Capítulo 91
Relojería de don Alfonso
Octavi está enfrascado en la reparación de un modelo de reloj que no había abierto antes.
No es nada especial, pero manipular una maquinaria compleja por primera vez siempre es un reto complicado.
Le gustan esos retos. Su jefe, don Alfonso, le avisó de que debía ir con cuidado y jamás forzar una pieza que no quiere salir.
«Si no quiere, será por algo», le dijo. También le advirtió de que se necesitan muchos años de práctica para comprender la esencia y el mecanismo de esas máquinas diminutas.
La puerta de la relojería se abre.
Octavi levanta la mirada y ve entrar a su jefe. Detrás lo sigue don Emilio. Ambos traen cara de pocos amigos. Octavi deja lo que está haciendo y los observa desde la mesa del taller, situada en un rincón de la relojería al que no pueden acceder los clientes.
—Que no es normal, Emilio, que te lo digo yo.
—No lo es, no —corrobora don Emilio.
—¿Qué sucede? —pregunta Octavi. Los ha visto preocupados otras muchas veces y siempre intenta echar una mano.
—Pues que no hay rastro de Quim ni de Lucía desde hace tiempo —contesta don Emilio mientras su amigo se sienta en una silla—. Y Félix y Mario, que han ido tras la asesina que iba a casa de la rubia, no dan señales de vida.
Octavi sale del taller y va hasta el mostrador, donde tiene su portátil. Trastea un poco con él mientras la pareja de amigos lo mira con interés.
—Quim y Lucía tienen los móviles apagados. La última localización es el centro de Huelva.
—¿Y Félix y Mario? —pregunta el librero.
—También los tienen apagados.
Octavi busca la última posición antes de apagarse.
—Los dos estaban dentro de la propiedad de Ruth Leviym.
Don Alfonso se levanta y se acerca al mostrador.
Mira la pantalla del ordenador y sabe que algo no va bien. Lo intuye. Su amigo también. Cuando se han vivido tantas situaciones complicadas como esos hombres, el tufillo de los problemas se huele a kilómetros de distancia.
—Algo les ha pasado.
Don Emilio asiente.
Octavi escucha atento.
—Tenemos que ir a buscarlos —ordena don Alfonso.