El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

La «bandera» era un poco más grande que mi mano, como una de esas que se le dan a los niños para ondear en un desfile.

Eran dos bóxers llenos de corazones en miniatura.

Y no me refiero a una bandera con el dibujo de dos bóxers, sino que la bandera en sí eran los bóxers de corazones colgando de lado, como si estuviesen en una cuerda para tender la ropa.

Bordado en la parte superior y en la inferior había un parche tipo club de moteros que rezaba: «El séquito de la Princesa Dónut».

Centrado en los bóxers, sobre la zona de la entrepierna, había un parche de una bomba bordado, idéntico al que tenía en la chaqueta.

La verdad es que era bastante hortera.

—Elle dice que la bandera de su pelotón es una bolsa de pañales para adultos. La de Imani tiene una mariposa, y la verdad es que suena genial. ¿Por qué no nos han dado algo así? ¿Has visto las puntadas de esto? Parece que lo has cosido tú. ¡Esto es un ultraje!

—La verdad es que es una mierda —convine antes de volver a reír. Era tan absurdo que no pude controlar las carcajadas—. ¿Sabes cuál es la de Katia?

—No me lo ha dicho. Lo único que me comentó fue que también era muy cutre. Carl, tenemos que decirles que lo cambien. Un diseño con Mongo sería mucho mejor.

—Eso da igual, Dónut —comenté al tiempo que agarraba la bandera.

El asta, palo o comoquiera que se llamase era un pincho de metal reluciente de unos treinta centímetros de largo.

Era mágico y podía clavarse en cualquier criatura, incluso en fantasmas, mientras la salud de estas estuviese por debajo del cinco por ciento.

La aferré e hice un amago de apuñalar algo.

Usarlas iba a ser un poco complicado. Seguro que el metal iba a ponerse algo resbaladizo si les caía mucha sangre. Y siempre había mucha sangre.

Me enderecé y miré a Bomo, quien tenía un gesto extrañamente triste en su cara rocosa. Era como si se sintiese… solo. Como si ya echase de menos al Mazo.

—Oye, tío —dije—. Tendría que haber otras escaleras aquí en la ciudad. ¿Las ves?

Él gruñó y puso la mirada perdida. Tenía un conjuro que nos permitía teletransportarnos a cualquier lugar donde hubiese una escalera en el piso.

Este no se había reiniciado desde la última vez que lo había usado, pero aún podía cargarlo para ver dónde estaban dichas escaleras.

Era ridículamente poderoso, y esperaba conseguirlo para mí de alguna manera, ya que íbamos a perderlo cuando terminase este piso.

—Solo ver dos —gruñó Bomo.

—Eso es porque en realidad no estamos en Cuba en estos momentos —explicó Mordecai—. Cada zona pequeña es independiente, como las burbujas del quinto piso. Cuando se abra la segunda parte del piso, es probable que pueda verlo al completo.

—¿Qué hacemos buscando las escaleras tan pronto? —preguntó Dónut—. Hay unas justo ahí fuera y no podemos usarlas igualmente.

—Las busco porque si hay alguien más en este lugar, es probable que haya aparecido cerca de las otras escaleras. Después de descansar y de reiniciarnos las ventajas, lo primero será descubrir si estamos solos o no. Lo segundo, analizar el mapa y descubrir dónde estarán los mejores monstruos.

—Otras escaleras no estar lejos —dijo Bomo, que pasó un dedo de roca por la encimera—. Estar en gran ciudad cerca de la costa.

Nunca había estado en Cuba ni mirado un mapa de la Habana siquiera, así que no tenía ni idea de cuál era el tamaño de la ciudad. Tenía una idea más o menos generalizada de la ubicación de esta en un mapa de la pequeña isla que era el país, pero no sabía nada de la ciudad en sí.

—Muy bien. Hazme un favor y siéntate con Mordecai para intentar dibujarlo en un mapa. Por ahora te quedarás en la estancia segura, pero quizá te hagamos salir más tarde.

Bomo emitió un gruñido grave y yo le di una palmadita en el brazo.

—Aún tengo una vieja GameCube que estaba en aquella casa, pero no la he conectado. Te fabricaré un mando que sea compatible. Tenemos algunos juegos muy guapos.

Volvió a gruñir sin mucho interés.

—Mira a ver si encuentras alguna estancia segura en la que haya un bopca —dijo Mordecai—. Me gustaría echarle un ojo al boletín de la mazmorra y ver qué está pasando.

—Eso mismo, sí —comentó Dónut—. Un ojo. Porque solo tienes uno.

Él resopló.

—Las cosas aparecen muy diferentes en mis menús, pero no estoy seguro de qué es lo que ha cambiado. Es posible que saltarnos ese piso haya tenido efectos colaterales, así que será mejor intentar descubrir cuáles.

—¿Y lo mío qué? ¿Y lo mío qué? —gritó Samantha, que dejó de saltar de un lado a otro.

Sonreí.

—Querías que encontrásemos a un mago para arreglar ese cuerpo tuyo, ¿no?

—¡Sí! ¡Ahora mismo!

Asentí.

—Tenemos que encontrar un mapa de monstruos de toda la zona. La manera más fácil de conseguirlo es encontrar a un jefe de municipio y hacernos con la guía de campo. Una vez lo hagamos, buscaremos a alguien que pueda ayudarte. Serás nuestra especialista de reconocimiento del terreno.

