Capítulo 97
Pasado
En cuanto siento el peso de mi cuerpo en las piernas y el abrazo de oso de Lucía, abro los ojos.
Parece que nada ha cambiado. Poco más de una hora y media nos separa del presente, así que es normal que todo parezca igual.
Pero en realidad, sabemos que no es así.
Ahora mi familia y mis amigos todavía están con vida.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí, ya soy una experta en esto —contesta.
Pues la verdad es que sí.
Caminamos hacia la casa de la loca asesina. Al llegar vemos un coche parado en la puerta. Es un todoterreno oscuro. Parece que no hay nadie dentro.
En el lateral de la casa hay una puerta medio abierta.
Me acerco a ella y la abro con cuidado.
Entramos los dos y la cerramos. No quiero sorpresas por la retaguardia. Estamos en una especie de patio interior. Hay una caseta a nuestra derecha. Una piscina enfrente y, tras esta, unas puertas de cristal que dan a la casa.
Delante de nosotros oigo unos cuchicheos.
Lucía me toca en el brazo.
—Creo que son Alfonso y Emilio —murmura.
Damos unos pasos y los vemos.
Un grupo de cotorras chillan y revolotean como locas a nuestro lado. El dúo Sacapuntas se gira y nos ve. En ese instante vemos a la mujer al otro lado de la cristalera.
Nos agachamos. El dúo también lo hace al vernos.
Ruth se acerca hasta la puerta que da al patio y se queda mirando a la piscina. No puedo ver bien su cara. Al cabo de unos segundos cierra la puerta corredera.
Espero que no haya echado el seguro.
Nos acercamos al librero y al relojero.
—Quim, qué alegría verte —dice el relojero, sentado en un suelo húmedo en el que seguro no está nada a gusto.
—Ahora te íbamos a enviar un mensaje —me dice el librero. Yo sonrío.
—Lo hiciste, amigo mío. Por eso estoy aquí.
Los dos se miran y comprenden al instante la situación.
—Estás en tu pasado —murmura el relojero.
—Y en vuestro nefasto presente —confirmo.
Son conscientes de que si estoy aquí es porque algo malo ha pasado.
—¿Tan devastadora ha resultado esta aventura? —quiere saber el relojero.
—Ni te imaginas —le respondo—. Ahora debéis salir de aquí por donde habéis venido. Nosotros nos encargamos.
—No te voy a decir que no, hijo mío —responde el relojero mientras le ayudo a ponerse en pie.
En cuanto ellos se largan del patio, Lucía y yo nos acercamos a la puerta. Me asomo con mucho cuidado y veo a Ruth paseando por el salón.
Está cubierta de sangre.
Lleva una pistola en la mano. La mueve muy nerviosa.
Desde aquí no veo a mi padre ni a mi tío.
Sin pensarlo dos veces, empujo la puerta con cuidado.
Se mueve.
La abro de golpe y puedo ver la sorpresa en los ojos de Ruth. Unos ojos anegados de locura y odio a partes iguales.
A su lado hay un hombre en el suelo. Atado.
Ella levanta el arma y me dispara.
Ya contaba con ello.
Me parapeto tras la pared, todavía en el jardín, hasta que escucho el clic del arma que me indica que el cargador está vacío. Entro al salón y me voy directo a por ella.
Sale corriendo hacia la cocina.
No le pienso dar ventaja.
Llega hasta uno de los cajones y saca un cuchillo.
Lo mira con deseo. Sonríe de una forma desquiciada.
Lucía ha entrado y está soltando a mi padre y a mi tío, que también estaban en el suelo.
Ruth da dos pasos hacia mí. El cuchillo se mueve arriba y abajo, como queriendo rasgar un tejido invisible. Me mantengo a distancia.
—¡Soltadme! —grita el hombre tirado en el suelo.
—Ni lo sueñes —escucho decir a mi padre—. Trabaja para ellos, para la cúpula de Roma.
—¡Que os den a todos! —grita Ruth a la vez que se abalanza sobre mí.
Veo pasar el cuchillo cerca. Demasiado.
Es más rápida de lo que me pensaba.
En cuanto la toreo, le doy una patada a la altura de sus rodillas y cae al suelo. El cuchillo sale disparado hacia el hombre, que se apresura a intentar cogerlo.
—Estate quieto, pedazo de cabrón —le dice mi tío Mario, que ya está libre de ataduras al igual que mi padre.
