El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 82
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Capítulo 82

Mar de Tarsis

Al final resulta que el tipo sí que había entendido a Lucía mucho mejor que a mí y el barco que nos había indicado iba a la isla de Atlas.

He creído entender, aunque ya no estoy seguro de nada, que hace una ruta diaria hacia la isla.

Junto a nosotros viaja mucha más gente. Algunos tienen pinta de currantes, otros podrían pasar por diplomáticos de países exóticos vestidos con sus mejores prendas típicas.

Lucía y yo estamos en la cubierta de popa.

Es un lugar amplio, limpio y que no huele a pescado muerto ni a agua estancada como en el barco de mi hermano.

A diferencia del viaje que yo hice, en este navío no hay gritos.

No hay caos. Los marineros se mueven con calma, cada uno en su lugar, como si todo estuviera ensayado desde hace generaciones.

Hace un rato me he dado una vuelta por el puente de mando.

Han sido muy amables al dejarme curiosear.

Lo que he podido ver ha sido increíble. No miran al horizonte o al cielo para orientarse.

Miran instrumentos. Los he estado observando.

Son pequeños discos que no he sabido reconocer, excepto uno que hace de brújula, muy parecida a las nuestras, pero con marcas extrañas en lugar de números que indican los grados.

También he podido ver placas grabadas que hacen de mapas. Y no se limitan a las costas cercanas. Como ya me imaginaba, algunas de ellas trazan rutas largas, abiertas, líneas que cruzan el océano hacia territorios que, en teoría, aún no existen para el resto del mundo.

Me ha dicho un marinero que la travesía durará unas cuatro horas si el mar lo permite.

No lo ha dicho con estas mismas palabras, claro, pero lo he deducido cuando he creído entender que decía que llegaremos antes de que el sol se ponga, y haciendo cálculos mentales me ha salido eso. Minuto más o menos.

He visto una especie de calendario que usan para marcar los días y las horas en los que el barco realiza su ruta, también para controlar las mareas y las horas de sol. He flipado porque ya dividen el año en doce ciclos de treinta días.

Vuelvo a la cubierta de proa y veo a Lucía sentada en un banco, mirando hacia el horizonte.

Le doy un beso sorpresa.

—¿Todo en orden en el puente de mando? —me dice.

—Es una pasada. Esta gente sabe navegar y tienen un calendario casi como el nuestro —le digo a Lucía, impresionado—. Qué pena que todo este conocimiento se vaya a perder con el paso de los años. Tardaremos milenios en recuperarlo.

—Algo sobrevivirá —apunta ella pensativa—. Su lengua y su escritura derivarán en otras. Al igual que su arquitectura, sus matemáticas y otros conocimientos…

Su vista está fija en el mar.

La ciudad de Tarsis ya ha desaparecido y solo es un brillo lejano en el horizonte. Navegamos muy deprisa, siempre hacia el sur por lo que he podido comprobar. El barco parece volar, como si la densidad del agua no fuera suficiente para frenar al robusto navío.

Cuando el sol comienza su descenso diario, el barco aminora la velocidad. Lucía y yo dejamos la popa y caminamos hacia la proa para ver nuestro destino.

A poca distancia emerge una masa de tierra.

—Atlas —dice Lucía.

—La isla que no aparece en ningún mapa —añado.

La nave maniobra con una suavidad exquisita y vira hacia el este.

Desde aquí solo podemos ver una masa de tierra que se eleva en el mar.

Imponente. Solitaria. Tras las montañas destacan brillos intermitentes como la luz de un faro en la lejanía, pero sospecho que deben de ser las cúpulas de los edificios más altos de la isla.

El viento cambia de pronto, como si hubiéramos cruzado una frontera invisible. El mar se calma del todo y adquiere un tono más oscuro y solemne. Hay algo en el ambiente que nos eriza los pelos de los brazos. De la nuca.

—¿Lo notas? —susurra Lucía.

Asiento sin apartar la vista de la isla.

Las altas paredes de roca apenas dejan ver el interior. Pero de repente, la piedra desaparece y se abre un paso por el que el barco navega con seguridad.

Por un instante fugaz, tengo la certeza de que no somos nosotros quienes estamos llegando a Atlas… sino que Atlas lleva mucho tiempo esperándonos.