El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 85
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Capítulo 85

Gran Biblioteca de Atlas

A pesar de la oscuridad que ya se cierne sobre la isla, el interior está iluminado a la perfección. No hay bombillas ni antorchas. Es la propia piedra la que respira luz por cada uno de sus poros.

—Increíble —murmura Lucía—. Me recuerda a dibujos que he visto de la Biblioteca de Alejandría.

—Hoy tenemos muchos más ejemplares —nos informa él—. Algunos de los textos que se logren salvar acabarán allí… antes de que la mano del hombre los borre para siempre.

Se aleja unos pasos y se sienta en una de las mesas.

Nos invita a hacer lo mismo.

Incluso sentado impone.

—¿Qué hacemos aquí en realidad? —le pregunto.

—Pensaba que querías saber más.

—Todavía quiero.

—Pues este lugar es el indicado para aprender —me dice.

Señala hacia la sala y los millones de valiosos volúmenes que debe de contener—.

Si estáis aquí es porque el último de nosotros ha muerto y tú eres el único descendiente vivo que queda.

—Hace una pausa—. Ha llegado la hora de que tengas acceso a todo el conocimiento antes de que se olvide para siempre.

—¿Por qué se va a olvidar? —pregunta Lucía.

—Cuando el mundo muera, la mayor parte de lo que veis yacerá bajo el agua. Los pocos hombres y mujeres que logren sobrevivir apenas serán capaces de recordar. Aun así, siempre quedará una chispa de memoria en lo más profundo de cada uno de vosotros.

Creo que Lucía no entiende lo que ha dicho.

Yo tampoco he pillado un carajo.

Se acerca un poco más a ella y le toca la frente.

—Si algún día miras el mar y te entristeces sin motivo… si tus sueños parecen reales… si presientes que hubo un tiempo lejano mejor… no es nostalgia: es memoria. Es un recuerdo olvidado que te habla desde tu interior, donde el tiempo no puede entrar.

Sus ojos recorren las estanterías como si cada libro formara parte de él.

—Tú estarás ahí para ayudar a esos pueblos tras el declive, para recordarles las cosas importantes y permitir que nos convirtamos en la civilización que somos —le digo.

Sonríe. Es una risa cansada.

Su mirada es más tierna que la que recuerdo.

—La última vez que vi tu mundo estaba sumergido en guerras bañadas en sangre por motivos inventados —nos cuenta midiendo cada palabra. Su tono es calmado pero duro. Se nota la pena—. Todo lo que haga no servirá de nada.

Él tiene el poder de viajar en el tiempo, como yo, pero con una mejora de fábrica: puede ir y venir del pasado al presente o al futuro cada vez que quiera. Por lo tanto, sabe perfectamente cómo estará el mundo en unos milenios.

—¿Qué podemos hacer? —pregunta Lucía.

—En este instante, nada —nos suelta.

—¿Entonces qué hacemos aquí? —le pregunto.

—Ahora no podéis hacer nada porque no estáis preparados, pero este lugar, como os he dicho, es el indicado para aprender. Para que cuando llegue el momento, tengáis una oportunidad.

—¿Qué momento? —quiere saber Lucía.

—Una oportunidad ¿para qué? —añado yo seguidamente.

—El mundo será destruido hasta desaparecer —dice él.

—Lo sabemos —responde ella—. Pero todavía falta mucho… ¿verdad?

—No hablo de la isla —aclara—. Hablo de vuestro mundo. De la extinción de vuestro futuro.

El silencio pesa más de lo que nos gusta.

—¿Lo has visto? —necesito saber.

—No. Ocurrirá tras mi partida. Después de que nos hayamos ido, pero sin duda es el final del camino que habéis elegido transitar.

Una luz blanca inunda la sala. Miramos hacia arriba y vemos que la luna llena atraviesa la cúpula y unos espejos colocados de forma intencionada dispersan su luz hasta el último rincón. Una escena maravillosa en medio de una conversación terrorífica.

El contraste es brutal.

—A medida que el ser humano evolucione, se volverá más materialista, egoísta, violento. Olvidará su vínculo con la Tierra y preferirá destruirla. Y cada generación posterior lo hará peor.

Lucía apenas respira.

—Si estáis aquí es porque el declive que comenzó hace mucho está a punto de llegar a su fin.

Eso me suena.

Es el mismo cuento de siempre.

Quizá nos lo merezcamos.

—Dame tu mano —me dice.

—¿Esta o esta? —pregunto.

Me mira raro. Entiendo que da igual.

Con su dedo índice me toca en el centro de la palma.

Una luz azulada pasa de su dedo a mi mano.

La siento caliente, eléctrica, llena de vida.

—Ahora tienes guardado en tu interior este lugar. Podrás volver a él con solo pensarlo, desde donde quieras.

Lucía amaga una exclamación.

—Tienes todo el tiempo del mundo para aprender. Tenéis, los dos —matiza, mirando a Lucía—, porque os necesitáis mutuamente para poder afrontar este reto.

—¿Qué tenemos que hacer? —pregunta ella.

La verdad es que a mí tampoco me ha quedado muy claro, pero no he querido preguntar.

—Si estáis aquí es porque mi hermano ha muerto.

Eso quiere decir que el final ya ha comenzado —nos dice, muy serio—.

Sin nadie al mando es cuestión de tiempo que vuestra civilización colapse y desaparezca.

Y, esta vez, no estaremos para guiaros porque no quedará nadie a quien educar.

El ser humano se extinguirá al igual que lo han hecho miles de especies antes que él.

¡Toma ya!

Lucía se pone la mano en la boca.

—¿No es más fácil que nos des la solución? —pregunto.

—Yo solo tengo un cometido en este mundo y lo llevaré a cabo cuando llegue el momento. Vuestra salvación no depende de mí porque no puedo intervenir. Si no merecéis ser salvados, que así sea, porque será por un bien mayor que la Humanidad.

Él se pone en pie.

Nosotros lo imitamos.

—Este lugar os dará los conocimientos para afrontar lo que está por venir. Ahora depende de vosotros. Si la Humanidad merece sobrevivir, así será.

Camina hacia la salida.

Sale del edificio y observa la isla desde las alturas, que brilla en su esplendor nocturno.

La noche es fresca.

El ambiente es limpio. Huele a flores y a mar.

Apenas se oye nada en la lejanía.

Él nos indica que nos pongamos a su lado. Yo me coloco a su izquierda; Lucía, a su derecha.

Desde este punto, más alto que el resto, podemos distinguir los círculos de tierra que rodean la isla, con sus edificios majestuosos brillando en plena noche. Algunas barcas navegan entre los canales con una calma que cuesta explicar.

—No te olvides de recuperar la piedra de mi hermano y ocultarla. Nadie debe jugar con su poder, ni siquiera tú —me dice.

Yo asiento.

Uru’Nael nos pasa sus brazos por encima. Siento un calor intenso donde me toca. Seguro que Lucía también.

—Tened paciencia —nos dice sin abrir la boca. Sin mover los labios. Lo sentimos en el interior de nuestras cabezas. De nuestra alma—. Yo confío en vosotros.

Apenas escucho la última parte de la frase.

Un sueño abrumador se apodera de mí. Siento como la oscuridad me abraza en un segundo y me transporta a un lugar lejano en el espacio y en el tiempo. Solo espero que Lucía venga conmigo.