Capítulo 96
Alrededores casa de Ruth
Acabamos de llegar a la localización que me ha pasado el librero.
Hay dos coches de los mossos cortando la calle.
Las luces de colores están encendidas y arrojan reflejos que huelen a muerte.
Lo sabía. En mi interior sentí que algo se rompía.
Víctor quería conducir como un piloto de carreras desde el helipuerto hasta aquí, pero le he dicho que daba igual llegar cinco minutos más tarde. El daño ya estaba hecho.
—Aparca en la calle más cercana que puedas y me envías la localización. Yo te iré a buscar —le digo. Víctor asiente.
Lucía no deja de apretar mi mano, nerviosa.
—Nos vemos en unos minutos.
—Voy contigo —me dice Lucía.
Su mirada no acepta un no por respuesta.
La de Víctor me indica que no luche contra el destino.
Para qué vamos a perder el tiempo discutiendo, no vale la pena. Cierro la puerta del coche en cuanto ella sale.
Caminamos hacia la casa de la rubia. Una calle antes de llegar hay un cordón policial que nos lo impide. Me acerco a una de las agentes.
—Necesito pasar, por favor. Mi familia estaba dentro de esa casa.
—No está permitido, lo siento —responde sin moverse.
—Mi padre y mi tío están ahí.
La mossa duda un segundo y llama a un compañero.
—Dice que su familia estaba dentro —le comenta en voz baja.
El hombre se acerca. Me observa con atención.
—¿Quién exactamente?
—Mi padre, Félix Mora. Mi tío, Mario. Y dos amigos de la familia.
El agente asiente, pensativo. Se acaricia la barba varias veces sin darse cuenta.
—¿Qué hacían aquí?
—Venían a tasar unos objetos —respondo—. Son anticuarios.
En ese momento, la puerta de la casa se abre. Dos agentes salen con una camilla. Encima, una bolsa negra. Detrás viene otra. Los policías que custodian el cordón se giran un instante para despejar el paso hasta una de las ambulancias.
Aprovecho el despiste y me acerco lo máximo posible para ver las camillas de cerca. Uno de los agentes levanta la cinta para que pase la camilla. Estoy a menos de dos metros.
Las bolsas están cerradas y no logro ver nada.
Rodeo la ambulancia y me coloco entre ella y la pared. No quiero cruzar el cerco policial, solo quiero asegurarme de que son ellos. A través de la ventanilla de la ambulancia veo al policía buscarme con la mirada. Le pregunta a Lucía, ella niega y hace como que también me busca.
Abro la puerta lateral de la ambulancia en cuanto se alejan los que han traído los cuerpos. Meto la mano y abro la cremallera de la bolsa más cercana.
Y lo veo.
Por el pequeño hueco asoma la cara del relojero. O lo que queda de ella. Sus ojos blanquecinos están medio cerrados y miran a la nada.
Tengo suficiente con esto.
Cierro la puerta y vuelvo junto a Lucía.
Ve una lágrima cayendo por mi cara.
Lucía se tapa la boca y comienza a llorar también.
Los dos sabemos que puedo saltar al pasado e intentar cambiarlo, pero nadie te prepara para ver las bolsas en las que descansa tu familia asesinada.
Antes de que los policías nos tomen los datos damos media vuelta, giramos la esquina y nos perdemos por la primera calle.
—¿Están todos muertos? —pregunta todavía llorando.
—Solo he visto al relojero, pero seguro que sí, están todos muertos. No tengo ninguna duda. Lo siento aquí dentro.
Me toco el pecho.
Lo siento de verdad.
—¿Dónde vamos? —quiere saber.
—A buscar una esquina desierta desde la que saltar.
A dos calles de distancia veo una casa grande en cuya entrada hay dos maceteros enormes, cada uno de ellos con una frondosa palmera enana, que flanquean la puerta de entrada.
—Este es el mejor lugar que encontraremos —le digo a Lucía, poniéndome entre la pared de la casa y una de las plantas—. Desde aquí nadie nos verá irnos ni volver.
—A no ser que haya alguien en la puerta de entrada.
—También sería mucha casualidad, ¿no crees? —le digo, no muy convencido. Con la suerte que tengo en los últimos saltos, ya te digo yo que si hay problemas cerca me los comeré con patatas.
Miro mi móvil para asegurarme de la hora a la que recibí el mensaje del dúo Sacapuntas: la una y cinco de la tarde. Saltaremos un poco antes por si acaso. Me apoyo en la pared y Lucía me abraza con fuerza.
—¿Lista? —pregunto. Ella asiente.
Le doy un beso en la frente.
Cierro los ojos y me concentro hasta que el mundo que nos rodea desaparece por completo.