El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 5
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Capítulo 5

Los tres recién llegados se detuvieron en seco cuando terminaron por darse cuenta de quiénes éramos. Se quedaron al borde del parque y empezaron a susurrar entre ellos. Yo suspiré y luego me acerqué.

—Pórtate bien —susurré.

Los dos tipos tendrían treinta y tantos, pero no adiviné la edad de la mujer gata.

De hecho, no tenía del todo claro que fuese una mujer, pero le vi la curva de unos pechos humanos debajo del pelaje, como si llevase un mono.

Los hombres eran hispanos. La mujer parecía una gata bípeda de pelo corto y con ojos verdes y relucientes.

El rostro tenía los rasgos estrechos y alargados de una siamesa, pero el pelaje era color café, casi negro, y las orejas verticales eran mucho más redondeadas que las típicas de un siamés.

El pelaje se agitaba con el viento y parecía suave al tacto.

Llevaba un tridente brillante al hombro y la única prenda era una túnica holgada y unos brazaletes.

Dónut volvió a bufar.

—Es una habana brown, Carl. ¡Una habana! Tenemos que mantenernos bien lejos de ella.

—Eso es un poco precipitado, ¿no crees?

Ella resopló.

—Es imposible llevarse bien con los habana brown, Carl.

No tenía ni idea de por qué ver a una mujer gata había irritado tanto a Dónut.

Me había dado la impresión de que Bautista le daba igual, aunque él era más bien un tigre.

Lo cierto es que nunca le habían gustado mucho el resto de los gatos, ni siquiera antes de entrar en la mazmorra.

Zev había mencionado en una ocasión que había pocas chicas gata, y Dónut se había escandalizado completamente al conocer su existencia.

Lo cierto es que no lo entendía demasiado.

Los examiné a los tres cuando nos acercamos. Teniendo en cuenta su número de mazmorreros, estaba claro que habían entrado juntos a la mazmorra.

El primer hombre llevaba una coraza plateada y reluciente.

Al principio había creído que el tipo era más alto que yo, pero las botas metálicas de la armadura tenían plataforma, lo que hacía que fuese unos veinte centímetros más alto.

Solo había visto unos pocos mazmorreros ataviados de la cabeza a los pies con una armadura de estilo medieval.

Parecía pesada e incómoda de cojones. La única parte de su cuerpo de la que se le veía la piel era la cabeza, que sobresalía de la pechera como si fuese un tipo sacando la cabeza por el hueco de la cabina de un tanque.

Llevaba una gorra de béisbol hacia atrás y tenía los ojos muy abiertos y gesto como de asustado.

También destacaba sobre él un símbolo que indicaba que adoraba a una deidad. Era una hoja de palmera.

Mazmorrero n.º 8.199.454. «Paz Lo».

Nivel 45.

Especie: Humano.

Clase: Santero.

Este mazmorrero venera a la deidad Ogun.

El segundo de los mazmorreros era un calvo musculoso con chaqueta de cuero, botas de caña alta y una capa negra.

Llevaba una ballesta que se parecía a la de Katia, aunque la parte delantera de la suya imitaba la boca abierta de una criatura.

Puede que un mono. El tipo también veneraba a la misma deidad.

Los ojos oscuros nos analizaban con sospecha a medida que nos acercábamos.

Dónut soltó un grito ahogado de desesperación cuando lo vimos mejor.

Estaba cubierto por completo de tatuajes viejos, hasta en la cara. Tatuajes carcelarios. De los de verdad.

También tenía algunas calaveras de asesino de jugadores sobre la cabeza.

Era el único del grupo que las tenía, eso sí.

Los tres contaban con una gran cantidad de marcas de haber matado a todo tipo de jefes, incluyendo algunos de ciudad.

Este también tenía una daga, lo que indicaba que había matado a un cazador en el piso anterior.

Mazmorrero n.º 8.199.451. «Antón López».

Nivel 47.

Especie: Humano.

Clase: Fugitivo.

Este mazmorrero venera a la deidad Ogun.

La gata era una mujer, pero ella no adoraba a ninguna deidad.

Mazmorrera n.º 8.199.462. «Sor Inés Quiteria».

Nivel 47.

Especie: Chica gata.

Clase: Poeta laureada.

Abrí el chat.

C ARL : Mordecai, ¿quién es la deidad Ogun?

M ORDECAI : Madre mía. ¿Ya habéis invocado a otra deidad?

C ARL : No. Pero acabamos de encontrar a un grupo de mazmorreros que la veneran.

M ORDECAI : Gracias a los dioses. Es una importante y a la que es habitual venerar. Es el dios de los herreros y de la protección. No puedes encantar a sus seguidores y sus armas hacen más daño de lo normal. El tipo es un gruñón.

C ARL : Todas las deidades lo son. Gracias.

—Sor… —dijo Dónut—. Carl, ¿es una monja? ¿Una… chica gata… monja? —Escupió con rabia las palabras «chica gata».

—Descubrámoslo.

—Hola, gente —dije al tiempo que me acercaba lo bastante como para hablar—. Me llamo Carl y esta es Dónut.

—Sabemos quiénes sois —dijo Antón, el de los tatuajes carcelarios, que prácticamente había gruñido las palabras.

Me cogió desprevenido. Esperaba que sospechasen o que fuesen cautelosos, pero la vehemencia de su rabia me sorprendió. Dónut estuvo a punto de responder con el mismo tono, pero alcé la mano.

Tranquila. Tranquila.

