Capítulo 81
Tarši
Ante nosotros tenemos una gran ciudad marítima que no debería estar ahí.
El viento trae un sinfín de aromas distintos que provienen de una urbe que se extiende junto a la costa como si hubiera crecido de forma natural, adaptándose al terreno en lugar de dominarlo.
No hay murallas ni construcciones torpes.
Hay orden y una intención clara de equilibrio.
Miro a Lucía y veo que está petrificada. No me extraña.
Las edificaciones, levantadas con bloques de piedra clara, reflejan la luz del sol con un brillo suave, casi pulido, como si hubieran sido trabajadas con una precisión que no encaja con esta época. Ni de coña, vamos.
—Mira las calles —le digo mientras el carro desciende hacia ellas —. No son caóticas. Se cruzan con lógica y con una geometría perfecta. Es como ver una ciudad moderna.
El sol está justo en su cenit y no deja ni un rincón sin iluminar. Algunas calles más anchas siguen líneas rectas que apuntan hacia el mar; otras forman círculos, como si toda la ciudad girara en torno a un centro invisible. Me fijo mejor y entonces lo entiendo. No es invisible. Es deliberado.
—No tengo palabras —me dice.
Seguimos bajando por una ladera hasta que entramos en un camino que enseguida nos adentra en la ciudad. Al llegar a la primera calle adoquinada, el carro gira a la derecha y se detiene frente a una vivienda.
El hombre y el chaval se bajan.
Esta debe de ser su casa o su negocio.
Lucía y yo inclinamos la cabeza en señal de agradecimiento y respeto. Ellos nos imitan y comienzan a descargar el carro. Por supuesto, los ayudamos. Es lo mínimo que podemos hacer.
En cuanto acabamos, nos regalan unas cuantas manzanas y un par de naranjas que seguro nos irán muy bien más tarde. Las ponen dentro de un pequeño zurrón, junto a un pellejo de agua y nos lo entregan.
—Eskerrik asko —dice Lucía.
La miro y me parto de la risa.
—¿Qué? Es lo único que sé decir en euskera.
— Es-kar —parece que la corrige el chaval.
Pues no iba muy desencaminada.
El hombre señala a Lucía y dice:
— Es-kar —después se toca el pecho y añade—: na-kar.
— Es-kar y na-kar —repite Lucía.
—Debe ser algo parecido a gracias y de nada —opino. O al menos eso es lo que he creído entender.
— Es-kar, e s-kar, es-kar —repite Lucía por triplicado con las manos unidas como si estuviera rezando.
—Na-kar, na-kar, na-kar —le contestan el hombre y su hijo partiéndose el pecho de la risa.
Tras este intercambio de cumplidos, nos marchamos y comenzamos a recorrer las calles de Tarsis.
Vemos gente que camina por la ciudad, pasean, charlan y hablan unos con otros. Nos miran al pasar, pero no nos ponen malas caras, al contrario. Su mirada es limpia, al igual que las calles, que sus ropas. Parece que estoy en un decorado moderno donde se está grabando una película de época.
Al poco tiempo llegamos al corazón de la ciudad, donde las calles convergen y desde donde salen las avenidas más anchas. Parece ser la plaza central. En ella se alza una estructura distinta al resto. No es un templo como los que hayamos visto hasta ahora, ni una fortaleza.
—¿Qué es eso? —pregunta Lucía.
—Buena pregunta. No tengo ni idea —contesto.
Decenas de esbeltas columnas, más altas de lo que deberían poder sostener sin quebrarse, rodean una construcción circular abierta al cielo. En su interior, algo brilla, justo en el centro de la plaza.
La admiramos en silencio.
Caminamos a su alrededor sin dar crédito a lo que vemos.
Tiene unos siete u ocho metros de altura. Una gran estructura de mármol blanco que representa a un hombre y a una mujer, ambos desnudos, atléticos.
—¿Quiénes son? —le pregunto. Nunca fui muy bueno en las clases de Arte.
—No lo sé —murmura ella—. Pero el hombre se parece mucho a tu antepasado.
Es posible, ahora que lo dice, sí que le veo un parecido.
