Capítulo 6 #2
Gruñí antes de centrarme en el monstruo gris y húmedo.
Parecía una foca normal. Teníamos todo tipo de animales parecidos en el estrecho de Puget, desde la típica foca de puerto al elefante marino, que era mucho más grande, y pasando por los leones marinos de California, que eran muy ruidosos.
La criatura que tenía delante era muy grande, pero no llegaba al tamaño de un león marino.
Ni siquiera al de un elefante marino. Mediría cerca de dos metros de largo y probablemente pesase casi doscientos kilos.
Estaba ahí quieta, inconsciente sobre la roca.
Yago. Foca monje centinela de piquete. Nivel 70.
Aaah, la foca monje. Son focas. Y son monjes de los de pegar piñazos. ¿Lo pillas? ¿Lo pillas?
Bueno, a lo que iba. Estos tipos son más entusiastas con su trabajo que un dentista con glosofilia. En caso de que no sepas qué significa, me refería a que estos tipos disfrutan de verdad luchando contra otras cosas. Es como su religión.
La sagrada misión de las focas monje centinela, que están entrenadas en el mortífero estilo del kung-fu caribeño, es proteger la costa y los cotos de caza de la inminente invasión de sus temidos enemigos, los cangrejos terrestres rojos maniseros, expertos en juego de maní.
Ten mucho cuidado. Te aseguro que no quieres inmiscuirte en ese conflicto imposible.
Cangrejos. Con sus pinzas rasposas. Las ratas del mar. Odiaba a los cangrejos. Se hizo un momento de silencio, pero noté la tensión en el ambiente.
Nueva misión. La Guerra de la Sopa de Pescado.
Pero te vas a inmiscuir lo quieras o no.
Las focas monje. Los cangrejos terrestres rojos maniseros.
La guerra se masca en el ambiente, como suele ser habitual por aquí.
Todas las temporadas, los cangrejos terrestres salen de sus bosques para participar en las fiestas sexuales en los océanos que rodean estas tierras.
Para las focas monje el océano es algo sagrado, y el mero acto de derramar sopa de pescado de cangrejo en sus aguas benditas se considera la blasfemia más abyecta.
Y esto no es un problema menor. No son solo unas pocas nubecitas que molestan en un día soleado, no.
Hay muchísimos cangrejos. Pero muchos. Y cuando se dejan llevar…
No veas. Es como una tormenta de lefa de categoría 5.
Mueren peces. La comida empieza a escasear.
Les están haciendo un bukake literal a las crías de foca monje y su comida, con litros y litros de corrida de cangrejo con tropezones.
La verdad es que esa última es una frase que jamás creía que iba a tener que pronunciar.
¿Querrías que tus hijos sufriesen algo así? Pues no. No lo creo. Es asqueroso y hay que detenerlo a toda costa.
En el caso de los cangrejos terrestres rojos maniseros es una cuestión de supervivencia.
No es su culpa que solo puedan tener descendencia en el océano.
Tampoco es su culpa que tengan que esperar todo un año para descargar.
No quieren hacerlo ahí. Casi no saben nadar.
El agua salada es un lubricante terrible.
Y para empeorar las cosas, esas focas psicópatas siempre se ponen como locas cada vez que se acercan a la costa.
Así que, como método de autodefensa, han aprendido el mortífero juego de maní.
Elige un bando. Acaba con este conflicto. Sea como sea.
Recompensa: Recibirás una caja de misión de platino.
—¿Esto es broma o qué? —pregunté—. ¿Kung-fu caribeño? ¿Eso existe?
—Pues no lo sé, pero el juego de maní es un estilo de lucha cubano —comentó Paz—. Es muy real.
Dónut dio una pequeña patada de kárate en mi hombro e hizo su característico: «¡Uaaatá!».
—Carl, es como una de esas películas de kung-fu que veías. Más o menos. No sé si en alguna de ellas salían cangrejos eyaculando sobre crías de foca monje. ¡Pero es como una de esas, en las que luchan entre sí dos escuelas! Ahora, ¿qué tiene que ver eso con la cultura cubana?
—Nada —dije—. Nada de nada. Es una gilipollez como una catedral.
La gata soltó un grito ahogado.
—¿Las crías de foca monje no son blancas y blanditas? Dios, ¡qué monas! ¡Tenemos que encontrar alguna!
—Estas son un tipo de focas diferentes —aseguré—. Además, lo que más curiosidad me da son los cangrejos.
—Los cangrejos terrestres migran todos los años —comentó Paz—.
Es una atracción turística. Pero no es aquí, sino al otro lado de la isla, en la bahía de Cochinos.
Viven en el bosque y se mudan al agua para poner los huevos después de quedar inseminados de forma normal.
Son millones, y estoy seguro de que las que entran en el agua son solo las hembras.
Además, ocurre en primavera y no en Navidad.
Todo esto de los chorros de lefa de cangrejo es inventado.
—¿La mazmorra inventándose cosas? No me lo creo —dije con sarcasmo—. Y las crías de foca monje viven en la playa, no en el agua. ¿Cómo de grandes son esos cangrejos?
Paz se encogió de hombros. La armadura tintineó.
