Capítulo 78
Al amanecer
El viento acaricia mi cara. La temperatura ha bajado bastante. Huele a rocío fresco, a montaña, a campo. Es el aroma de la libertad. Abro los ojos y veo que la oscuridad se quiebra por el horizonte, donde las primeras luces del día asoman para dar la bienvenida.
Al instante, recuerdo lo sucedido.
Miro a mi alrededor. Lucía está a mi lado, tirada en el suelo, sobre una alfombra de hierba. No veo a nadie por los alrededores, pero sin duda, es un lugar habitado. No estamos en el mismo sitio desde el que hemos saltado, estamos fuera del recinto.
La zona que era el castillo de Argantonio lo ocupa hoy un edificio distinto, más señorial, de líneas rectas y ángulos perfectos. Está hecho de grandes piedras que parecen de mármol. Los rayos del sol naciente rebotan en ellas.
Me pongo de pie y contemplo el paisaje.
Donde antes estaba el puerto y el mar hoy solo hay tierra hasta donde alcanza la vista. Al final de la ladera de la montaña hay casas, calles, plazas y edificios de tonalidades rojizas que se extienden hacia el sur.
Estas construcciones se parecen mucho a las que vimos Lucía y yo cuando buscábamos los orígenes de Göbekli Tepe, a pesar de que están separadas miles de kilómetros y de años.
Lo que sí me queda claro es que el mar no está.
No se ve por ningún sitio por mucho que mire.
Eso es porque la línea de costa debe de estar kilómetros más alejada de lo que yo conozco. El río Tinto tampoco existe y el Odiel es mucho más grande de lo que será en mi presente.
Estoy flipando.
Las primeras luces del sol comienzan a iluminar el terreno y los enormes campos de cultivo que hay al este. Decenas, no, centenares de parcelas delimitadas y bien trabajadas. Terrenos que se extienden hasta donde llega la vista.
Ya practican la agricultura de forma cotidiana.
Lucía se despierta.
Está aturdida.
—¿Dónde estamos? —balbucea.
—Cerca de donde hemos saltado —le respondo mientras me agacho a su lado. Le quito un mechón de pelo de la cara. Tiene los ojos un poco hinchados—. Nos ha llevado fuera del castillo. Yo diría que debemos estar más o menos en el terreno que ocupará la casa de Tiram y de su madre.
—¿En qué año?
—No me preguntes por qué, pero en mi interior sé que estamos alrededor de veintitrés milenios antes de nuestro presente.
Lo intuyo. Lo siento.
—¿Veintitrés mil años?
—No podría demostrarlo, aunque quisiera, pero me apostaría algo a que así es. Quizá es una información que me ha regalado mi pariente.
Se incorpora y observa a su alrededor.
No sabe muy bien lo que ve.
—Pues está claro que aquí vive una sociedad mucho más compleja que las tribus indígenas que visten pieles, migran con los animales y usan piedras como herramientas —me suelta de carrerilla.
Parpadea varias veces como para asegurarse de que lo que está viendo es real.
—Veintitrés mil años antes de nuestra era…
La agarro de la cintura porque está un poco mareada.
—La Historia se equivoca de nuevo —opino.
Se gira hacia el sur. Entorna los ojos.
—¿Y el mar?
—Se ha ido de paseo —bromeo.
—Ya lo veo, ya…
Señala hacia los edificios de lo que parece ser un asentamiento de pocas viviendas, pero no dice nada, después se gira y ve el complejo de mármol que ocupa el lugar del palacio.
Está absorta y con una mirada cargada de interrogantes que no puedo contestar porque no sé las respuestas.
—¿Por dónde empezamos? —me suelta al final.
—Por buscar la isla, claro está —le digo sin más.
Ella abre los brazos y me muestra las palmas de las manos, signo internacional de no sé qué hacer porque estoy perdido.
Perdido, como un santo sin paraíso.
—Primero tendremos que encontrar la playa —dice muy sabiamente—, así que en marcha.
Dicho esto, empieza a caminar hacia el sendero que nos llevará colina abajo.