El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 84
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Capítulo 84

Isla de Atlas

Mi antepasado nos ha saludado y ha comenzado a caminar hacia la ciudad, después de hacernos una señal para que le sigamos.

Lucía va tras él y lo repasa de arriba abajo sin disimulo.

Es imponente. Su espalda es tres veces la mía.

Lo que darían mis huesecillos de pollo esmirriao por una buena dosis de esos genes que mi familia perderá por el camino.

A medida que entramos en una gran calle, veo más movimiento de gente.

Pero no hay gritos. No hay caos. Los hombres y mujeres que trabajan en los muelles se mueven con precisión, sin perder el tiempo, sin levantar la voz.

Cada gesto parece medido, aprendido. Y, sin embargo, me inquieta más que cualquier puerto abarrotado y peligroso.

Antes de salir del muelle me fijo en un barco que se separa del malecón en silencio. No hay remos. No hay órdenes. Solo una estela limpia detrás, como si el agua se apartara por voluntad propia.

Me acerco a mi primo lejano, que camina sin mirar atrás.

—Hemos venido por un escrito que dejaste —le digo.

—Lo sé.

Lucía no habla, solo lo sigue de cerca.

—Kael’Ton dijo que me querías contar algo.

—Así es.

Lucía me hace gestos de no entender nada.

Se encoge de hombros, pero no habla.

Cruzamos por un puente que pasa por encima del agua apoyándose en un par de columnas que le dan la altura suficiente para que las barcas pasen por debajo con comodidad.

—¿Cómo describió Platón este lugar? —le pregunto a Lucía mientras caminamos, que seguro que se lo sabe al dedillo.

—Escribió que la ciudad estaba organizada en círculos concéntricos alternos de tierra y agua —me dice.

Me cuadra con lo que vemos.

—Como una diana o un laberinto circular —indico.

—Así es. Los canales eran navegables y estaban conectados al mar mediante un gran canal recto. Y visto lo visto tenía mucha razón.

—Sin duda.

—También dijo que el palacio real dominaba el centro de la isla. Un templo principal dedicado a Poseidón —explica Lucía, dirigiéndose al hombre que nos guía, esperando a que él dé el visto bueno.

Este se detiene y señala con el brazo hacia la zona más elevada de la isla. Es el centro.

—No tenemos templos dedicados a dioses. Lo que veis es el Santuario del Conocimiento. Y no domina la isla. La organiza —corrige.

Vemos que se alza en el punto más alto del anillo interior, sobre una plataforma de piedra que no parece natural ni tallada, sino fundida y luego enfriada, como si la roca hubiese sido moldeada en lugar de trabajada.

Desde aquí podemos ver su cúpula; es asombrosa. No recuerda a los templos que conocemos. Parece una mezcla extraña de estilos. Todo en el santuario es más antiguo, más vertical, más contenido.

—Mira ese perímetro de columnas que lo rodea. No son defensivas, parecen más bien pura simbología —murmura Lucía sin creer lo que ve.

Vamos hacia el centro por una calle que corre perpendicular a los círculos, por encima de un mar en calma. Una barcaza que parece transportar cajas navega con facilidad a pesar de que el viento apenas corre en el interior de la isla. Pasa por debajo de nosotros y sigue su camino.

Pocos minutos después llegamos al anillo interior.

Al pasar entre las altas columnas, el sonido del mundo exterior se apaga poco a poco, hasta quedar reducido a un eco lejano. No podría decirlo con seguridad, pero estás columnas deben de formar un círculo con un diámetro tan grande como la cara más ancha de un campo de fútbol.

Una escalinata de mármol blanco se eleva hasta un pórtico sostenido por unas columnas desproporcionadas, gruesas, con una base sencilla y capiteles tallados con adornos que me parecen hojas de palmera, o algo parecido. No buscan elegancia. Buscan permanencia.

—Mira —me dice Lucía.