Ambos se acercan a Ruth y la sujetan.
Tiene menos fuerza que ellos dos juntos, aun así, apenas pueden retenerla quieta.
La tienen boca abajo. Lucía se acerca rápido y le coloca unas bridas en los tobillos, ya que no puede juntarle las manos.
Vienen de la misma bolsa que estaba sobre la mesa, de donde salieron las que tenían mi padre y mi tío.
Y el hombre del suelo que nos mira desconcertado.
—No me podéis quitar lo que es mío —farfulla con la cabeza de lado. Babea más de lo normal. Aprieta los dientes hasta hacerlos rechinar.
Intento quitarle el colgante del cuello, pero se mueve tanto y con tanta fuerza que apenas somos capaces de mantenerla en el suelo, incluso los tres a la vez. Menos mal que al menos tiene los pies atados.
Saco la daga de mi bolsillo y se la muestro ante sus ojos.
—Si no te estás quieta tendré que usarla —amenazo.
Ella mira el cuchillo que emite brillos azules, del mismo tono que su colgante. Parece que se relaja un poco.
En cuanto intento quitarle el collar vuelve a retorcerse como una culebra. No sé si es la piedra la que le da la fuerza o es el estado de enajenación mental en el que se encuentra.
—¿Ese cuchillo puede acabar con ella? —pregunta mi tío Mario, con su rodilla sobre la espalda de la mujer y sudando del esfuerzo que le supone sujetar uno solo de sus brazos.
—Sí, pero no quiero matarla —le respondo.
—Tú no —me dice muy serio—, pero yo estoy deseando hacerlo por segunda vez.
Mario la suelta lo justo para quitarme la daga y clavársela en la espalda sin dudarlo ni un segundo.
Todo ha pasado en un instante.
Me quedo sin aire. Perdido.
Veo que mi padre y mi tío la miran sin soltarla.
Ruth intenta respirar.
No puede.
La sangre se le escapa al mismo tiempo que su vida.
—El colgante no se ilumina —dice mi padre, contento.
Poco después, ella muere.
Me pongo en pie y me alejo unos pasos.
Mis ojos se pasean perdidos por el salón.
Veo varios cuerpos tirados que no había visto antes, estaba demasiado concentrado en la mujer.
—Era necesario, Quim —me dice Mario—. Tú no querías hacerlo, pero yo sí. Se lo merece. Con esta tiparraca no se podía razonar. Iba a acabar con toda la familia, tarde o temprano.
En el fondo lo sé.
He sido testigo de ello. Los habría matado a todos.
—Lo que importa es que estáis vivos —indica Lucía mirando a mi padre y a Mario—. Hace una hora estabais todos muertos.
Mi padre entiende la situación.
Mi tío Mario también.
—Pues con más razón había que matarla —dice Mario sin un atisbo de culpa. Se agacha, le quita el colgante y recoge el cuchillo del suelo.
Se acerca hasta la cortina que hay junto a mí y limpia los objetos sangrientos con ella. Una vez que está convencido de que no hay rastro de sangre me los entrega.
—No le pertenecían. Ni a ella ni a ningún otro que pueda ponernos en peligro. Estoy seguro de que tú sabrás qué hacer con ellos.
Los miro. Tiene razón. Todos la tienen.
Es mejor así. Ella no iba a parar hasta vernos muertos a todos, como ya había hecho.
En la lejanía se oyen las sirenas de la policía.
—Tenemos que largarnos de aquí —dice mi padre.
—Vamos —murmura Lucía a mi lado, estirando de mi brazo y sacándome de la casa.
Cruzamos el patio y salimos a la calle. A unos metros vemos al librero haciendo señales desde un coche.
—Nos vamos con ellos —indica mi padre—. Tú vuelve a tu presente o a dónde debas estar ahora.
Yo le digo que sí sin abrir la boca.
—Quim… Gracias por volver a salvarnos la vida —me dice mi tío.
Mientras Lucía y yo nos alejamos hacia una de las calles, ellos se marchan en el coche conducido por Octavi justo cuando un coche patrulla entra en la calle.
Nosotros volvemos a la casa de las macetas enormes para volver al presente. Las sirenas se han multiplicado hasta hacerse molestas.
Nos colocamos en el mismo lugar que antes.
Ella se abraza de nuevo.
Me concentro y me dejo llevar hasta segundos más tarde de cuando saltamos, con la tranquilidad de que el presente será ahora mucho mejor.