El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 86
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Capítulo 86

Presente

Huelva

Noto el brillante sol en cuanto abro un poco los ojos.

Me siento algo mareado. Poco a poco veo lo que me rodea.

Estoy recostado sobre un montículo de hierba.

Bueno, podría haber sido peor y haber rodado por una colina llena de chumberas.

Mira a mi lado y la veo. Lucía está todavía dormida. Le cojo la mano y aprieto varias veces.

Estamos en una zona rodeada de setos altos. Detrás puedo ver unas casas. Delante, a unos metros, unos árboles que reconozco. Estamos al este del castillo de Huelva. A tan solo unos metros desde donde saltamos al pasado. No sé por qué, pero sé que estamos en el presente.

—¿Dónde estamos? —pregunta Lucía—. ¿Cuándo?

—En el mismo lugar y tiempo desde el que saltamos.

—Menos mal —suspira—. No hemos tenido que hacer todo el camino de vuelta desde la dichosa isla.

También es verdad. No lo había pensado.

Nos levantamos vigilando que nadie se fije en nosotros.

Todavía voy disfrazado, pero después de tanto trasiego parezco más un actor de teatro medio borracho que se ha largado en plena función. Con estas pintas no pasamos desapercibidos ni de coña.

—Vamos al claro —me dice Lucía—. Víctor debe de estar ahí esperándonos.

Nada más asomarnos entre los árboles vemos nuestro vehículo. Sin pensarlo ni un segundo salimos al claro y nos metemos dentro.

Víctor nos mira y saluda.

Nos sentamos.

Siento el cansancio de todo el viaje de golpe, al instante.

Víctor nos da una bolsa. Lucía la abre y veo que hay un par de botellas de agua, otras de bebida energética, barritas de proteínas y algunas pastas.

—Muchas gracias, Víctor —le dice ella.

—¿A dónde vamos? —me pregunta.

—A Barcelona —le digo—. Volvemos a casa.

Dicho esto, salimos de allí y dejamos aquel lugar atrás.

Tras unos minutos de silencio durante los que nos hemos repuesto un poco, Lucía me coge de la mano.

—Echo de menos a Tiram.

Yo sonrío. La verdad es que yo también.

—¿Qué piensas? —me pregunta.

No sé por dónde empezar.

Yo he ido a ese pasado tan remoto para ver la isla, por supuesto, pero también para saber más de mis antepasados y de esa familia lejana que me da más preguntas que respuestas.

Y en lugar de eso he vuelto con dos folios de dudas que al parecer voy a tener que resolver yo solito.

Bueno, con Lucía, tal y como ha dicho Uru’Nael.

Solo espero que en ese lugar nos responda a todas las dudas que tenemos y que, con total seguridad, irán surgiendo.

—No sé qué pensar —contesto al cabo de unos segundos. Y es cierto—. Ya veremos qué hacer.

Estoy muy cansado para pensar.

—Nos ha advertido que tenemos que estar preparados antes de que llegue el momento.

—Ya. Pero de qué —pregunto.

Igual a ella le ha quedado muy clarito.

—Del fin del mundo he entendido.

Eso me temía yo.

A mis pies siento el bulto de tela en el que dejé escondida la daga. Ya no me acordaba de ella.

—Vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador.

Lucía me mira. No sonríe.

—Primero, recuperemos el colgante; después, ya vamos viendo.

En cuanto acaba la frase, siento que mis ojos se cierran, presos del cansancio acumulado que me llega de golpe tras cada salto al pasado.