Menos de una hora después, ya estábamos listos.

Tenía ganas de entrar en el estudio de creación y trastear con las nuevas partes de autómata, y también acababa de mejorar mi estudio de dinamitero y estaba contando los minutos para probarlo.

Mordecai ya se había puesto pesado con los cupones de mejora de la mesa de creación, pero le dije que antes queríamos orientarnos.

Lo primero que hice fue volver al capitolio y rodear las escaleras con algunas trampa de alarma y unas pocas de teletransportación.

Fijé las condiciones de activación en MAZMORRERO QUE NO PERTENEZCA AL GREMIO HOGAR SEGURO DE YOLANDA .

Por si acaso. Luego volví a la estancia segura para ir a buscar a Dónut.

—Vamos, Samantha. Dónut, vamos a dejar a Mongo en el transportín —comenté—. Será mejor comprobar cómo funciona el piso antes de sacarlo.

Dónut hizo un amago de protestar, pero levanté la mano.

—Estamos en una ciudad y habrá coches por todas partes. No se van a detener. Si lo atropellan, quedará despachurrado como tu primo el Barón Garra de Oso, o comoquiera que se llamase.

Dónut refunfuñó mientras nos dirigíamos a las grandes puertas dobles.

Samantha rodaba entre mis pies, moviéndose con emoción de un lado a otro.

Abrí las puertas, que daban a la calidez de una mañana soleada y húmeda.

Nos encontrábamos en lo alto de unas grandes escaleras de piedra.

El mundo del exterior bullía de actividad.

Entrando en la Habana Vieja.

—Se llamaba Baronesa Petisú Exquisito y la atropelló un tractor porque salió corriendo por una huerta.

La verdad es que no era muy lista. La señorita Beatrice se enfadó mucho cuando se enteró.

Y yo también. Nunca me gustó demasiado la baronesa, pero siempre es alarmante que un miembro de la realeza muera en un accidente de granja. Es muy embarazoso para toda la familia.

—Claro —dije—. Siempre les pasan cosas horribles a los gatos que escapan por las ventanas.

—Te salvé la vida por hacerte salir a la calle, Carl. Y aún no me has dado las gracias. —Dónut contempló el paisaje que teníamos delante—. Carl, ninguna de estas personas me aparece en el mapa. ¿Y no se suponía que estábamos en diciembre? ¡Hace calor!

Casi ni la oí. La imagen me había dejado mudo.

«Esto es lo que hemos perdido —pensé mientras lo asimilaba—. Este es nuestro mundo».

El río de mi mente, que había pensado que iba a dejar de sentir al bajar de piso, volvió a hacer acto de presencia.

«Cálmate —pensé—. Atrás. Espera a que te necesite».

Respiré hondo. El aire estaba húmedo y olía a flores, a océano y al típico humo de una ciudad. El zumbido de los insectos y de los coches me abrumaba los sentidos.

Me dio la impresión de que eran las ocho de la mañana.

En la parte baja de las escaleras, había una acera amplia, una carretera abarrotada de dos carriles y luego una pared de ladrillo y edificios de piedra.

Detrás, una ciudad muy densa se extendía ante nosotros.

Estaba conformada por edificios de varios pisos y muchos colores de estilo poscolonial español, en todas direcciones, la mayoría hechos de ladrillo y estuco.

Por la carretera avanzaban de un lado a otro coches, escúteres y autobuses.

Era una mezcla de vehículos baratos rusos y chinos con algunos coches clásicos estadounidenses.

Oí el rugido de un Ford Farlaine de 1950 y algo de color amarillo y con la capota bajada.

Por el brillo parecía nuevo. Un momento después pasó, un Chevy Bel también de los cincuenta.

Me di cuenta de que el coche era un taxi.

—Vale, Samantha —dije—. Intenta mantenerte alejada del tráfico. No queremos que te choques contra coches ni motos, ¿vale? Y menos tan cerca. Dirígete al sur y avanza. Cada vez que veas a un monstruo, dinos a Mordecai y a nosotros de qué tipo es. Empezaremos a hacer un mapa de monstruos.

Mi idea inicial había sido lanzarla con fuerza con la extensión de la xistera , pero volvía a mi lado cuando guardaba el artilugio y no quería ir con eso puesto por ahí todo el día.

Por ello decidimos dejarla deambular a su aire.

Esperaba que se alejase de la estancia segura lo máximo posible para calibrar la fuerza que tenían los monstruos más alejados.

—Vale. Y si veo algún monstruo lo reviento —dijo ella.

—No. Te limitarás a mirar y a informar de cualquier cosa. Eres experta en reconocimiento y ya. ¿Entendido?

Samantha gruñó.

—Y tenemos que encontrar al mago.

—Sí, sí —dije—. Ahora, en marcha. Puedes volar, que te he visto hacerlo, así que quédate por encima de tráfico y de la gente. Intenta no tocar nada.

—Bien. Yo me encargo. Volaré. —Rebotó un par de veces y luego bajó a brincos por las escaleras como una pelota de baloncesto. No voló.

—Que vueles —grité.

La cabeza me ignoró.

—¡Eh! —gritó cuando tuvo que rodar a toda velocidad para esquivar a una pareja que estaba paseando. Se detuvo para mirarlos—. ¡Yuuuju! ¿Sois magos?