Me fijo en que las superficies no están decoradas como en Egipto ni en Grecia ni en Sumeria. Están marcadas con líneas rectas, ángulos, signos repetidos que recuerdan a inscripciones, pero que no entendemos.

—Se parece a la escritura del texto que nos dejaste —le digo. Me refiero al texto que su hermano tradujo para nosotros y que hablaba de la historia de esta isla.

—Así es. Os la puedo enseñar algún día.

—Yo quiero aprenderla. Y la lengua también —se apresura a decir Lucía, poniéndose a su lado. Tiene que levantar la cabeza para mirarle a los ojos.

La luz del sol comienza a desaparecer y las sombras caen sobre la isla. Los signos tallados en la piedra no desaparecen. Al contrario. Un brillo tenue emerge de las hendiduras, primero imperceptible, luego claro, como si el templo almacenara la luz del día y la devolviera lentamente al caer el sol.

No es luz. No es reflejo. Es otra cosa.

—¿Cómo es posible? —pregunta Lucía—. ¿Cómo podéis tener esa tecnología en un tiempo tan lejano?

—Eso que a ti te parece magia no es más que una pasta fabricada a base de algas y plancton que se ilumina en la oscuridad. Habéis olvidado vuestro lazo con la naturaleza, a pesar de que ella os ha proporcionado todo lo necesario desde el principio de los tiempos.

Tras subir los treinta y tres escalones tallados con esmero, nos encontramos con dos puertas de bronce grabadas hasta el más mínimo detalle.

Hay tallas de animales y de escenas cotidianas. También hay mapas. Algunos se parecen a nuestro mundo. Otros no.

—Esto de aquí son constelaciones —indica Lucía señalando hacia unas líneas que unen puntos—. Esa es Orión, Casiopea y muchas más.

Un poco más arriba veo grabada a base de puntos magistrales nuestra galaxia. Paso el dedo por encima y siento la marca en el metal.

—¡La Vía Láctea! —exclama Lucía.

Ella espera una explicación, sorprendida.

Mi antepasado no dice nada.

Empuja las enormes puertas y el espacio se abre de forma inesperada.

Cruzamos el umbral y siento de nuevo ese escalofrío que me recorre por dentro.

La temperatura desciende. El ambiente es seco, sin rastro de humedad.

Huele a cuero curtido y a incienso; también a otro aroma más profundo, dulce, parecido al jazmín, pero más tenue.

El espacio que tenemos ante nosotros es circular. Sigue el patrón del círculo de columnas exteriores. El suelo es de mármol ajedrezado que parece infinito. Está repleto de mesas con sus sillas, todas vacías. En este instante, este lugar es solo para nosotros.

Las paredes también son de mármol blanco puro, que refleja la luminiscencia de las piedras al caer la noche.

Sobre estas, colocadas de forma medida, se reparten decenas de estanterías de madera oscura que dan la vuelta al edificio.

Se alzan por lo menos hasta los diez metros de altura.

Están plagadas de libros, rollos que hoy ya parecen antiguos, pequeños bustos, esculturas y mil objetos más que no puedo distinguir con claridad.

Cada una de esas estanterías tiene unas escaleras que llegan hasta su punto más alto y que se mueven por unos rieles para abarcar toda su superficie.

Cuando miro hacia arriba veo la cúpula. Solemne.

Se eleva sobre un tambor que le da más altura todavía.

Hay una claridad que cae desde lo alto y que no es uniforme, sino viva, esa misma pintura que se reparte de forma ordenada para arrojar una luz que desciende suave.

En el anillo inferior hay grandes ventanas con cristales transparentes por las que debe de entrar la luz del sol durante el día.

—Mira la bóveda. Es espectacular. Tienen ventanales con vidrio —dice Lucía, que también se ha fijado en ese detalle.

—Bienvenidos a la Gran Biblioteca de Atlas —nos anuncia de forma solemne.