Capítulo 6
—Nunca me han gustado mucho las convenciones de nomenclatura que usan juegos de palabras, Carl —dijo Dónut mientras los cinco avanzábamos por la carretera en dirección a la playa de guijarros del norte.
Otro choque distante retumbó en la ciudad.
Ya no cruzaban vehículos por la autovía en ninguna dirección, pero las aceras sí que estaban llenas de personas.
No había nadie en la playa de guijarros, ya que optaban por unas que estaban mucho más lejos al este y al oeste—.
Es muy cutre y es como si hiciesen que todo lo que nos rodea fuese menos peligroso de lo que es en realidad.
—Acabas de nombrar a un estríper que se llama Acero de Damasco.
—¡Me encanta ese tío! Se supone que los estríperes tienen que tener nombres así.
Mira Anaconda. Acero de Damasco. Don Quijote de la Verga.
Steve Rowland el Escritor. Glúteos Máximos.
Y muchos otros. ¿Has entrado en Zorras alguna vez?
Apuesto a que también tienen nombres así.
Y no te olvides de Higo. Pero es diferente y lo sabes.
Son sus nombres y no su especie. Francamente, es bochornoso.
Mira, eso me ha recordado una cosa. La última vez que estuvimos allí, Damasco me dijo que quería conocerte.
Antón no dejaba de mirarnos con cautela mientras caminaba, pero el ambiente se había relajado a pesar de todo.
Cuanto más cotorreaba Dónut, más claro les quedaba que era inofensiva.
La desconfianza seguía allí y seguiría durante un tiempo, pero al parecer habían pasado un rato hablando entre ellos y haciéndose una idea mejor de las personas que éramos.
A pesar de ser exconvictos, algo me decía que aquellos tipos no eran malas personas.
No tenía por qué confiar en ellos, pero no parecían querer hacernos daño.
No mientras sor Inés los mantuviese a raya.
El hecho de que hubiesen estado en la cárcel en sí no significaba mucho para mí.
La mitad de los tipos con los que trabajaba antes del derrumbe eran exconvictos.
Como no había coches, Dónut sacó a Mongo, quien se abalanzó sobre los recién llegados con ese entusiasmo tan propio de él.
Los tres mazmorreros estaban aterrorizados al principio, pero pronto empezaron a llevarse bien con el dinosaurio al ver que este parecía más bien un perro gigante.
Mongo no se quedó fascinado con la mujer gata, sino con Paz, el santero con armadura, que suponía que era una especie de clérigo de guerra.
Mongo pegó su cara contra la coraza reluciente y se miró en el reflejo, lo que hizo que tirase al tipo de culo al suelo con un ruido ridículamente estruendoso.
El tipo parecía una tortuga al revés. Me dio miedo que se enfadase, pero estalló en carcajadas.
Antón y yo lo agarramos por los brazos para ayudarlo a ponerse en pie.
Al ver que Mongo los «aceptaba», Dónut también relajó un poco sus sospechas, sobre los dos hombres, al menos. Siguió haciendo comentarios escépticos en el chat sobre algunas partes de la anatomía de sor Inés.
—Focas monje —repitió la gata entre murmullos—. Madre mía.
—Me da igual si es un juego de palabras y en realidad son focas, monjes o vete a saber —le aseguré—. Suena brutal si podemos capturar una. Solo tenemos que tener cuidado.
—Son mucho más rápidas de lo que parecen —explicó sor Inés mientras cruzábamos una pequeña valla en mitad del camino que llevaba a la playa de guijarros.
Habíamos recorrido casi medio kilómetro en dirección este, hacia una parte más grande de la playa donde las focas estaban más separadas.
Las oía gritar y pelearse y ladrar mientras nos acercábamos.
Eran unas criaturas muy poco mitológicas y bastante estúpidas, pero según sor Inés eran duras de pelar. Y también inteligentes. Al parecer, servían muy bien como tanques.
—Las verdaderas focas monje del Caribe se extinguieron —comentó Paz mientras nos acercábamos—. Antes estaban por todas partes, pero las cazamos a todas. Me lo contó mi padre.
—¿Era científico? —preguntó Dónut. Se había sentado a lomos de Mongo, quien no se separaba del lado de Paz.
—No. Trabajaba en una plantación de caña de azúcar —comentó Paz.
Antón, que era quien más había hablado cuando nos conocimos, llevaba un rato en silencio. El tipo siempre estaba vigilante y mirando alrededor, alerta.
—Bueno, ¿y por qué acabaste en prisión? —preguntó Dónut a Paz. El hombre blindado traqueteó para pasar por encima de la valla. Cada vez que se movía sonaba como una bolsa llena de cacerolas y sartenes. Era imposible para él pillar por sorpresa a alguien.
Sonrió a Dónut y vi que le faltaba un diente.
—Sor Inés, ¿cuál es la regla número uno?
—Hoy es un nuevo día —respondió sor Inés—. No nos preocupamos del pasado porque no podemos cambiarlo.
—Vale. Un crimen sexual, entonces, ¿no?
Paz rio. Antón no lo hizo.
—Es de mala educación preguntar por el pasado —dijo sor Inés, que habló con amabilidad y firmeza al mismo tiempo.
