Capítulo 77
Biblioteca del palacio
Hace unos minutos que Lucía y yo nos hemos quedado solos. La biblioteca permanece en silencio desde que mi antepasado, mi pariente lejano, el hombre que se mueve como si el paso del tiempo no fuera obligatorio para él, se disculpó y se marchó. Prometió volver en unos instantes.
—Parece increíble que esté hablando de la isla de Atlas. De la Atlántida —dice por fin Lucía.
No tiene miedo a decirlo en voz alta, aunque sea una locura para una historiadora. Supongo que después de lo que ya ha visto qué más da un poco de fantasía extra.
—Yo flipo con que mis antepasados sean los maestros del pasado del que hablan decenas de culturas.
Lucía asiente. Se acerca y me da un beso.
—Sabios antediluvianos, maestros de los hombres con conocimientos incomprensibles, criaturas suspendidas entre la carne y el mito —balbuceo.
Sus ojos delatan ese brillo eléctrico que solo aparece cuando algo la desborda por dentro.
La conozco. Está excitada. Más que yo, incluso.
—Hay mucha gente que piensa que la Atlántida pudo ser real. Algunos la sitúan aquí mismo, al sur de la Península, tras las columnas de Hércules.
Lucía menea la cabeza, incrédula.
—Para mí siempre fue un mito. Un cuento de Platón para advertir al hombre de su avaricia, de su codicia —dice mientras camina por la sala, como si necesitara escucharse para creer que todavía pisa suelo firme. Siempre le ha apasionado Grecia en todas sus épocas.
—Que se lo digan a Schliemann —replico—. Todo el mundo se reía de él cuando buscaba Troya siguiendo pistas en la Ilíada. Los arqueólogos se tiraban de los pelos cuando la encontró.
—Eso fue un golpe de suerte —insiste ella—. La encontró casi a la primera. ¡A la primera! Eso no lo haces ni con Google Maps.
—No digo que sea lo mismo… pero ya hemos visto antes cómo algunos textos esconden algo más. ¿Y si Platón hizo lo mismo… aunque fuera en parte?
Ella se queda mirando la estancia, como si las sombras fueran a chivarle la respuesta.
—¿Por qué creemos en todos sus otros textos y no en este en concreto? —le pregunto—. Todo era verdad, a su forma, en Platón.
Se queda pensativa.
—El texto que ha leído tu pariente es casi idéntico al relato que Critias asegura haber escuchado de su abuelo. Y este lo había oído de Solón, quien, según contaba, lo aprendió de los sacerdotes egipcios de Sais.
—Quizás uno de esos egipcios fue un descendiente de los supervivientes que contaron la historia para que no se olvidara.
—Si sucedió en realidad, no lo dudo. Desde ese punto de vista sí parece más un recuerdo que sobrevivió al paso de los siglos —me dice sonriendo, rendida a su propia curiosidad.
—Platón no era un mentiroso —le digo convencido.
—Quién sabe…
—Yo estuve allí cuando lo escribió —digo con toda la solemnidad del mundo—. Y solo relató lo que le contaron.
—No me lo creo —protesta.
Yo asiento serio.
—Hay tantos lugares a los que me tienes que llevar.
Me va a exprimir como una naranja, vamos.
Ella sonríe porque sabe lo que estoy pensando.
Mi pariente lejano sigue sin venir.
—¿Cuál es el siguiente paso? —pregunta.
Yo la miro un poco sorprendido.
—¡Está clarísimo! Ir a buscar la isla de Atlas.
Vamos, no he tenido nada más claro en mi vida.
—¿Crees que es buena idea ir hasta allí? —pregunta.
Lucía me mira extrañada, haciendo una mueca rara, como si no estuviera muy convencida.
—¿Buena idea? ¿Estás de broma? ¡Claro que lo es! No solo porque es la Atlántida de lo que hablamos, que ya solo por eso me lanzo de cabeza al vacío, también porque mi antepasado dejó eso escrito para que fuéramos expresamente a buscarlo allí.
—Supongo que tienes razón.
La puerta de la biblioteca se abre.
Nuestro anfitrión regresa.
Al acercarse vemos que su rostro es como una máscara hierática, pero hay tensión en la línea de su mandíbula.
—¿Va todo bien? —pregunto.
—Sí. Una pequeña adversidad con un grupo que os había seguido hasta palacio. Ya está solucionado. No tenéis de qué preocuparos.
—Hemos tomado muchas precauciones para que no nos siguieran.
Él hace un gesto con la mano restándole importancia.
Pues mejor que se hayan encargado. No pienso apenarme por ellos ni preguntar dónde están sus cadáveres.
—¿Cómo sabremos dónde encontrar a tu hermano? No conocemos la ubicación de la isla de Atlas —le digo con sinceridad—. Tampoco la fecha a la que debemos viajar.
—No te preocupes por eso. Yo os llevaré al momento exacto —nos suelta para mi sorpresa—. Para encontrar la isla solo debéis ir hacia el mar y viajar hasta ella. Mi hermano os espera allí.
—¿También puedes viajar en el tiempo? —le pregunto.
—No. Pero Uru’Nael me dejó el poder necesario para llevaros hasta él.
Me quedo mudo.
¿Así de fácil? ¿Nos lleva y punto?
—Te llevo porque debes ir —dice en un murmullo que parece un eco del mundo antiguo.
Ahora sí estoy seguro de que este tío lee la mente.
—No te leo la mente —sonríe con picardía—. Es que sois tan previsibles… Después de tanto caminar entre vosotros, el alma humana es como un libro abierto para mí.
Se acerca solemne.
Su sombra podría cubrir un templo entero.
Tiende su mano a Lucía. Ella la acepta, diminuta, temblorosa. Luego me ofrece la otra. La suya está caliente, como una roca al sol.
Kael’Ton cierra los ojos.
Un canto surge de él como si subiera desde un pozo arcaico, un sonido profundo, gutural, casi mineral. No es música, es la respiración del tiempo que arrastra arenas, ruinas, memorias.
Veo a Lucía cerrando los ojos.
Los míos se rinden al instante.
El mundo se disuelve sin pedir permiso.
Y el tiempo, ese viejo tirano, abre la puerta y nos empuja a un viaje del que no tengo control alguno.