—Mira, ahí hay algo escrito —indica Lucía señalando al pie de la escultura—. No puede ser. No debería de existir la escritura en este tiempo.
—Mira a tu alrededor —le señalo—, es imposible levantar una sociedad así sin dominar la escritura.
Ella asiente, en el fondo lo sabe muy bien, pero le cuesta creer lo que está viendo. A pesar de todo lo que ha visto ya.
Miro las letras y no las entiendo. Los signos no son como letras. Son cortes en la piedra que dibujan líneas rectas y ángulos duros.
—Parece una mezcla entre cuneiforme y fenicio. Incluso se asemeja a la escritura lineal A griega. Mira, los signos se convierten en simples líneas.
La verdad es que no tengo ni idea, pero sí es cierto que visualmente son similares.
—No sé qué pone —añado antes de que me lo pregunte.
—Quizá pone Tarsis —opina ella.
—Tarsis —leo en voz alta—. Podría ser.
— Tarši —dice alguien a nuestra espalda.
Nos damos la vuelta y vemos a una mujer joven.
— Tarši —repite, poniendo el peso de la palabra en la última sílaba. La ese la pronuncia casi como nuestra equis.
— Tarši —dice Lucía, imitándola.
La mujer sonríe.
— Zuar Tarši-en belar —dice en tono de pregunta.
Lucía me mira.
No ha entendido nada.
Yo tampoco.
La mujer nos mira, divertida.
— Ni na Quim —le digo tocándome el pecho. Señalo a Lucía y añado—: Sa na Lucía .
La mujer asiente con los ojos muy abiertos.
Por su sonrisa intuyo que me ha entendido.
— Kuim —me señala—. Lusia —añade mirándola a ella.
—¿Habla el mismo idioma que los comerciantes que nos traído hasta aquí? —quiere saber Lucía.
—Ni idea —le digo. Me mira extrañada esperando una explicación algo más detallada.
—Pero si le has hablado. ¿Cómo que ni idea?
—Las palabras cortas con abundancia de consonantes me recuerdan al habla de los vascones, como con el hombre del carro —le cuento a Lucía ante la atenta mirada de la mujer que no está pillando nada—.
Podría ser una lengua aislada que más tarde dé origen a las que hablarán algunos pueblos del norte.
La verdad es que no tengo otra explicación.
—Me parece increíble —murmura Lucía sorprendida.
—No he entendido la frase completa, pero «Tarsi» es evidente. Y ese sufijo «-en»… lo había visto antes. Indica el lugar. Por eso pensé que hablaba de la ciudad.
La mujer nos hace un saludo amable de despedida y se marcha dejándonos a los dos con nuestras discusiones.
—Euskera… Estoy flipando —repite Lucía.
—No es euskera de nuestro tiempo ni de coña, ya te digo que parece más una lengua ancestral del grupo vascoide, quizá por eso logro entender fragmentos.
Al cabo de nada vamos camino hacia el mar.
Cada uno piensa en lo suyo sin dejar de admirar lo que nos rodea.
Las casas son construcciones perfectas de varios pisos de altura donde las piedras se acoplan al milímetro.
No son solo pedruscos cuadrados puestos uno sobre otro, algunos tienen más de cinco y seis ángulos y todos encajan a la perfección.
Este sistema a prueba de terremotos ya lo he visto en muchos lugares del mundo, alejados en el espacio y en el tiempo.
Ahora tengo claro de quiénes lo aprendieron.
Más cerca del mar, la ciudad cambia.
El orden deja de ser estético y se vuelve práctico y preciso, casi mecánico.
Las plataformas portuarias descienden en niveles, talladas directamente en la roca, formando terrazas sólidas que no crujen ni ceden como las de madera desgastada.
Están pensadas para soportar grandes pesos durante generaciones. Todo está pulido, encajado y medido.
Entre los muelles hay canales estrechos que conducen el agua con un ritmo constante, entrando y saliendo como si obedecieran a una lógica invisible. Bajo la superficie, si te fijas bien, puedes ver cómo giran algunas ruedas, ejes y mecanismos que transforman la corriente en algo útil: energía.
El agua dentro del puerto es extrañamente tranquila.
