El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 99
95%

Capítulo 99

Una semana después

Paseo Mare Nostrum

He intentado librarme de Lucía durante un par de horas, pero hoy está pegada a mí como una lapa.

Le he dicho que me iba a dar una vuelta por la Barceloneta y se ha apuntado en menos que canta un gallo.

En fin, que aquí estamos dando un paseíto de la mano; que me gusta, no te digo que no, pero que no es lo que en realidad debería estar haciendo.

Y como no quiero mentirle ni me puedo librar, se lo voy a contar.

—Lucía, cariño —esto siempre ayuda—, tengo que saltar al pasado para poner a buen recaudo la daga y el colgante que le quitamos a la desquiciada de Ruth.

Ella me escucha atenta mientras caminamos por el paseo que va junto a la playa. Va cogida de mi brazo.

—Como dijo Uru’Nael, hay objetos, como estos dos, que no pueden caer en manos de simples mortales como nosotros.

—Lo entiendo —responde. Mira la pequeña mochila que llevo colgada a la espalda—. Es lo que llevas ahí, ¿no?

—Sí. Debo dejarla junto a otras reliquias especiales, lejos de ojos codiciosos que puedan dar con ellas.

—Y debes ir solo —me dice. No ha sonado a reproche.

—Así es. Nadie más debe saberlo. No es por ti…

—Es por si algún día vuelven los ladrones de mentes y me poseen —me interrumpe muy seria—. Si yo lo sé, ellos también lo sabrían y podrían hacerse con todos los objetos en un abrir y cerrar de ojos.

—Y eso no puede ser —indico.

Se detiene.

Coge y mi cara con sus manos y me besa.

—Lo entiendo.

Lo malo de los besos es que crean adicción.

Esta mujer vale su peso en oro.

—¿Cuándo vas a saltar?

—En unos minutos.

—¿Desde dónde? —pregunta mirando alrededor—. Esto está lleno de gente.

—Ven —le digo.

Siempre que quiero viajar a la Quimcueva, que así es como llamo a mi lugar secreto, repito la misma rutina. Una que hoy estoy compartiendo con Lucía.

Salimos del paseo y caminamos por la arena de la playa de San Sebastián, junto al Hotel Vela. Nos alejamos de ojos curiosos y nos sentamos para contemplar el mar. En cuanto los últimos rayos de sol se esconden tras el edificio del Club Natació Barcelona, la luz en la playa parece apagarse.

Es el momento.

—Ahora vuelvo —le digo al oído tras darle un beso.

Me coloco la mochila sobre el pecho y me estiro boca arriba, mirando al cielo púrpura. Ella me imita, dejando un espacio entre los dos para que no me la lleve en el salto.

Me relajo. Espero unos segundos y salto al pasado sin que nadie se percate de que un tipo ha desaparecido como por arte de magia.