pues no lo tengo claro. Hay muchos que tienen tamaño humano por todas partes —comentó Dónut—.

Se mueven despacio, como zombis, gracias a Dios.

No creo que pudiese enfrentarme a zombis del tipo Tren a Busán .

Los que son tipo La noche de los muertos vivientes no dan mucha guerra mientras no te pille una horda.

Pero también veo puntos más grandes y más pequeños.

Hay de todo tipo. Y creo que hay una iglesia en el centro que no tiene nada alrededor.

Supongo que tendrá activo un conjuro de protección para evitar ver el interior.

—Está claro que son muertos vivientes —dijo sor Inés antes de empezar a dirigirse hacia la entrada.

—¡Eh! —grité—. ¡Antes de entrar, tenemos que rodearlo e intentar encontrar más pistas sobre lo que hay en el interior! Es una sala de jefe gigante. ¡No sabemos lo fuerte que va a ser!

—Si tienes miedo, nosotros nos encargamos —gritó sor Inés. No se detuvo.

—Pues… —Paz empezó a mirarnos a sor Inés y a mí—. Quizá deberíamos hacerle caso a Carl. ¿Y si nos quedamos encerrados?

—Claro que vamos a quedarnos encerrados —aseguró Dónut—. Por eso tiene una valla y una verja gigantes. ¿Sabes a qué me ha recordado? A aquella vez que tuvimos que enfrentarnos a un jefe que era una pelota de cerdos gigante que no dejaba de rodar. Pero este lugar es mucho más grande.

—Vamos, no seas nenaza —comentó Antón a Paz antes de seguirle los pasos a la monja. Paz suspiró y se apresuró a seguirlos, traqueteando como si fuese un androide descacharrado.

—Eso ha sido muy ofensivo, Antón —gritó Dónut.

—Esos idiotas van a hacer que los maten —dije.

Dónut me miró.

—Entonces ¿vamos a seguirlos para que nos encierren en ese cementerio de los muertos? Si no lo hacemos ya, perderemos la oportunidad.

—Si mueren no —aseguré—. La puerta volverá a abrirse cuando mueran.

Nos quedamos mirando hasta que llegaron a la entrada. Sor Inés echó un vistazo al otro lado de la verja, pero se quedó quieta. Paz hablaba muy animado y no dejaba de hacernos gestos. No entraron. Un momento después, todos se dieron la vuelta y nos indicaron que nos acercásemos.

Suspiré y les hice caso.

—Vamos a hacerlo a vuestra manera —dijo sor Inés—. Lo rodearemos y luego entraremos.

—Ten a mano la partitura de Pies en polvorosa —le dije—. Y también Saltacharcos.

—Ya lo tengo todo listo, Carl. Pero si estamos encerrados no va a servir de mucho.

—Este lugar es enorme. Podemos usar los conjuros dentro para escapar de una horda si es necesario. Con Pies en polvorosa podemos saltar dos veces, mientras afines.

—¿Qué se supone que has querido decir con eso? Dijiste que mi interpretación en la mascarada había sido magnífica.

Extendí el brazo y le di unas palmaditas en la cabeza.

—Y también tenemos que quedarnos cerca de los otros. Paz es un paladín y sor Inés es clériga. Seguro que se les dan bien los muertos vivientes.

Abrí el inventario y preparé varios de mis autómatas arañas.

También saqué algunas granadas de pringue sagrado de Mordecai y las coloqué en la barra de acceso rápido.

Solo tenía seis de esas pociones de sanación mezcladas con granadas sagradas de Emberus.

Me quedaban quince autómatas araña, pero diez ya estaban equipados con explosivos normales, lo que significaba que no servirían de nada si los enemigos no eran corpóreos.

Al resto sí que podía equiparlos con granadas sagradas o con pociones de sanación normales.

También me quedaban varias cortinas de humo imbuidas con pociones de sanación, que aún no había probado pero que se suponía que mataban en masa a los muertos vivientes.

Me quedé mirando esas pocas cortinas sagradas que me quedaban.

Sí que teníamos que ir a comprar al club Desperado urgentemente.

—Vamos allá —dije al tiempo que me crujía el cuello—. Mantén a Mongo atrás hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.

Rodeamos el parque entero varias veces y, en uno de los costados, tuvimos que enfrentarnos a más de esos duendes.

No había pistas adicionales sobre lo que podía haber en el interior.

Era un parque grande y rectangular que ocupaba varias manzanas, lleno por completo de puntos rojos.

Había una capilla en el centro, pero nadie veía qué había ahí dentro.

Sor Inés tenía una habilidad que le indicaba si un monstruo era muerto viviente o no y nos confirmó que todos lo eran.

Usé una de mis pocas pociones de Levitación para ver mejor desde las alturas. La zona al completo estaba cubierta por una niebla densa que no me permitió ver un carajo, pero al menos me sirvió para que se ampliase el minimapa y ver mejor los puntos rojos.