Capítulo 90
Poco pueden hacer los hermanos Mora contra tres personas armadas.
Una de ellas completamente desquiciada y dispuesta a disparar sin inmutarse, como ya han comprobado.
Ni siquiera intentan salir corriendo. Levantan las manos y se rinden.
Ambos saben que no vale la pena una muerte segura por intentar una huida del todo incierta.
Están sentados en uno de los sofás con las manos a la espalda, atadas con bridas demasiado gordas como para romperlas. Ruth los vigila desde uno de los taburetes de la cocina. Su cabeza va a mil por hora. Tiene demasiados frentes abiertos. Acaricia el collar y limpia los restos de sangre.
Su teléfono suena.
Es el Sommo.
Después mira a su asistenta con un gesto claro de asco y odio a partes iguales.
Descuelga y pone el altavoz, pero no dice nada, solo escucha mientras sus manos acarician la piedra azul.
Su piedra azul.
—Ruth… —se oye decir al Sumo Sacerdote.
Ella sigue en silencio.
Su asistenta observa desde lejos. Sabe quién ha llamado porque ella está en contacto continuo con él. Por la mirada que le ha echado su jefa intuye que ella también lo sabe.
—Debes entregar el medallón.
Los ojos de Ruth se mueven muy rápido, al mismo ritmo que sus manos manosean el colgante.
—Es peligroso llevarlo colgado —avisa el Sommo.
Él lo sabe porque lo pone en los viejos libros que lo conocen casi todo, pero a ella le da igual.
El medallón es suyo.
—Vete a la mierda —le escupe en voz alta y clara.
Los hermanos Mora comprenden que está ida.
Su asistenta, que la conoce desde hace tiempo, también está convencida de ello. La locura se ha apoderado de su jefa y sabe que esto no va a acabar nada bien, porque intuye que el Sommo no va a permitir este desagravio.
—Soy inmortal —susurra Ruth. La sangre que se ha resecado en su cara y en el pelo le dan un aspecto terrorífico, pero sus ojos son lo que más miedo provocan—. Voy a ir a por ti. No pienso recibir más órdenes de nadie. Yo seré la próxima Suma Sacerdotisa y la última, porque viviré para siempre.