El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 80
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Capítulo 80

Camino de Tarsis

Después de todo el rato que llevamos de trayecto, estoy bastante seguro de que la medida de distancia de viaje que usa este hombre es la misma que la sumeria.

Menos mal que no hemos tenido que recorrer los treinta kilómetros a patita porque a Lucía le da un patatús.

Se ha quedado frita en cuanto ha subido al carro y ha apoyado la cabeza en un saco de cereales.

No me hubiera imaginado que la línea de costa pudiera estar a unos cuarenta kilómetros al sur de la de mi presente.

Me parece increíble. Menos mal que vamos a buen ritmo.

No creo que lleguemos más tarde del mediodía.

Por suerte, esta buena gente me ha dejado comer un par de manzanas que me han sentado de maravilla. Lucía se despierta.

—Buenos días, bella durmiente.

—¿Ya hemos llegado?

—No. Calculo que nos debe de quedar un cuarto de viaje.

—¿Cuánto es eso en tiempo?

—Hora y media más o menos.

—¿Cómo puedes saber el tiempo que pasa?

—No lo sé. Es solo una aproximación.

Es verdad. Puedo intuirlo por la altura del sol y tal, pero la verdad es que lo siento en mi interior, como si llevara un reloj invisible metido en el cerebro.

El hombre y el chaval nos ofrecen agua y diversas frutas. Son muy amables. El agua no la bebemos, Lucía ya lo sabe. De las frutas damos buena cuenta.

—¿En qué idioma hablan? —quiere saber Lucía.

—Ni idea —le digo. Me mira con sorpresa esperando una explicación algo más detallada.

—Antes lo has entendido —me dice extrañada.

—He reconocido algunos sonidos, pero no forman parte de un solo idioma —intento explicarle—. Es como si tuvieran un poco de aquí y otro poco de allá.

—Quizás esas futuras lenguas vienen todas de aquí.

—No tengo ni idea —contesto.

Al llegar a lo alto de un promontorio giramos hacia la derecha y podemos ver brillos que resaltan a lo lejos.

—¡El mar! —decimos a la vez.

El hombre se gira al oírnos y asiente.

— Ma-ru! Exclama señalando hacia el agua.

Lucía lo repite en voz baja.

— Ma-ru…

Allí está, todavía distante, pero ya se ven los reflejos del sol en la superficie del agua.

—¿Crees que la Tarsis a la que nos dirigimos es la misma de la que se habla en la Biblia?

—Para que se escriban los textos más antiguos de la Biblia todavía faltan como diez mil años —le digo si no recuerdo mal—.

No sé si esta ciudad sobrevivirá tanto tiempo.

Quizá solo será la narración de un recuerdo lejano que pasó de generación en generación.

Ya te dije que soy de los que opinan que muchos mitos literarios fueron reales.

—Yo también empiezo a pensar eso —me dice.

—Como la Atlántida —le digo mientras le guiño un ojo.

—Lo que de verdad me extraña es que solo aparece en un texto. No hay nadie más que la haya nombrado.

—Ten en cuenta que su destrucción sucedió hace un porrón. Si lo miras desde nuestro presente, ya me entiendes.

—¿Y las evidencias arqueológicas?

—Hay una hipótesis sobre un evento relacionado con un cometa…

—El Younger Dryas —me interrumpe.

—Así es. Parece ser que ocurrirá dentro de unos diez mil años. Se cree que ese cometa pudo ocasionar un cambio climático abrupto que produjo desastres a nivel mundial y migraciones masivas.

—Si lo piensas bien hay una coincidencia aproximada entre el Younger Dryas, ocurrido sobre el 9700 a. C. y la cifra de la que habla Platón, sobre el 9600 a. C.

Tras otra pequeña colina aparecen más campos verdes, muchos de ellos parecen parcelas de cultivo.

—¿Crees de verdad que ese impacto pudo acabar con civilizaciones tan avanzadas como la que describe Platón? —pregunta.