—Esto… ¿Solo sois vosotros tres en el grupo? Nosotros somos solo dos y aparecimos en la otra escalera.

—¿Ah, sí? —preguntó Antón. Se agitó un poco, sin dejar de sostener la ballesta a media altura, preparada—. Se rumoreaba que estabais con ese tipo cabra, el que asesinó a Gimli.

Gimli era el halcón mascota que se había comido Bianca, la engendro infernal familiar de Prepotente.

Había ocurrido al final de la mascarada, mientras yo seguía inconsciente.

El propietario de Gimli era un tipo que yo no conocía llamado Osvaldo, brasileño.

Era quien había saqueado el cristal conmemorativo del cadáver de la reina Imogen.

Me habían dado la misión de recuperarlo.

Y estaba muy seguro de que a Prepotente le habían dado una similar.

—Qué rápido corren los rumores —dije con cautela.

—Sabemos qué ocurrió al final del sexto piso y al principio del siguiente. No sois lo únicos que tenéis amigos. Nos enteramos de cosas.

—Guau —dijo Dónut—. Creo que no le caes muy bien, Carl.

—¡Atrás, gata! —dijo Antón—. ¡Ni se te ocurra acercarte a nosotros!

—¿Yo? —preguntó Dónut con incredulidad—. Pero ¡qué he hecho ahora!

Respiré hondo. El tipo de la armadura y la mujer gata dieron un paso atrás para alejarse de Antón, quien se quedó en medio.

Había sido un gesto sutil, pero suficiente como para reconocerlo.

Estaban preparándose para un enfrentamiento.

Era una formación interesante, teniendo en cuenta que él era quien tenía el arma a distancia.

Me pareció absurdo. Luchar contra las únicas personas que estaban en el mismo mapa no iba a servir para nada. Tenía que ser cosa de los productores. No le encontraba sentido.

Alcé las manos y di un paso atrás.

—Mirad, no tenemos nada que ver con lo que Prepi le hizo a ese tal Osvaldo. Y abandonó nuestro grupo antes de bajar a este piso. Está en las Bahamas.

—Y una mierda —espetó Antón. Se crujió el cuello. Me di cuenta de que no le quitaba el ojo de encima a Dónut. Detrás de él, Paz miró a sor Inés con nerviosismo. Los bigotes de la mujer gata no dejaban de agitarse.

—¿Por qué iba a mentir al respecto? —pregunté—.

No es que sea un tipo fácil de ocultar. No sé por qué estáis tan a la que salta, pero que sepáis que tenemos una extensión muy grande por explorar.

—Señalé hacia el sur de la ciudad—. Nosotros iremos por ahí y vosotros podéis iros a tomar por culo por donde queráis.

Antón no dijo nada. Se limitó a seguir mirando a Dónut con enfado. Vi cómo una gota de sudor empezaba a caerle por un lado de la calva tatuada.

«Tiene miedo. Tiene miedo de Dónut».

Todos tenían los ojos vidriosos, como si estuviesen hablando desesperados por el chat.

Algo no cuadraba.

C ARL : Dónut, ¿sabes por qué no les caes bien?

D ÓNUT : ES LA OTRA GATA. LOS HABANA brOWN SON UNOS MESTIZOS QUE NO CONFÍAN EN NADIE. SON CASI TAN HORRIBLES COMO LOS ESFINGE Y LOS FOLD ESCOCESES.

C ARL : Ya…, pero no creo que sea el caso.

—¿Por qué te transformaste en esa criatura felina? —preguntó Dónut de repente a sor Inés para romper el silencio—. Entendería que te hubieses transformado en gata. De hecho, Carl lo hubiese hecho si el sistema lo hubiese dejado. Pero ¿por qué… eso? ¿Y de verdad eres una monja?

La mujer intercambió una mirada con los demás. Seguían hablando por el chat. El tipo aterrado con armadura parecía estar a punto de romper a llorar.

La mujer gata dio un paso al frente y apoyó una pata sobre el hombro de Antón. Le susurró algo, y él bajó la ballesta. El tatuado siguió nervioso, pero me dio la impresión de que la extraña tensión que nos rodeaba empezaba a aligerarse tan rápido como había aparecido.

Me quedé mirando la enorme pata de la mujer gata.

A diferencia de Bautista y de Prepotente, que tenían manos humanas, la de ella era una pata de verdad, aunque tenía un pulgar, lo que hacía que pareciese una manopla en realidad.

Las patas eran iguales y no llevaba calzado.

Tenía que costarle bastante agarrar cosas.

Me pregunté cómo lucharía con el tridente que llevaba a la espalda.

—Hola, Dónut —dijo al fin la mujer—. Os hemos visto muchas veces a los dos en el programa. Soy una carmelita descalza.

Al igual que Antón, tenía acento latino. Y también la voz algo ronca, como la de Elle. Me daba la impresión de que era incluso mayor.

—No sé qué es eso —dijo Dónut.

La mujer gata rio entre dientes.

—Significa que soy monja, sí.

—Sí. Pero ¿por qué eres medio gata?

Ella se encogió de hombros.

—En aquel momento me pareció la mejor opción.

Cuando nos plantearon las opciones, fue la única especie que daba una bonificación de Carisma para mi conjuro Tejedora de palabras, entre otros.

Y nuestro guía insistió porque me permitiría elegir la clase poeta laureada.

Y así fue. Además, siempre me han gustado los gatos. Teníamos varios en prisión.

«Prisión».

La palabra resonó con fuerza en el silencio posterior.