Capítulo 98
Bar de Rosa
Espero sentado en el sofá a que Lucía acabe de vestirse.
Tras una ducha reparadora todo se ve distinto, desde una perspectiva mucho más clara.
Todos tenían razón al decir que no había otra opción, que Ruth hubiera seguido adelante y nos hubiera matado a todos.
Y aunque yo hubiera vuelto para salvarlos, ella lo hubiera repetido una y otra vez hasta la saciedad.
Además, ya me dijo Uru’Nael que debía recuperar la piedra del collar fuera como fuera.
—Ya estoy casi —dice Lucía desde la habitación, aunque lleva media hora diciendo lo mismo.
He dejado la daga y el colgante en mi cripta antes de subir a casa. De momento se quedarán allí, pero enseguida los llevaré a mi lugar secreto, lejos de aquí en el tiempo. Esos objetos no han sido creados para los mortales, ha quedado muy claro.
Durante todo este rato me ha asaltado una duda tremenda.
En otras ocasiones he comprobado que cuando alguien muere y yo vuelvo al pasado para salvarlo, al final siempre la palma de una forma u otra, pocos segundos después de que lo hiciera por primera vez.
Es como si el destino ya estuviera escrito para el pobre difunto. Pero ellos están bien.
Mi padre, Marío y el dúo Sacapuntas siguen vivos.
Y ya han pasado un par de horas.
Lo único que se me ocurre es que sus muertes no han sido naturales, por decirlo de alguna manera, sino provocadas por alguien que poseía una de las siete piedras primordiales.
Quizá la posesión de esos objetos no siga las leyes del universo que rige las normas de la gente corriente.
Bueno, da igual. Lo que importa es que siguen con vida.
—¿Vamos o qué? —me pregunta como si fuera ella la que lleva dos siglos esperando a que me vista.
—¿Cómo puedes tardar tanto? Si solo vamos al bar a comer.
—Tú qué sabrás, si siempre vas igual vestido.
Ahí le doy la razón.
La comodidad y la practicidad por encima de todo.
Entramos al bar y vemos que ya están todos.
Mi tía tiene una sonrisa que no le cabe en la cara.
Se acerca y me da un besazo y un abrazo de oso. Me mira y veo en sus ojos un brillo de orgullo, pena y ansiedad que no entiendo. Me da otro beso.
Después a Lucía.
Muchas veces pienso que mi tía sabe lo que hago y esta es su manera silenciosa de decirme «gracias por salvar a mi familia». No podría jurarlo, pero estoy convencido de que es más bruja de lo que nos pensamos.
—Parejita —nos saluda el relojero, ya más repuesto.
Hoy han juntado varias mesas para que podamos comer todos.
Incluso mi tía se va a sentar con nosotros.
Un hecho del todo inaudito. Esta sabe algo fijo, vamos.
Ya te digo yo que es medio hechicera, sino de qué va a dejar la cocina para comer con la familia.
Eso solo sucede en ocasiones muy contadas, tan pocas que ni las recuerdo.
Me siento al lado de mi padre.
—¿Qué tenemos de menú, Rosa de mi alma?
—Hoy no hay menú —le responde al relojero desde la cocina—. Os voy dejando platos en la barra y los vais poniendo en la mesa.
—Ha cocinado todo lo que sale en la carta de tapas. Dice que vamos a comer de picoteo —informa mi tío Mario.
—¡Dabuti! —exclama mi padre— Tapitas ricas, ricas, y con fundamento.
Se parte de la risa él solo.
—¡Me encanta! —exclama Lucía—. Con el hambre que tengo y lo que me gustan tus tapas, Rosa.
—¡Gracias, bonica! —le responde desde la cocina.
—¿Y a qué debemos este inesperado banquete? —quiere saber el relojero—. Que me gusta, no digo que no, pero ya sabes que a mí los cambios de planes repentinos me dan urticaria.
—Pues te aguantas y te rascas —se oye desde la cocina.
—Ya te dejaré mis cremas —le dice el librero sonriendo.
Los miro, uno a uno, y me doy cuenta de la suerte que tenemos. Estamos todos bien. Vivos. En familia. Mi padre me mira con orgullo. Acaricia mi mano.
—Disfruta del momento —me dice en voz baja.
Tiene razón, pero ambos sabemos que esto no ha acabado. Le he contado por encima mi visita a la isla y ha flipado. Quiere apuntarse en el próximo viaje, como es normal. Lo llevaré. Allí no hay peligros. Así también nos puede ayudar a entender mejor esta labor que nos ha caído encima.
—Si nuestro tío lejano tiene razón y el fin ya ha comenzado, Nadia y Ruth eran solo una pieza del engranaje de una maquinaria mucho más poderosa —me dice de nuevo, vigilando que mi tía no esté cerca—. Habrá que ir a por sus superiores para saber a qué nos enfrentamos.
—Cuenta conmigo cuando quieras ir a por el capo —me dice Mario, sentado junto a mi padre.
El relojero y el librero asienten, deseosos de seguir formando parte de esto a pesar de poder morir acribillados.
Ellos también saben que tanto la rubia como la asesina eran simples peones de la organización. Han oído hablar del Sumo Sacerdote y saben que es en Roma donde se mueven los hilos del resto del mundo. Del jefe de Nadia no sabemos todavía nada. No hay ningún hilo del que tirar.
Ahora quiero disfrutar de este momento.
—Y aquí está el último —dice mi tía dejando un plato enorme de patatas bravas en medio de la mesa.
—Muchas gracias, Rosa —dice Lucía.
Para mi sorpresa, mi tía me da otro beso cariñoso antes de perderse en la cocina. Esto me huele muy raro, pero ahora no tengo ganas de pensar en ello. Ya habrá tiempo. Tengo mucha hambre y estoy deseando probar las ricas tapas que hace mi tía, acompañadas de una buena cerveza fría.