El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 100
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Capítulo 100

Pasado

No aterrizo tumbado en la arena de la playa desde la que salté, lo hago sobre un campo de hierba frondosa, húmeda y fría.

Abro los ojos y veo que las primeras luces del día me dan la bienvenida, como siempre.

Respiro hondo. La temperatura es más fría, pero no importa.

El ambiente es perfecto. Todo sigue igual.

El mismo día. El mismo lugar. Nada ha cambiado.

La primera vez salté lo más lejos posible. No me preguntes cómo, pero desde entonces siempre caigo en el mismo instante del mismo día. Una y otra vez. No tengo ni idea de si tengo alguna conexión especial con este momento y lugar, pero algo raro debe de haber.

Siempre aterrizo al amanecer y calculo que el año al que salto debe de estar unos dieciséis milenios antes de mi presente.

No te lo podría asegurar, pero lo siento en mi interior.

Sé que es verano porque la temperatura es bastante buena a pesar de que estamos en plena Edad de Hielo.

Por este motivo el mar no lo tengo a tres pasos.

Al igual que sucedió en el viaje que hicimos en busca de la isla de Atlas, hoy está a varios kilómetros de la línea de costa.

Me levanto despacio y observo a mi alrededor.

Que aquí todavía no existan los ladrones de mentes ni el Sumo Sacerdote de los cojones no significa que esto sea un paraíso seguro.

Ni mucho menos. Hay asentamientos más adelante, los he visto más de una vez.

Gente organizada, más de lo que debería para esta época.

Nada de cuatro cazadores con pieles y lanzas mal hechas.

Aquí hay estructuras, jerarquía, gente armada… y eso nunca es buena señal.

Y luego están los animales. Aquí todo es más grande, más rápido, más agresivo. No tengo ninguna intención de cruzarme con nada que tenga más dientes que yo.

Cuando compruebo que no hay movimiento cerca, camino hacia la salida del sol. El terreno al principio es amable, praderas abiertas con senderos marcados por el agua y pequeñas laderas suaves. Pero a una media hora de camino todo cambia.

El bosque aparece de golpe.

Pinos bajos y retorcidos, otros altos que se balancean con una brisa constante, robles dispersos rompiendo el paisaje y un suelo cubierto de helechos, musgo y líquenes, un terreno húmedo, vivo y traicionero por el que cuesta caminar.

Me detengo. Algo se mueve a lo lejos.

Un grupo de caballos salvajes cruza un claro, nerviosos. Huyen de algo. Siempre huyen de algo. Más atrás, casi invisible, hay un depredador siguiéndolos con paciencia. No necesito saber cuál es. Con saber que está ahí, me basta para no acercarme ni un metro.

Sigo mi camino bordeando zonas pantanosas y charcos oscuros que no tocaría ni con un palo.

El aire huele a ciénaga. Veo huellas. Grandes, profundas.

Demasiado grandes. Me agacho y las toco.

Siguen húmedas. Creo que son de mamut, quizá de rinoceronte lanudo…

o algo peor. La verdad es que no tengo ni pajolera idea. Por ahí no voy a ir.

Avanzo un poco más hasta que ya reconozco la zona.

Al fondo veo las tres colinas que buscaba.

No son muy altas, deben de tener unos tres pisos de altura.

Parece como si alguien las hubiera colocado a propósito formando un triángulo perfecto.

Paso entre dos de ellas y me detengo. Justo en el centro de las tres colinas hay un crómlech.

Cinco piedras de casi dos metros cada una clavadas en la tierra en forma de círculo.

Oscuras, antiguas, demasiado bien colocadas para ser casualidad.

Nunca he visto a nadie por aquí, pero está claro que alguien levantó este monumento.

Y sabía lo que hacía. Yo le llamo el Stonehenge de la Barceloneta.

No me entretengo.

Cruzo el círculo pétreo sintiendo una energía especial.

Llego a la otra colina y subo la ladera ayudándome de manos y pies.

