El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 89
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Capítulo 89

La moqueta que hay en la zona de los sofás hace a Nadia más silenciosa todavía, pero el grito de las cotorras que revolotean por el jardín saca a Ruth de sus pensamientos.

Mira hacia fuera y ve la puerta abierta.

Y a Nadia junto al sofá.

Las dos se miran y en un segundo se ponen tensas.

Nadia sale corriendo hacia Ruth sin que a esta le dé tiempo de reaccionar. No esperaba un ataque en su propia casa. Jamás lo hubiera imaginado.

No hablan ni discuten, solo se enzarzan en una pelea repleta de rabia y rencor. Nadia suelta todo lo que lleva dentro en cada golpe. Ruth intenta mantenerse en pie, pero apenas lo consigue. Sabe pelear, pero ni por asomo como una asesina profesional con demasiadas misiones cumplidas.

Mario y Félix se asoman a la puerta abierta y ven todo desde la distancia. Podrían intervenir, pero es mejor esperar y luchar contra la que quede en pie, si es que queda alguna.

Desde lejos no distinguen los ojos rojos de las dos mujeres, pero están inyectados en sangre como si tuvieran la rabia. Ruth recibe más golpes, y mucho más certeros, pero ha conseguido coger de los pelos a Nadia y estamparle la cabeza contra la isla de mármol, dejándola un poco atontada.

En ese instante, las dos personas que vigilaban a Ruth para el Sommo entran en escena. Lo han visto todo a través de la cámara de la cocina. A ellos no les importa quién vive o muere, pero su jefe quiere a Ruth viva para interrogarla.

Nadia los mira desafiante.

Mario y Félix se esconden un poco mejor, sin dejar de observar lo que ocurre en el interior de la casa.

Nadia no lo piensa dos veces y saca su arma. Dispara a Ruth en la cabeza, que cae muerta al instante. El mármol blanco de la cocina queda salpicado de un rojo brillante.

La asistenta de Ruth retrocede, empuña su arma, apunta y dispara a Nadia, pero no le da.

El segundo disparo sí impacta en la pierna.

Nadia cae al suelo y su pistola queda a un metro de ella. El hombre aprovecha y coloca su rodilla sobre la espalda de la asesina para inmovilizarla.

Mario toca a Félix con su codo y señala hacia el cuerpo de Ruth, que yace en el suelo junto a un charco de sangre que chorrea por los dos escalones que separan la zona de la cocina de la del salón.

Una luz azul intensa rodea el cuerpo sin vida de Ruth, que al instante comienza a mover sus manos.

Después mueve los pies.

Varios espasmos tensan el cuerpo de la mujer que tiene el pelo rubio salpicado de granate. Entre grumos blancos y grises, una bala sale de la frente de Ruth y cae al suelo. Poco después, se agarra la cabeza con las dos manos y grita.

Un alarido que hiela la sangre de los que la oyen.

Ruth se levanta con la cara llena de restos secos. Su corte de pelo moderno necesita un repaso, tiene trozos de hueso y cerebro en una melena revuelta y apelmazada.

Su asistente la mira con los ojos desorbitados.

Ruth comprende sin que nadie se lo diga que esos dos, y entre ellos está su persona de confianza, trabajan para el Sumo Sacerdote. Sospechaba que la espiaban, pero no sabía hasta qué punto estaban tan dentro de su casa.

Nadia la mira desde el suelo, con rabia. Forcejea, pero el hombre no la deja escapar. Tiene todo su peso sobre ella. Ve como Ruth se tambalea al caminar.

Todos los presentes saben que el colgante es la causa de su resurrección, pero verlo en primera persona no es lo mismo que leerlo en un informe.

Mario y Félix siguen espiando, absortos.

Ruth se agacha y coge la pistola de Nadia.

Sus ojos respiran odio. Sin mediar palabra, dispara a la cabeza de la asesina sin siquiera apuntar.

El hombre salta hacia atrás justo cuando la cabeza de Nadia recibe dos disparos y estalla enviando regueros rojos por todo un suelo que ahora podría pasar por un cuadro abstracto.

El disparo hace que las cotorras griten histéricas de nuevo.

Ruth mira hacia su jardín y los ve.

Dos cabezas asomadas que han sido testigos de todo.

—Cogedlos —ordena con el arma todavía en la mano.