El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Volví a examinar a los dos tipos y, en ese momento, me di cuenta. Ambos eran convictos. Y era probable que ella fuese una monja que trabajaba en prisión. Volví a mirar a Antón, quien tenía la clase fugitivo y dos calaveras de asesino de jugadores sobre la cabeza.

Llegados a este punto de la mazmorra, muchos mazmorreros tenían calaveras, por lo que ver una o dos no era tan aterrador como antes. Hasta Dónut tenía una. Katia, dos. Imani, doce. Eso no significaba nada. Los verdaderos asesinos de jugadores contaban con decenas. Pero aun así…

«Cagondiós», pensé. Lo odiaba. Odiaba no poder confiar en otros humanos.

—Entonces ¿por qué elegiste una habana brown?

—insistió Dónut—. No me parece una raza muy adecuada para una monja.

Un ragamuffin todavía. O un abisinio. Un persa imposible, claro.

Pero ¿un habana? Es como si un contable eligiese un mastín inglés.

O como si un culturista profesional decidiese tener el cuerpo de un yorkshire terrier.

A menos que intentes ser irónica y provocadora.

Sor Inés se miró el brazo con curiosidad.

—No pude elegir. ¿Esta raza se llama así? ¿Habana brown? Me la puso automáticamente. Quizá sea porque soy de Cuba.

—¡Mentira! —gritó Dónut de repente. Todos nos quedamos sorprendidos, hasta yo—. ¡Los habana brown son de Inglaterra! ¡No tiene ninguna relación con Cuba! Venga, Carl. Salgamos de aquí antes de que nos cuenten más de sus sucias mentiras.

Apoyé la mano en el pecho de Dónut para calmarla, momento en el que Antón volvió a apuntarnos con la ballesta por puro pánico.

La coraza de tipo duro empezaba a resquebrajársele.

Sor Inés agarró con agilidad el extremo de la ballesta y tiró de él hacia arriba para que dejase de apuntarnos directamente.

En ese momento me di cuenta al fin de quién estaba al mando del grupo en realidad.

—Como he dicho, Dónut, yo no elegí mi aspecto.

C ARL : Joder, Dónut. Tranquila. Es imposible que la hayan dejado elegir la puñetera raza de gato. Y nadie excepto tú sabe que los habana no son de Cuba.

D ÓNUT : ESO LO SABE TODO EL MUNDO, CARL.

C ARL : Tú cálmate, ¿vale? Tenemos que descubrir por qué nos tienen miedo.

Sor Inés volvió a darle unas palmaditas a Antón en el hombro.

—Ya estamos todos tranquilos, ¿verdad?

Él gruñó algo inaudible.

—Mirad —dije—. No sé por qué nos tenéis miedo, pero lo último que necesitamos todos es pasarnos el piso mirando por encima del hombro.

Esperaba encontraros para unir fuerzas. Siempre nos va a ir mejor si trabajamos juntos.

Pero, si no estáis interesados, nos separaremos aquí.

—Alcé un puño—. Al menos, deberíamos añadirnos al chat para hablar en caso de emergencia.

—Tu gata dijo que iba a matarnos a todos cuando nos vio —comentó Paz, que habló por primera vez.

El tipo blindado levantó un brazo de metal y señaló a Dónut—.

Dijo que iba a degollarnos y a darnos de comer a los perros peligro para luego reírse mientras nos ahogábamos hasta la muerte en nuestra propia sangre.

—¿Qué? —pregunté al tiempo que me giraba hacia Dónut—. No. No dijo eso.

—No fueron perros peligro —dijo Dónut, indignada—. Sino larvas berrendas. Y se lo dije en confianza a Anaconda y a Macito. ¿En serio? ¿Ahora espiáis mis conversaciones? Carl, te dije que los habana no eran trigo limpio.

—Pero… ¿Qué? —repetí.

—Nos llevaron a un programa al principio del sexto piso —dijo sor Inés—. Nos enseñaron el vídeo.

—¿Quién cojones es Anaconda? —pregunté.

—Sabes quién es Anaconda, Carl. Es uno de los bailarines jefe de Desfile fálico en el club Desperado. Anaconda me dijo que nunca había visto a una gata, solo a chicas gata, y yo le comenté lo que haría si alguna vez me encontraba con una.

—¡Ves! —gritó Paz, con voz quebrada.

—Pero eso fue hace mucho tiempo —continuó Dónut—. De verdad, ¿eh? No puedo hacerme responsable de todo lo que le digo a un estríper. También le dije a Acero de Damasco que era el nuevo papaíto de Mongo la última vez que estuve allí. ¿Me lo vas a echar en cara?

—Cagondiós, Dónut —dije—. ¿Estabas borracha?

—No, Carl.

—Muy bien. Tenemos que calmarnos todos. Dónut no va a atacar a nadie. Dijo eso porque siempre dice tonterías, pero no iba en serio. ¿Verdad, Dónut?

—La verdad es que no entiendo siquiera cómo existe una raza así. —Suspiró con dramatismo—. Supongo que tengo que intentar pasar página. Tampoco tengo elección.

Los tres recién llegados hablaron un poco más entre ellos por chat.

Mientras lo hacían, volví a echarle un ojo a mis mensajes.

Había estado preguntando si alguien conocía a estos tipos y si podían poner la mano en el fuego por ellos.

Katia me comentó que había estado recopilando una lista de mazmorreros en los que no se podía confiar y no estaban en ella.

Eso no significaba nada, en realidad, pero era buena señal.

La única persona que los conocía directamente era Tserendolgor.

R EN : Tampoco los conozco bien. Tengo a Paz en el chat.

El otro tipo y él son primos. Y son muy protectores de la tercera.

La monja. Estaban en un grupo más numeroso, pero tuvieron muchos problemas en el sexto piso.

Son buenos amigos del grupo de Osvaldo, pero no creo que compartan gremio con él.

Son muy solitarios en general. Sé que ese tal Antón, el de la clase fugitivo, es muy bueno con la ballesta y que tuvo que matar a dos de su grupo en el primer o en el segundo piso, después de que intentasen acabar con la monja por alguna razón.

No conozco bien la historia. Paz también tiene el conjuro Autodestrucción, uno con el que se suicida si lo lanza, como esa bomba que todo el mundo sabe que tienes en el inventario.

Pero en su caso es una explosión dirigida.

Creo que no deberías enfrentarte a ellos.

Las explosiones dirigidas eran extremadamente poderosas y poco habituales. Llevaba tiempo queriendo conseguir la capacidad de dirigir mágicamente las explosiones, pero aún no había encontrado la manera de imitarlo.

C ARL : Vale. Gracias.

D ÓNUT : SABÍA QUE LA NINJA TRAMPOSA IBA A CONOCERLOS.

I MANI : Tengo a alguien en mi lista que dice que estaban en la misma burbuja que Quan Ch en el quinto piso. Y que no se llevaban bien con él. Quizá podáis usarlo como excusa para tener algo en común.

—Si de verdad queréis que trabajemos juntos, podríais ayudarnos a capturar a nuestro primer miembro del pelotón —comentó sor Inés—.

Hay muchos en la playa. Intentamos luchar contra una de esas cosas y casi acaba con Paz.

Tuvimos que matarla. Si nos acompañáis, nosotros también os ayudaremos a capturar una.

—¿Qué son? —pregunté.

—Focas —respondió ella—. Focas monje.