El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 79
76%

Capítulo 79

Sur de la Península

Hemos dejado el asentamiento atrás hace rato.

Ahora caminamos por un sendero de tierra bastante bien aplanado, casi sin piedras, que, a juzgar por las huellas que veo, parece ser usado por multitud de carros.

Algo inaudito, lo sé, porque los carros no se comenzarán a usar hasta dentro de muchos milenios en Oriente Próximo.

Pero las huellas no engañan y a estas alturas ya me lo creo todo.

A nuestro alrededor hay campos verdes hasta donde alcanza la vista. Nada del mar por ahora. Calculo que llevaremos caminando una hora a un paso cómodo, así que yo diría que habremos recorrido entre cuatro y cinco kilómetros.

El sol nos calienta lo suficiente para no sentir el aire fresco que viene del norte. Si la noche nos pilla a la intemperie pasaremos mucho frío, de eso no hay duda.

—¿A cuánto crees que está la playa? —pregunta.

No tengo ni pajolera idea, vamos.

—No lo sé, pero cuenta que estamos en plena Edad de Hielo. Si lo comparamos con nuestro presente, hoy la costa puede estar cinco, diez o treinta kilómetros mar adentro —le digo para que se haga una idea—. Depende mucho de la orografía.

—En plena Edad de Hielo… —sonríe al recordarlo.

—Estamos de nuevo en el Pleistoceno —matizo.

—Cierto. En Turquía también estuvimos en esta era.

Su cara indica de nuevo que está flipando.

Y que está muy contenta.

Tras un largo silencio en el que hemos recorrido otro buen trecho, Lucía se detiene. Nos sentamos sobre las hierbas que bordean el camino para descansar.

—Me duelen un poco los pies —me dice.

—Debemos de llevar dos horas caminando sin parar.

—¿Crees que quedará mucho? —pregunta.

—Ni idea. Calculo que habremos recorrido unos diez kilómetros, más o menos.

—¿Y?

—Pues que no sé a cuánto puede estar la costa hoy.

Al cabo de un rato seguimos con nuestra ruta.

Subimos hasta la cima de una pequeña loma y desde esa altura, que no es mucho más que el terreno que nos rodea, vemos que todo sigue siendo tierra, no hay ni rastro del mar.

—No puede ser —suspira Lucía. Está muy cansada.

No llevamos agua ni comida.

Volvemos al camino sin muchas ganas.

Pasados unos minutos oímos ruidos.

A lo lejos, una nube de polvo se mueve en nuestra dirección. No me gusta la compañía cuando no voy armado.

Vemos aparecer un carro tirado por dos caballos. No tiene pinta de ser militar, parece más bien el típico transporte usado por un comerciante, papel que yo he protagonizado multitud de veces.

Al llegar a nuestra altura se detiene.

Un hombre mayor y un chaval más joven nos observan con curiosidad y saludan amablemente.

Lucía se acerca un poco a ellos.

—¿Atlas? —pregunta. Después señala hacia el sur.

Los dos ocupantes del carro se miran. Y luego a mí.

El hombre dice algo incomprensible.

Lucía se queda igual.

Espera que lo traduzca.

—De todo lo que ha dicho solo he creído entender «tarsis», «naur» y «atlar».

Levanta las cejas.

—Tarsis me suena a la ciudad. Naur creo que puede ser barco. Y Atlar debe ser isla de Atlas —le explico.

—¿Tarsis? —pregunta ella asombrada.

—Tarši —dice el hombre.

Se gira y habla con su hijo.

Parece que discuten la respuesta. No me creo que la hayan entendido, pero los signos son algo universal para cualquier tiempo y cultura.

— Tarši iru beru —nos indica el hombre.

Lucía tuerce el gesto y me pregunta con la mirada.

—Iru? —le digo al hombre a la vez que le muestro tres dedos de mi mano derecha.

Él asiente.

—¿Iru es tres ? —pregunta Lucía.

— Eso parece. Lo increíble es que iru también significa tres en euskera —le informo—. ¡Flipa!

—¿Tres qué? ¿Kilómetros? —me pregunta ella.

—Iru beru? —vuelvo a preguntarle.

Los dos asienten de nuevo.

El chaval separa sus manos todo lo que puede.

—Eso es que está muy lejos —intuye Lucía con acierto.

— Beru es una medida de viaje que usaban los sumerios. Que usarán, quiero decir, ya me entiendes —le explico casi sin poder creer lo que digo—. Cada beru equivale aproximadamente a unos diez kilómetros, si no recuerdo mal.

—¿Estás diciendo que nos quedan treinta kilómetros para llegar hasta el mar? —pregunta asustada, tocándose las pantorrillas.

El hombre nos hace unas señales que ambos entendemos a la perfección. Nos indica con sus manos y una sonrisa que subamos a la parte trasera del carro.

— Tarši-ra bel —nos dice.

—Ni idea —le digo a Lucía—. Pero por las señas parece que nos están invitando a…

Antes de que acabe la frase Lucía ya está dentro del carro, entre cestas y cajas repletas de frutas y verduras.

—Me da igual dónde vayan con tal de salir de este camino que me tiene muerta —responde. Después mira al hombre y le sonríe como solo ella saber hacer.