El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Samantha —grité—. ¡No te van a oír! ¿Recuerdas? No están aquí en realidad. Solo su ropa. ¡Y no vayas por el puñetero suelo!

Ella gruñó y se alejó rodando.

Me encogí de miedo al verla acelerar y cruzar por la carretera llena de vehículos. Por suerte, ninguno la atropelló. Se giró y se marchó a toda velocidad por una callejuela hasta desaparecer. No había dejado de oírla gritar buscando a un mago.

Suspiré aliviado cuando dejé de verla. Eso la mantendría ocupada durante un día o dos, pero esperaba que no nos causase muchos problemas.

—Carl, creo que no se le da muy bien lo de seguir órdenes —comentó Dónut—. Es todo un logro que haya…

—¡Eh! —dije mientras me apartaba a un lado.

Un grupo de personas había aparecido de repente tras salir del edificio, como de la nada.

Eran cinco. Turistas, por su aspecto. Asiáticos.

Estaban dentro del edificio, pero por alguna razón la zona inicial no formaba parte de esa repetición que estábamos viendo.

Aparecieron sin más en lo alto de las escaleras y nos atravesaron.

—¡Ayuda, Carl! ¡Ayuda! —gritó Dónut, que se apartó a la de­sesperada.

Uno de los fantasmas le había dado una patada al pasar.

El zapato, el calcetín y los pantalones se separaron del cuerpo mientras el tipo seguía caminando.

La gata se había quedado atrapada en los pantalones y empezó a caer por las escaleras mientras gritaba amenazas.

Rebotó y rebotó y rebotó hasta caer en la parte baja, para detenerse justo antes de llegar al asfalto.

Me acerqué a ella lo más rápido que pude.

El transeúnte, ahora sin pantalones, sin ropa interior y con un único zapato y calcetín, siguió su camino como si no pasase nada.

Las partes de su cuerpo que no estaban cubiertas de ropa ahora tenían un aspecto translúcido y ondulante, como si no estuviesen del todo allí.

Era una ilusión extraña, pero agradecí no estar rodeados por personas desnudas caminando por ahí.

—¿Estás bien? —pregunté cuando llegué adonde se encontraba Dónut. Ella recuperó la compostura y se sacudió. No se había hecho daño a pesar de caer por las escaleras de piedra, pero se había asustado.

—Pero ¿de qué va ese? —dijo mientras fulminaba con la mirada al tipo, que se detuvo con sus amigos. Había alzado la mano, como si estuviese mirando un teléfono, pero no miraba nada en realidad—. ¡Debería darte vergüenza!

—No puede… —empecé a decir, pero me quedé en silencio. Ella sabía perfectamente que no podía oírla.

—Carl, ¡creo que se le ha caído la cartera! ¡Y el móvil!

Me hice con los pantalones marrones, que se habían quedado enrollados alrededor de Dónut.

Los sacudí para sacar la ropa interior blanca, que cayó al suelo.

Sí que había una cartera y un iPhone en los bolsillos.

Cogí el teléfono y vi que estaba encendido, pero inservible.

En la pantalla destacaba un «Sin cobertura».

Tenía una pegatina en la parte de atrás para indicar que era de alquiler.

Volví a mirar al tipo, que señalaba algo en su teléfono invisible mientras sus compañeros miraban por encima de su hombro.

Se giraron y empezaron a alejarse en dirección a un parque con palmeras que había cerca.

—Qué raro. —Guardé el iPhone en el inventario. Me resultó extraño ver el teléfono encendido aunque no funcionase. Sabía que iba a convertirse en polvo una vez bajásemos las escaleras al noveno piso.

En la cartera había unas pocas tarjetas de crédito y billetes de euro, así como algún que otro billete de dólar estadounidense.

No había dinero de Cuba. Saqué una de las tarjetas de crédito.

Gracias al sistema, podía leer caracteres chinos.

El tipo se llamaba Bingwen Zou. Lo guardé todo. También el calcetín y el zapato.

Titubeé y luego me hice también con la ropa interior. No quería dejar nada atrás. Teníamos que dejar el menor rastro posible, sobre todo cuando estuviésemos cerca de la estancia segura.

—Qué asco, Carl —dijo Dónut.

—¿Ves por aquí algún monstruo o PNJ? —pregunté—. Vamos. En marcha.

Dónut se me subió al hombro y nos apartamos para evitar a otra pareja que también estaba paseando. Algo parecido a una escúter que parecía un limón pasó a toda velocidad por la carretera. Tenía la música a tope.

—No —respondió Dónut—. Y va a ser difícil avanzar sin tocar a nadie. Hay personas por todas partes. Por cierto, qué bien huele, ¿no? Creía que iba a oler fatal. Y no he olido ni un solo puro.

—¿Y estancias seguras ves alguna?

—Nada —respondió—. Pero sí que hay baños.

—Vale. Espera. —Lancé Tañido.

El sonar avanzó a nuestro alrededor por toda la ciudad.

Se suponía que el conjuro tenía un alcance de algo más de tres kilómetros, pero sabía que iba a ser menos dentro de la ciudad, debido a lo altos que eran los edificios.