—Es una teoría poco aceptada, pero pudo ser —le contesto convencido—. Imagina el desastre de un meteorito o varios fragmentos de un mismo meteorito, impactando en el hemisferio norte, en plena Edad de Hielo, con una potencia millones de veces superior a una bomba nuclear.

—¡Anda ya! —protesta haciendo aspavientos.

—No lo digo yo. Lo dicen muchos de los científicos que han estudiado sobre el terreno las posibles huellas del cataclismo. La extinción de la megafauna fue muy rápida.

Ella me mira incrédula.

—Calcularon que cayó, bueno, que caerá en el hemisferio norte, en plena montaña de hielo, ocasionando una destrucción total en miles de kilómetros al instante —hago una pausa para que asimile e imagine el momento—.

Después llegarían los terremotos, tsunamis y avalanchas monstruosas de agua provocadas por el deshielo repentino a causa del calor del impacto.

—No me lo puedo ni imaginar —me dice Lucía.

—Añade el polvo en suspensión que quedará en la atmósfera durante un tiempo bastante extenso y que provocará un período de 1200 años de enfriamiento climático brusco.

—El inicio del Younger Dryas —dice ella—. Un impacto así sobre una capa de hielo que podía tener varios kilómetros de espesor tuvo que ser devastadora.

—Imagina la cantidad de agua que se derritió y que provocó inundaciones terribles en tierra firme, además de la subida del nivel del mar en cuestión de horas o días.

—El mito del diluvio universal está en más de doscientas culturas del mundo. Ahí sí estoy contigo, eso sin duda es fruto de una memoria primitiva colectiva —murmura mientras su cabeza lo imagina.

Yo asiento.

Más claro el agua.

—¿Dónde vivían normalmente los pueblos? —pregunto.

Ella me mira, pensativa.

—En las riberas de los ríos y lagos. Cerca del agua dulce o del mar, una fuente de alimentos interminable.

—Correcto. El nivel del mar subió hasta inundar las plataformas costeras y las zonas más bajas del planeta —le recuerdo, porque me consta que ella ya lo sabe—. Hoy podríamos ir desde aquí hasta Londres caminando, porque existe un gran valle entre las islas británicas y la costa cantábrica.

—Sí, he leído sobre eso —me responde—. La isla de Malta estaba conectada a Sicilia y el continente italiano. Por eso hay restos tan antiguos en ella.

—Así es. O el Rama Setu, que la tradición hindú identifica con el puente construido por Rama para llegar a Sri Lanka.

—Ese no lo conozco —me dice.

—Los europeos lo llamaron Adam's Bridge porque una tradición islámica posterior decía que Adán pasó por allí tras ser expulsado del Paraíso.

El chaval nos observa mientras hablamos.

No dice nada.

Nosotros le sonreímos para que vea que hay buen rollo.

—Hemos de tener en cuenta que ese cambio climático no fue como el nuestro, que, aunque rápido, lo estamos sufriendo a lo largo de décadas.

Aquí hablamos de un cambio radical de la noche al día —le cuento a la vez que intento imaginar lo que debieron sufrir los habitantes de las zonas costeras—.

Imagina que una ola inmensa de varias decenas de metros de altura llega a toda velocidad y arrasa la costa, penetra varios kilómetros en el interior, mientras que el deshielo repentino causado por el impacto del cometa eleva el nivel del mar de cien a ciento cincuenta metros.

—No lo puedo imaginar —me dice negando con la cabeza.

Solo de pensarlo se pone mala—. Bueno, sí puedo si miro a mi alrededor —añade—.

Tú has calculado que la costa se comerá unos cuarenta kilómetros de terreno —mueve la cabeza en señal de asombro—.

Acabará con civilizaciones enteras. No quedará ni rastro de ellas.

—Por eso no hemos encontrado nada —señalo para que vea una razón científica—. Lo único que ha conseguido sobrevivir hasta nuestros días son los cuentos, mitos y fábulas que han pasado de generación en generación y que se han tergiversado con el paso los siglos.

—Como el diluvio universal —acierta a decir.

—Y otros muchos más. En cuanto a lo material, lo poco que quedará en pie, si es que existen edificaciones capaces de soportar tales desastres, en nuestro presente estará bajo el lodo marino, bajo toneladas de arena y bajo centenares de metros de agua.