Las embarcaciones están alineadas con una precisión casi tan obsesiva como la mía cuando ordeno mis objetos en la cripta.
Las más pequeñas recuerdan a barcos antiguos de madera, con velas y remos.
Nada especial. Pero a lo lejos, lo que veo me deja casi sin palabras.
—Mira allí —le digo a Lucía.
Esas embarcaciones sí que llaman mi atención.
Esperan más allá del muelle principal, separadas del resto.
Son largas. Estilizadas. Con cascos reforzados que combinan madera oscura con placas pulidas que reflejan la luz del sol con un brillo extraño. La proa no está fabricada para adornar, debe cortar el agua como un cuchillo.
—Estas naves no están hechas solo para flotar, están hechas para navegar grandes recorridos y avanzar a través de las tormentas.
Fíjate —le digo a Lucía, para que vea la importancia de esas embarcaciones, ya que ella no sabe mucho de barcos—.
Sus velas no son simples telas. Están tensadas sobre estructuras rígidas, divididas en secciones que pueden orientarse con precisión.
Ella me mira sin decir nada.
—Las naves de Colón serán una mierda comparadas con estas de aquí. Están a años luz de ellas.
Lo sabré yo que me chupé una travesía de semanas en un cascarón medio podrido en el que casi muero ahogado.
—¿Qué tienen de especial?
—No dependen del viento —le cuento—. Lo aprovechan, lo canalizan, lo dominan. Incluso con una brisa leve, esos barcos se pueden mover con decisión.
Yo tampoco soy un gran experto, pero tras esas largas semanas de travesía infernal, al final aprendí un poco cómo se navegaba un barco de vela.
—Mira aquel de allí —señala Lucía a lo lejos.
El barco surca el agua casi sin desplazarla. Parece que flota en el aire, más que navegar. No se ven remos, solo una estela limpia, constante, como si algo bajo el casco empujara con una fuerza silenciosa.
—No tengo ninguna duda de que estos navíos hacen rutas de ida y vuelta al continente americano —digo en voz alta sin darme cuenta—. Y de forma regular. Ninguna duda.
Nos acercamos hasta el final, justo donde acaba el muelle de piedra y comienza el agua. Desde allí vemos varios hombres que parecen dirigir el cotarro.
—Tenemos que encontrar a alguien que nos lleve a la isla. A ver cómo nos entendemos —me dice Lucía preocupada.
Me acerco hasta uno de los más jóvenes y saludo.
— Guar nai —digo señalándonos a nosotros dos—… bel Atlas —. Después señalo a un barco. Y repito los movimientos.
El tipo me mira un poco raro.
Creo que no me entiende.
—Nosotros dos —le dice Lucía en un perfecto castellano. Después, con una mano danzando en el aire le hace la señal internacional de un barco que se mueve sobre el agua. Para acabar, exclama—: ¡Atlas!
—Ahhhhh —le contesta el hombre.
No me jodas que la ha entendido.
—Atlas —responde señalando a mar abierto y haciendo después un círculo horizontal con los dedos de las manos.
—Esa debe de ser la señal internacional de isla —le digo.
Nos hace señas para que le sigamos.
Camina por el borde del pantalán. Visto más de cerca, debo decir que está excavado en la roca con una maestría impresionante. Para qué usar madera si pueden aprovechar la roca por los siglos de los siglos, amén.
Salta por encima de unos de los canales de agua y pasa al siguiente pantalán. Señala hacia un barco más grande que descansa un poco más lejos que el resto.
Nos mira y sonríe. Sus dientes son blancos y no tiene la pinta de marinero que yo recuerdo de otras aventuras. Este hombre podría pasar por cualquier cosa menos por un lobo de mar. Se marcha y Lucía le da las gracias en español.
Seguro que la ha entendido.
—Creo que ese barco nos puede llevar —me dice.
—O eso, o se piensa que buscamos enrolarnos en un largo viaje y en ese barco buscan marineros —le digo levantando las manos, impotente—. Solo él sabe lo que ha entendido.
—Vamos a peguntar y saldremos de dudas —dice ella, caminando decidida hacia el navío.
Que sea lo que los dioses quieran.