El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 93
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Capítulo 93

Don Emilio va primero; camina un poco agachado. Sin embargo, don Alfonso se desplaza como si estuviera paseando un domingo por la mañana por el Paseo de Gracia, bastón en mano y mentón elevado. Le duele demasiado la espalda como para jugar a los espías.

No hay ni rastro del equipo que acaba de entrar.

Al otro lado del patio está la casa. Hay una puerta abierta. Se acercan con cuidado. Escuchan varios disparos. Se asoman con cautela y observan la fiesta que tienen montada en el interior.

Félix y Mario están recostados en un sofá, atados.

La rubia está parapetada tras la mesa de la cocina, disparando a diestro y siniestro. Cada disparo da en un blanco distinto, pero van muy bien protegidos.

Su asistenta y el otro vigilante no llevan chaleco antibalas porque no esperaban una contienda de ese calibre. Están agazapados tras uno de los sofás. Ruth la tiene en su punto de mira. Tiene muchas ganas de acabar con ese par de ratas traidoras. Solo debe esperar al instante correcto.

Ruth ha pasado demasiadas horas practicando tiro y tiene una puntería que ya quisieran muchos francotiradores. Pero su estado mental no es el idóneo para acertar en la distancia.

Los soldados que acaban de entrar se han repartido por el salón. Todos disparan contra Ruth. Todos trabajan para el Sommo. Mientras tanto, los hermanos Mora se quedan estirados, rezando para que ninguna bala perdida acabe en ellos.

De repente, Ruth sale de detrás de la isla de la cocina y comienza a caminar hacia sus adversarios sin protección alguna. Está claro que no piensa con la cabeza.

Recibe varios disparos, pero antes de caer tiene tiempo de acabar con dos de los soldados y el guardia de seguridad de sendos disparos en la cabeza. A su asistenta la ha herido de muerte, seccionándole la femoral. Esta grita y llora, pero nadie le hace el menor caso.

Ruth cae ante los ojos de los asaltantes que quedan con vida. Uno se acerca a ella y comprueba que está muerta. Entonces, se fijan en los rehenes que permanecen en el sofá.

Mario y Félix se temen lo peor.

Han sido testigos de demasiadas barbaries en poco tiempo.

Dos de ellos salen a comprobar el jardín, mientras otro se pasea por la casa para asegurarse de que no queda nadie.

En el suelo, alrededor del cuello de Ruth, aparece de nuevo la luz azul intensa. Los hermanos Mora lo ven y deciden levantarse del sofá y parapetarse tras él. Ha sido algo instintivo que ha surgido sin que ninguno de los dos abriera la boca.

Ruth se levanta entre espasmos.

Su cara dibuja una risa antinatural.

El hombre que inspeccionaba la casa aparece en el salón y recibe un disparo certero que impacta entre sus ojos. Muere al instante. A los dos segundos, la otra pareja entra corriendo. Ruth ya los esperaba. Realiza dos disparos. Uno muere y el otro cae herido al suelo con la clavícula destrozada.

Los hermanos Mora no se asoman para ver quién vive o no, tan solo se quedan tras el largo sofá, que es la única barrera que los separa de la delirante asesina.

Don Emilio y don Alfonso retroceden y se esconden en el jardín, entre las plantas. A pesar de todo lo que han pasado a lo largo de sus vidas, esta maldad sobrenatural que acaban de presenciar está muy por encima de sus posibilidades. Se sienten completamente impotentes.

Ruth se acerca al herido. Lo mira.

El hombre ve la perversidad más oscura en sus ojos.

—No te voy a matar de momento —le escupe—. Te quiero con vida el tiempo justo para obtener respuestas.

Don Emilio saca su móvil y envía un mensaje de voz:

—Quimet, soy don Emilio. Estoy con Alfonso en casa de la rubia. Escucha, tu padre y tu tío están aquí también. Los tienen retenidos un grupo de matones profesionales.

—La mujer morena está muerta —le dice al móvil don Alfonso en voz baja—. La rubia también había muerto, pero ha resucitado como Lázaro, aunque mucho más rápido. Todo gracias al colgante.

—Haremos lo posible por liberarlos —acaba diciendo don Emilio.

Dicho esto, envía el mensaje.

—No le has dicho la dirección —le regaña don Alfonso.

Su amigo niega con la cabeza.

Trastea con el móvil tal y como le enseñó Octavi y le envía su localización actual.

Un grupo de cotorras chillan y revolotean de nuevo, como locas, cerca de la caseta de la piscina, llamando la atención de Ruth.

Los dos amigos se esconden lo mejor que pueden.

Se acerca hasta la puerta que da al patio y se queda mirando a la piscina, pensativa, hasta que cierra la corredera para no tener más sorpresas.

Desde detrás de las plantas, don Alfonso y don Emilio la observan en completo silencio y sin pestañear.