No iba a mostrarme monstruos ni otros mazmorreros, pero sí a todos los PNJ con puntos blancos.

Aparecieron varios puntos en el mapa, entre los que se encontraba Samantha, quien ya se había alejado bastante.

También vi puntos blancos en el océano que teníamos al norte, de animales que no eran hostiles.

Al verlos, activé el filtro y vi que solo había unos pocos PNJ que no estaban nada cerca.

Sabía que Tañido no funcionaba demasiado bien cuando estos se encontraban en estancias seguras o incluso dentro de edificios normales.

No tenía ni idea de cómo había localizado a los PNJ con todo el caos que nos rodeaba.

Teníamos que dirigirnos casi diez kilómetros al este.

El paseo nos llevaría quizá una hora y media o dos en circunstancias normales, pero si nos poníamos a esquivar a todo el mundo, iba a ser imposible hacerlo rápido.

Empezamos a dirigirnos al norte por la acera, evitando turistas y comerciantes. Había gente por todas partes.

Pasamos junto a una pareja de hombres que sostenían un mapa abierto frente a ellos y no dejaban de mirarlo. Extendí la mano y se lo arrebaté. El anillo de bodas de uno de ellos salió volando al hacerlo, tintineó dos veces y quedó tirado en la acera.

—Esto sería mucho más fácil por la noche —comenté.

Decidí dejar allí el anillo y seguí caminando.

Examiné el mapa mientras avanzábamos. Estaba en mi idioma y era del centro de la ciudad, con instrucciones para llegar a los barrios de los alrededores.

Tal y como sospechaba, estábamos caminando en la dirección correcta.

Íbamos en dirección a un barrio llamado Miramar, en la Habana Vieja.

—No entiendo por qué tenemos que esquivar a la gente —gruñó Dónut mientras caminábamos.

Había una autovía que recorría la costa septentrional.

Teníamos que llegar hasta allí y luego seguirla en dirección este para llegar a las otras escaleras.

Parecía tener una acera. Si se daba el caso, el viaje no sería tan chungo como había pensado en un primer momento—.

La ropa no hace daño cuando nos chocamos con ella.

Mientras no nos atropelle un coche, no entiendo cuál es el problema.

Y, francamente, tampoco creo que nos pase gran cosa en caso de que nos atropellen, teniendo en cuenta nuestra Constitución.

—Nos han comentado que hay gente que ha resultado herida por los atropellos.

Están haciendo trampas. Seguro que han ajustado la fuerza de los objetos en movimiento.

Si estuviésemos de verdad en la superficie y me atropellase un coche, teniendo las características que tengo, seguro que ni me movería del sitio y se aplastaría contra mí.

Pero las cosas no funcionan así aquí. Y me preocupan las reacciones en cadena.

—Me quedé en silencio contemplando un Ford T de 1920 pasar entre rugidos de motor.

Madre mía—. ¿Recuerdas la Maraña de Hierro?

Descarrilamos aquel tren y se fue todo al traste.

—Sí, Carl, pero eso era diferente. Estas personas no están aquí de verdad.

Solo sus ropas. Yo creo que deberíamos tirar una piedra gigante a la carretera y ver qué pasa.

Esperamos a que un vehículo se choque, lo que hará que todos los demás también lo hagan y, poco después, tendremos la carretera despejada porque no podrán seguir avanzando.

Será raro ver fantasmas brillantes flotando por ahí, eso sí, pero ya no tendrán nada con lo que hacernos daño.

Aún tienes el Carruaje Real en el inventario, ¿no?

¡Tendríamos la carretera para nosotros solos!

—Acabaríamos aplastados si usásemos el carruaje. ¿Has visto esos autobuses? Están por todas partes. Un único atasco no serviría para eliminar todos los vehículos.

Dónut suspiró con dramatismo.

—Esto de caminar le sienta muy mal a mi pelaje.

Seguía sentada en mi hombro. Luego siguió hablando:

—Pero me gusta este sitio. Es muy bonito y me encanta el olor a comida de los puestos callejeros. No sabía que había tanta gente vendiendo cosas. Ni tantos turistas. Creía que el país estaba cerrado.

—Es un destino turístico con mucho movimiento —comenté—. O lo era. Cuesta llegar desde Estados Unidos, pero venía gente de todos los países del mundo. Y se supone que las playas son una pasada.

—Pues yo creía que era un país comunista y que no les permitían tener vendedores ambulantes ni playas.

Y también que habría tanques en cada esquina, hombres con uniformes militares disparando al aire y desfiles en los que todo el mundo fumaba puros mientras los niños esperaban en fila para que les diesen una rebanada de pan.

¿Y esos que llegan a Florida en patera? Me da la impresión de que El equipo A me ha mentido, Carl.

—No vamos a hablar de política —dije—. No hemos venido para eso. Y hablar de política no trae nada bueno, especialmente cuando ninguno de nosotros tendría idea de lo que dice.

Dónut resopló.

—¿Has estado esnifando pegamento, Carl? ¡Estás metido en política hasta esos calzoncillos tuyos de corazoncitos! Ahora somos patrocinadores, y como antigua mazmorrera número uno, mi misión es…