El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 83
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Capítulo 83

Isla de Atlas

El viento parece volverse más limpio, más frío, como si viniera de un lugar distinto al resto del océano. El barco navega sereno hacia una entrada que está custodiada por dos enormes estatuas de piedra blanca. Representan a dos toros fornidos que vigilan a cualquiera que se atreva a pasar por allí.

—La isla de Atlas —dice Lucía hipnotizada.

Yo le paso el brazo por encima.

Estar en este lugar tan especial junto a ella me gusta.

—¿Sabrías volver en nuestro presente? —quiere saber.

Veo que se toma en serio lo de la búsqueda del tesoro.

—Hemos navegado hacia el sur durante unas cuatro horas y pico. Y aquello que se ve a lo lejos, en el este, creo que es la costa de Cádiz. Así que ya tenemos un punto por donde empezar.

Ella me da un beso.

—La encontraremos —me susurra al oído.

No sé yo. Esto debe estar a ciento cincuenta metros bajo el agua como poco. Tiene mucha ilusión, pero no sabe lo complicado que será buscar restos a tanta profundidad después de tanto tiempo.

El olor de la isla nos llega antes que los detalles. Sal, mezclada con algo más. Huelo a madera trabajada, resinas y humo. No es el olor de un puerto cualquiera. Es el aroma de una ciudad civilizada, limpia y muy especial. Las ciudades de mi presente no huelen tan bien.

Me apoyo en la borda y entorno los ojos.

Las estructuras empiezan a definirse. Terrazas escalonadas que ascienden desde la costa, como si la ciudad hubiera sido construida siguiendo la propia forma de la isla. La piedra es clara, casi blanca, y refleja la luz del sol con un brillo suave que me obliga a apartar la mirada por momentos.

—No veo murallas —digo en voz alta sin querer.

—No las necesitan —responde Lucía.

El puerto se abre ante nosotros como una herida perfecta en la costa.

Dos diques largos se adentran en el mar, cerrándose ligeramente hacia dentro.

El agua en su interior es más azulada, turquesa, como si fuera del Caribe.

Antes de llegar al final, el barco deja de vibrar y acaba su viaje de una forma mansa, perfecta.

—Bajemos —le digo.

Nada más poner un pie en tierra siento una energía distinta. No sé explicarlo. Algo diferente, como si el suelo vibrara de una manera imperceptible y agradable a la vez.

—¿Hacia dónde vamos? —me pregunta.

—Ni idea. ¿Quieres guiar tú?

En ese instante Lucía mira por encima de mi hombro.

Está blanca y con los ojos muy abiertos.

Me hace señas para que me gire. Veo entre la gente a un hombre que sobresale del resto, imponente.

Nos observa. Es él. Es mi antepasado. Es Uru’Nael, entre otros muchos nombres.

El mismo que veré en El Cairo dentro de diez milenios.

El mismo que puede jugar con el tiempo a su antojo. Se acerca a nosotros.

—Bienvenidos a la isla de Atlas —saluda muy educadamente en un español perfecto—. Quim, Lucía… Os estaba esperando.