El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 95
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Capítulo 95

Casa de Ruth

Ruth ha desarmado al único superviviente del grupo que acaba de asaltar su casa.

Lo ha dejado atado, medio desnudo y sentado en el suelo.

Está cada vez más nerviosa. Suda, aprieta los dientes y se mueve de un lado a otro sin parar.

Algo no encaja, pero no sabe el qué. El colgante descansa sobre su pecho.

Lo siente caliente, como si latiera con vida propia.

El Sumo Sacerdote intentó advertirla, pero ya es tarde.

Ese poder no está hecho para cualquiera.

Félix y su hermano, de nuevo en el sofá, se miran en silencio. No saben qué le ocurre exactamente, pero tienen claro que la resucitada ya no es la misma mujer que ellos conocían.

—Cuéntame todo lo que sepas de esto —dice Ruth mientras acaricia el colgante.

El soldado la observa sin entender nada.

Ruth le pisa la rodilla y el grito le arranca una mueca de irritación. Tiene una pistola en la mano que no deja de moverse. Viaja de los hermanos al soldado y viceversa.

—Vosotros dos algo debéis saber —murmura con los dientes apretados—. No habéis venido hasta aquí por casualidad.

—No sabemos nada —responde Félix, serio.

Ruth lo observa durante unos segundos, como si intentara leer algo en su cara. Sin previo aviso levanta el arma y dispara. El impacto lo dobla sobre sí mismo y un sonido húmedo llena la habitación.

Por el estómago de Félix comienza a brotar sangre.

—Tienes unos veinte minutos para llevarlo a un hospital y salvarle la vida —dice con una calma que no encaja con la escena.

Mario intenta taponar la herida de su hermano, pero las esposas a su espalda se lo impiden.

—Si me decís la verdad, salís vivos —añade ella.

Félix pierde mucha sangre. Demasiada.

El soldado intenta arrastrarse por el suelo, pero no llega lejos. En ese mismo instante, Mario salta del sofá sin pensarlo dos veces, pero Ruth ya lo estaba esperando. Retrocede lo justo y dispara. La bala le destroza la pierna y Mario cae gritando.

—¡No! —grita Félix, pero su voz ya no tiene fuerza.

Ruth sonríe. Se agacha frente a ellos y los observa con una calma inquietante.

—Habla —ordena a Mario.

—Vete a la mierda, loca del…

El disparo le borra el final de la frase.

Félix grita con todas sus fuerzas.

La impotencia supera al dolor de la herida.

La cara del soldado es un poema de miedo.

Ruth le apunta.

—Quiero saber lo que sabe el Sommo —murmura.

—No sé nada, solo teníamos que llevarte ante él.

Félix tose con fuerza, esta vez sin poder contener un grito de dolor. Ella lo mira. Sonríe satisfecha.

—Tú y tu familia os merecéis todo lo malo que os va a pasar. Se acabaron las concesiones. Ya no hay lugar para chácharas vacías —jadea a la vez que levanta el arma. Mira al tipo que está en el suelo—. Si no sabes nada, no me sirves para nada.

Apunta al soldado y dispara.

Su arma se ha quedado sin balas.

Irritada, camina hasta la cocina y coge el cuchillo más grande que encuentra en el cajón. En el camino de vuelta se encuentra otra pistola en el suelo que debe de ser de alguno de los asaltantes. O del personal de seguridad. Da igual.

Comprueba que está cargada y sonríe.

Vuelve con paso rápido hasta el tipo del suelo y le rebana el cuello con el cuchillo sin mediar palabra. El arma ha hecho un corte limpio. Está afilado, nunca lo había usado porque odia cocinar.

Después se sienta junto a Félix.

Lo mira con asco, sin disimulo.

Le pasa una mano por encima del hombro.

Sonríe.

Con la otra mano le clava el cuchillo en el pecho varias veces hasta que no encuentra hueso y le atraviesa un pulmón y parte del corazón.

Félix cae hacia atrás y muere a los pocos segundos.

Don Emilio se aparta de la ventana horrorizado. Don Alfonso lo imita, pero ya es tarde. Ruth ha visto algo por el rabillo del ojo.

Se acerca a la puerta y la abre.

En una mano tiene el cuchillo; en la otra, la pistola.

Frente a ella, los dos ancianos yacen acurrucados en el suelo. Los reconoce.

—Parece que hoy todo el mundo está invitado a mi casa.

Dispara sin dudar. Una vez. Otra. Y otra más, hasta vaciar el cargador. Satisfecha, deja caer la pistola y el cuchillo.

Su mirada está fija en la sangre que sale de los múltiples agujeros de bala de los dos hombres muertos. No ha errado ninguno.

El silencio que queda después es espeso, irreal.

Ruth mira sus manos.

La sangre le resulta ajena, como si no le perteneciera.

Nada parece suyo.

Al fondo del jardín ya no se oyen las cotorras porque los disparos las han espantado. En su lugar, unas sirenas lejanas rompen la calma. El olor metálico lo invade todo.

Ruth camina hacia la piscina.

Se quita el vestido sin detenerse y entra en el agua. Baja los escalones hasta sentarse en el último. El cambio de temperatura la envuelve, pero no reacciona. Lleva la mano al colgante casi sin darse cuenta, como si necesitara comprobar que sigue ahí.

El agua a su alrededor comienza a teñirse de pinceladas rojas. Ruth se sumerge y se pasa las manos por el pelo, apartando la sangre y otros restos. Durante unos segundos todo parece detenerse.

Cuando vuelve a salir a la superficie, respira hondo.

Y en ese mismo instante, la puerta del jardín se abre.