No hay un caminito para pasear, es completamente salvaje.

Tardo una media hora en llegar a la cima.

No me extraña que aquí no suba nadie, porque esto es un suplicio.

Menos mal que solo vengo una vez cada varios años.

A veces acabo tan petado que me quedo a dormir y disfruto del mejor cielo nocturno que un ser humano puede contemplar.

La entrada está en la ladera este, invisible si no sabes dónde mirar.

Me meto dentro de la pequeña cueva y la oscuridad total me envuelve.

Siempre tengo ese momento en el que pienso que algún día algo estará esperando dentro.

Nunca hay nada. Dejé escondida una antorcha y un pedernal por aquí.

No es un objeto fuera del tiempo así que no rompo ninguna regla, es solo un palo pringoso y dos piedras más.

Prendo la grasa y la luz llena el túnel.

Avanzo, giro el recodo y aparto una enorme piedra que descansa en la pared.

No pesa porque es una piedra pómez que uso para disimular la grieta de entrada.

Me cuelo por ella. Es algo estrecha, pero quepo perfectamente. Siempre que no engorde demasiado. Y, teniendo en cuenta mi cuerpecillo, no parece un riesgo inminente.

El camino desciende en una espiral natural que diría que ha sido esculpida por el agua.

Tras un rato llego al final. Mi lugar. Una bóveda enorme, silenciosa, intacta.

No hay pinturas ni dibujos porque nadie más que yo ha estado aquí ni estará.

Por el camino recorrido, juraría que estoy bajo el círculo de piedras.

Justo en medio del triángulo que forman las tres colinas.

Eso tampoco me parece casual. Aquí se respira algo especial que no sé explicar.

En la pared oeste, entre los huecos naturales que ha dibujado el tiempo en la roca, están los objetos que he ido dejando.

Aprovecho los huecos de la piedra como si fueran estanterías casuales.

Si alguien entrara aquí no encontraría ni el Ojo de Atlas ni la daga azul ni el Velo de Cronos, tan solo vería cajas de piedra gris.

Abro la mochila y saco la que he traído hoy.

No son simples recipientes improvisados.

Están hechos para durar más que cualquier civilización.

Cada una está fabricada a medida según lo que guarda, pero todas comparten la importante misión de sobrevivir al tiempo, al agua y al olvido.

Después varias pruebas con diferentes materiales, elegí el modelo y la combinación que mejor resultado dio tras comprobar su degradación.

Compro los materiales hechos a medida por separado, y yo mismo sello las cajas en mi tienda.

Algunas cuestan más que el valor económico de lo que guardan, pero no es eso lo que me importa de estos objetos, es su historia, su poder, algo que está por encima de todo el oro del mundo.

Dejo la que he traído en su lugar de descanso. Dentro están la daga y el colgante. La acaricio para despedirme de ellos.

En el interior de la caja hay una cápsula construida en titanio puro, sin juntas ni piezas móviles.

Yo mismo la cierro al vacío y la uno mediante soldadura para que nada, absolutamente nada, pueda entrar.

Ni aire ni humedad ni sal. Ese núcleo está protegido por una capa de resina natural de pino mezclada con betún.

Arrojó mejor resultado una capa de cerámica vitrificada, pero tenía que encargarla a terceros y, por supuesto, no quiero dejar mis objetos y arriesgarme a que me devuelvan una caja llena de piedras. Ni me enteraría.

Por fuera, todo descansa dentro de un bloque de piedra maciza, granito trabajado a medida, que yo encajo y sello con resinas que se endurecen como una roca.

No hay cerraduras. No hay mecanismos. No hay forma de abrirlas sin destruirlas.

Pero, lo más importante es que antes hay que encontrarlas y aquí nadie lo hará.

Dentro de poco más de dos mil años, el mar cubrirá esta cueva. El agua lo inundará todo y estas cajas seguirán ahí, intactas, invisibles a más de cien metros de profundidad. Porque no están hechas para ser encontradas. Están hechas para sobrevivir en el olvido.