—No tenemos la tecnología para encontrar restos de esta época —opina pensativa—. Ya no hablo solo del desastre, es que todo lo que sea adobe, barro o piedra blanda no aguantará el paso de más de veinte milenios.

—Si todavía no hemos encontrado la tumba de Alejandro Magno ni la de Cleopatra, con todo lo que sabemos sobre ellos, imagina lo difícil que sería encontrar los cimientos de un palacio desconocido que, si con suerte asoma por encima de la arena en el fondo del mar, habrá sido colonizado por corales y bichos durante milenios.

—Imposible —dice.

—Totalmente imposible —repito yo—. Ni con los mejores equipos de los que disponemos podríamos hallar restos de la isla a la que vamos ni los de otras civilizaciones que también desaparecerán en diferentes partes del mundo.

—De todas formas, pienso tomar nota de dónde está y en cuanto volvamos a nuestro tiempo voy a montar una expedición para ir en su busca —me dice muy seria.

Yo la miro, extrañado.

Sonríe. Coge una manzana y se la muestra al chaval.

Él asiente y le dice, con señales, que se la coma.

Ella la muerde y suspira.

—¡Qué buena!

—No creo que el museo te financie una expedición de ese calibre —le digo con sinceridad. Vamos, ni locos le van a dar tanta pasta para una aventura tan surrealista—. Es una empresa muy cara para ir en busca de mitos.

—¿Quién necesita al museo teniendo un novio como tú?

Levanto una ceja, sorprendido.

Ya la hemos cagado.

—Cariño, en cuanto volvamos a casa vamos a crear una empresa y yo me voy a encargar de ella —sus ojos brillan de emoción.

Me parece que este tema lleva tiempo rondando por su cabeza, estoy más que seguro—.

Tú pones el capital inicial, pero después se financiará gracias a todos los hallazgos que encontraremos.

Y lo digo de forma afirmativa no porque sea optimista, sino porque sabremos mejor que nadie dónde deberemos buscar.

Mira al horizonte mientras el carro sigue su camino.

Inhala profundamente y abre los brazos como intentando aspirar todo el aire posible.

—Quim, tenemos la oportunidad de contarle al mundo que hay más historia de la que se enseña en las escuelas, una parte de nuestro pasado que se ha olvidado.

Yo asiento, estoy de acuerdo.

Pero temo la que se me viene encima.

Aunque me gusta mucho la idea, la verdad.

—Hasta podemos montar nuestro propio gran museo, al estilo del nuevo Museo de El Cairo, en el que expondremos todo lo que vayamos encontrando. ¿Te imaginas?

En el fondo es muy parecido a lo que yo hago, pero lo mío es de forma anónima. Yo cedo las piezas a exposiciones de todo el mundo para que sean expuestas. Ella quiere hacerlo en su propio museo.

—No me parece mal, pero sí muy arriesgado —le digo con sinceridad—. Llamarías mucho la atención. Y sabes que no es bueno.

Pone ojitos de cachorro abandonado.

—¿Me ayudarás con esta idea loca?

Qué no haría por esos ojos que me miran así.

Yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo di.

—Está bien. Hagámoslo —le digo sonriendo.

Vamos, es que no me queda otra, así que para qué discutir.

—¡Vamos a descubrir la Atlántida al mundo! —exclama con los brazos abiertos.

Una brisa repentina nos trae el sabor salobre inconfundible del mar. Huele a casa. El aire se vuelve más húmedo y pesado. En el cielo podemos ver lo que parecen ser gaviotas revoloteando.

El carro deja el camino principal y enfila hacia la izquierda para bajar por otro sendero distinto.

Ante nosotros aparece una ciudad que podemos ver que acaba en el mar.

Nos quedamos con la boca abierta. Lucía se pone de rodillas en el carro para ver mejor.

Me da la mano. Aprieta varias veces, incrédula y veo que una lágrima cae por su mejilla.

—Tarši —nos dice el hombre señalando hacia los edificios.