—Los de verdad son pequeños, puede que del tamaño de mi mano, pero aún no he visto la versión de este mundo.
—Un momento —dijo Dónut—. ¿Los cangrejos viven en el bosque? ¿Los de verdad? Eso sí que parece inventado. Todo el mundo sabe que los cangrejos viven debajo del agua.
—Pues sí, los de verdad —aseguró Paz—. Aunque creo que pasan mucho tiempo en los humedales, una zona un poco pantanosa. Están por todas las carreteras durante la migración. Tendrías que verlo. Los coches los aplastan todo el tiempo. Huele que apesta. Y luego los pájaros bajan para comérselos.
—¿Se pueden comer? —preguntó Dónut.
—Es peligroso que la gente se los coma —dijo Paz—. Al menos a los de verdad. Pero lo hacen igualmente, sobre todo los huevos. Eso sí, es por sus propiedades medicinales, no por alimentarse.
—Ya nos preocuparemos de la misión de la lefa de cangrejo más adelante —dije al tiempo que volvía a centrar mi atención en Yago, la foca dormida que ni se había inmutado—. Vamos a conseguir su carta.
El plan era muy sencillo. Sor Inés, Dónut y Antón iba a atacar al monstruo desde lejos mientras Paz y yo nos acercábamos para flanquearlo.
Paz se llevaría la amenaza del monstruo para tanquear los ataques y yo terminaría por clavarle la bandera.
No me gustaba la idea de separarme de Dónut, pero teníamos algunos planes de emergencia preparados por si todo se torcía.
Y me aseguré de que Dónut se separase bien de los otros dos.
También de que Mongo se quedase cerca de ella.
El ataque cuerpo a cuerpo principal de sor Inés era con el tridente, pero en general luchaba como lo hacía Imani.
Le ponía ventajas a todos los que tenía alrededor y sembraba a los enemigos con desventajas.
Paz también era sanador y nigromante, pero el clérigo con armadura resistía mucho daño a pesar de todo.
Tenía el conjuro Tortuga, que le proporcionaba un escudo muy resistente por tiempo limitado y lo hacía llevarse la amenaza del monstruo en cuestión.
Lo había visto antes en acción, por lo que sabía que también le impedía moverse o atacar.
Era peligroso porque, una vez lanzado, no podía cancelarse hasta que no se acabase el tiempo.
Si el escudo se rompía antes de tiempo, el lanzador quedaba libre, pero a pesar de todo recibía el daño restante del ataque que había roto el escudo.
En su caso, el plan era acercarse a la foca, llamar su atención y recibir los ataques mientras los demás disparaban de lejos. Yo también iba a acercarme, invisible. Cuando la salud llegase al 5 %, me abalanzaría con la bandera.
La última vez que ellos habían intentado algo así, la foca había superado las defensas de Paz en muy poco tiempo, por lo que Antón había tenido que acabar con ella con un «ataque potente».
No tenía claro a qué se había referido con eso, pero daba por hecho que era un virote potente mejorado con magia o algo así.
Mientras nos preparábamos, me di cuenta de lo coordinados que estaban los otros tres.
Me pregunté cómo es que nunca los había visto antes en los episodios resumen.
Francamente, me puse un poco celoso por ese relativo anonimato.
Sor Inés había dicho que habían ido a algún que otro programa, por lo que tampoco es que fuesen del todo anónimos.
Me pregunté si esa manera de avanzar pasando desapercibidos por la mazmorra era mejor que la que habíamos usado nosotros, aunque tampoco es que pudiese cambiarlo a estas alturas.
Y sabía que nuestra fama era contagiosa. Lo quisiesen o no, esos tres iba a notar cómo les subían las visualizaciones. No eran tontos. Tenían que saberlo. Y aquello seguro que era más preocupante que ese miedo tonto por lo que había dicho Dónut.
Paz repicaba estruendoso al caminar. Yago la foca se despertó cuando nos encontrábamos a unos nueve metros de distancia. Me bebí la poción de invisibilidad y me aparté a un lado rápidamente.
—¡Eh! ¡Eh! —gritó Yago la foca a Paz mientras se giraba para encararlo—. Pero ¿qué pingas crees que haces? ¿Me estás desafiando? —Tenía acento cubano cerrado. Paz no dijo nada y siguió acercándose—. Oh, oh, ¿quieres luchar? ¿Es eso, comemierda?
En ese momento, la foca empezó a hacer ruidos raros en plan Bruce Lee.
—¡Uoooooo! ¡Iaaaaaa!
Empieza el combate.
La foca se encabritó de repente, apoyada sobre la cola mientras agitaba las aletas delanteras arriba y abajo y seguía haciendo ruidos de kung-fu.
Me quedé contemplándola fascinado. Había visto elefantes marinos peleándose y se daban una caña que flipas, pero esto era algo del todo diferente. Este tipo se alzó a mucha más altura de lo que debería, irguiéndose por completo y apoyado mínimamente en el extremo de la aleta con forma de Y.
La criatura no tenía la anatomía necesaria para un enfrentamiento así. Había visto focas domesticadas haciendo trucos en los parques de atracciones, que normalmente eran leones marinos y tenían las aletas mucho más grandes.