De repente me recordó a Miriam Dom y la tristeza se apoderó de mí.
Dónut estaba a punto de decirle algo sarcástico a la monja, pero la interrumpí.
—¿Habéis conseguido alguna carta, chicos? —Después les expliqué la carta de utilidad que habíamos recibido nosotros.
—No —dijo sor Inés—. Solo hemos matado a dos criaturas desde que llegamos. Y ninguna nos dio algo así.
Asentí. No me gustaba nada. Creía que las cartas de utilidad iban a salir cada vez que matases a un monstruo.
—¿Para qué sirven vuestras clases? —pregunté.
Frente a nosotros, una única foca estaba sentada en una roca cerca del agua. Parecía estar dormida. Nos acercamos con mucho cuidado.
—Yo soy poeta laureada —dijo sor Inés.
Dónut soltó un gruñido de desdén.
—A mí me dieron esa opción hace tiempo. Es una clase de bardo.
Mordecai dijo que no debería elegirla porque necesitas un mecenas y no es recomendable.
Yo prefiero ofrecerle mis talentos a todo el mundo, no solo a unos pocos agraciados.
Aunque fui barda en el piso anterior. Una diva legendaria.
Eso significa que era tan buena que no me hacía falta mecenas ni nada.
Ahora soy maestra espiritista telefónica.
—Sí, soy una barda sanadora —dijo la monja—. Un momento…, ¿que eres qué?
—¿Y sabes cantar? —preguntó Dónut, que ignoró la pregunta—. Porque yo sí. Di un concierto hace poco.
—No canto. Recito poemas. Y oraciones.
D ÓNUT : NORMAL QUE ESTOS TIPOS NO ESTÉN ENTRE LOS CINCUENTA MEJORES. ¿QUIÉN QUERRÍA ESCUCHAR A UNA GATA FALSA RECITANDO POESÍA ESTÚPIDA RELIGIOSA TODO EL DÍA?
C ARL : Ya, sería casi tan horrible como escuchar cómo canta una gata de verdad.
D ÓNUT : ESO HA SIDO MUY CRUEL POR TU PARTE, CARL.
—Paz es un santero. Un clérigo nigromante. También tiene muchos conjuros de sanación y de protección.
—En realidad, suelo limitarme a hacerme un ovillo en el suelo y dejo que los malos me peguen.
Miré a Antón.
Sor Inés le dio unas palmaditas afectuosas en el hombro al grandullón.
—La clase fugitivo es una de pícaro, o eso me han dicho. Se le da muy bien encontrar trampas y escapar de situaciones comprometidas.
Sospechaba que sabía hacer muchas cosas más.
—¿Y esa deidad a la que veneráis, Ogun?
Paz abrió la boca para responder, pero sor Inés lo interrumpió.
—Antón y Paz son quienes la veneran. Yo no podría venerar a una deidad falsa. Tiene muchas normas absurdas, pero les proporciona varios conjuros de protección. Nos mantendría a salvo si la princesa quisiese degollarnos de verdad. ¿Y tu deidad? Ese tal Emberus.
Dónut gruñó.
—Se queda todo nuestro dinero, pero a veces la gente se prende fuego cuando Carl les da un puñetazo. Aunque no pasa muy a menudo. Yo tengo muchos más conjuros de fuego.
El hecho de que sor Inés supiese siquiera que veneraba a una deidad me indicó que tenía una habilidad similar a la mía.
Nos agachamos y nos acercamos despacio a la foca solitaria.
—Que yo haya visto, no parecen tener ataques a distancia —susurró sor Inés—.
Pero son rápidas y juegan sucio. Tenemos que acercarnos para clavarle la bandera.
Intentamos unir una bandera a una flecha de ballesta, pero no funcionó.
Tienes que estarlas tocando físicamente cuando las clavas en el monstruo. Esa la perdimos.
—Un momento —dije antes de sacar el libro de las Bahamas del inventario y empezar a pasar las páginas.
Lo cierto es que ni lo había abierto. Prepotente parecía creer que habría algunas cosas en Cuba que coincidirían.
Miré el índice al final del todo. Había una lista de monstruos ridículos, mezclados entre algunos que sonaban aterradores.
El libro los categorizaba en comunes, infrecuentes, raros, muy raros, legendarios, míticos y únicos.
Había muchas aves, murciélagos y peces. No vi ninguna foca monje en la lista.
Suspiré y lo guardé para examinarlo con calma más adelante.
Sor Inés sacó una bandera pequeña del inventario y me la pasó.
Parpadeé unas pocas veces para intentar encontrarle sentido a la imagen de la bandera.
Decía «Equipo sor Inés» y se distinguía una extensión azul con una masa amorfa blanca y negra bordada.
Dónut resopló con sorna al ver la calidad de dicho bordado.
La imagen se parecía a uno de esos grilletes de bola con cadena típico de los prisioneros.
Pero la pelota de metal tenía algo puesto, algo similar al hábito de una monja.
Negué con la cabeza. Era casi tan absurdo como el nuestro.
—Debería comentaros algo —dijo sor Inés—. Quizá os den una misión cuando examinéis la foca.