El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 76
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Capítulo 76

Palacio de Argantonio

Sus ojos apenas parpadean. El brillo azul atraviesa la oscuridad como un faro en mitad de una tormenta.

Cuando me mira, hay algo travieso en esa media sonrisa, casi imperceptible, como si supiera más de mí que yo mismo.

Se parece demasiado al antepasado que me encontré en El Cairo hace unos meses.

Milenios antes de este tiempo. Tiene la misma piel tersa y morena, sin arrugas ni tiempo, los mismos rasgos suaves pero cincelados en piedra.

El mismo cabello, recogido ahora bajo un gorro propio de esta época.

La barba negra, larga y espesa también es idéntica.

No hay duda. Es el hombre de la estatua que vi en el patio antes de que me atacaran. En aquel momento creí que era mi antepasado… pero no. Era él.

— Bʾēzā lišān nikkeil lemēmar? —le pregunto. Luego añado—: Eme-a e-da-dua ?

Lucía me mira, se encoge de hombros.

—Le he preguntado en qué idioma prefiere hablar —le explico—. Primero en arameo, después en sumerio.

— En poíēi glṓssēi dýnathon mŷthon agoreûsai ? —dice ella en griego. Está claro que no quiere perderse nada ni pasarse toda la noche pidiéndome traducciones.

—En griego está bien —contesta él en ese idioma.

Lucía sonríe. Por fin puede jugar en primera división.

—¿Quién eres? —pregunto, solo para romper el silencio que parece querer quedarse a vivir en la sala.

—Supongo que ya lo sabes.

—¿También eres mi pariente lejano?

Él asiente.

Lucía abre los ojos como platos y me mira.

—¿Qué haces aquí?

—Esta es mi casa —responde, señalando la sala.

Lucía hace un gesto como diciendo: está claro.

—No te ha sorprendido vernos —dice ella.

Él sonríe.

Parece más abierto, más humano que mi otro antepasado.

—Os estaba esperando.

Genial. Misterio resuelto. Clarísimo todo.

Mi tía Rosa diría que este paga por palabras.

Me acerco un poco más.

Es enorme.

Estos familiares lejanos son un prodigio de la naturaleza. ¿En qué momento de la historia esos genes se perdieron por el camino y se convirtieron en mí?

—La última vez que hablé con tu familiar no me respondió a nada —le digo—. Solo evasivas.

—El deseo de saber suele ir por delante de la necesidad de conocer.

Ya estamos con los acertijitos de los cojones.

—Yo también necesito saber —le aviso.

—Entonces, pregunta.

Camina hasta la chimenea.

—¿Cómo te llamas?

No responde al instante. Se agacha, abre la compuerta y arroja un tronco al fuego. Lo remueve con una mano del tamaño de la de Hulk. Yo ya me habría abrasado hasta las pestañas, pero a él no parece preocuparle.

—Mi nombre es Kael’Ton —dice al cabo de varios segundos—. Pero me han llamado por otros. Muchos de ellos los borró el viento en lugares que ya nadie recuerda. Los nombres cambian porque solo son susurros.

No me suena ese nombre para nada.

Por la cara que ha puesto Lucía a ella tampoco.

Se incorpora.

—Mi hermano me advirtió de que preguntabas mucho.

—Él no quiso contarme nada —replico.

—Ni siquiera tú estás preparado para conocer toda la historia que te rodea —contesta.

—Veo que llevas el medallón de la inmortalidad.

Él lo acaricia con mimo.

El colgante brilla como si bebiera la luz del fuego.

—Nadie debería vivir para siempre —dice mientras lo acaricia, casi en un susurro inaudible.

—Pero tú lo haces —dice Lucía.

—Yo nací cuando el mundo ya empezaba a inclinarse hacia su ruina —murmura, mirando las llamas. Su voz suena más grave, más antigua—. Los hombres no recuerdan mi nombre porque no camino entre ellos como tú o como mi hermano. Solo observo. Y aguardo.

Siento que sus palabras están llenas de verdad y rodeadas de un halo de tristeza, no debe de ser fácil presenciar tantos siglos de historia.

—No me fue dada la duración de los dioses, ni el olvido de los hombres. Me otorgaron algo intermedio, otra cosa.

—El colgante —susurro.

—Una piedra —corrige—. No una roca cualquiera. Una viva. Una de las siete primordiales.

La frase me despierta el recuerdo de una conversación a la que no había prestado más atención. La charla que tuve en Guiza con su hermano sobre el Velo de Cronos.

«Una fuente de poder… el don de navegar por el tiempo… una de las siete piedras primordiales», recuerdo con claridad.

Me quedo sin palabras.

—Quien sostenga la piedra no será sostenido por el tiempo, sino por aquello que queda cuando el tiempo se quiebra.

Da un paso hacia mí.

La biblioteca entera parece encogerse ante su presencia.

—Mientras cuerpos y ciudades desaparecen, yo permanezco. No porque sea poderoso, sino porque la piedra no deja que el tiempo me roce. No me da gloria ni riquezas. Solo continuidad.

Da un par de pasos hacia atrás. Se calla y el silencio pesa como una losa. Hemos dejado de escuchar a los pájaros, al viento. Ni siquiera la madera cruje bajo nuestros pies. Solo existe el sonido rítmico y arrullador del crepitar del fuego.

—¿Quiénes fueron tus padres? —quiero saber.

—Los mismos que los tuyos. Nuestra semilla está en ti, por eso puedes hacer lo que haces.

Vamos, que no quiere soltar prenda.

—¿A qué habéis venido en verdad? —pregunta.

Saco la hoja.

Él la reconoce.

—Si la tienes es porque ya he muerto —nos cuenta.

Otra vez esa tristeza en su voz.

O esa antigüedad imposible de medir.

—¿Por qué me la enviaste?

Camina pensativo hasta la chimenea. Mira con calma el tronco a medio quemar. Está meditando, lo puedo sentir.

—Cuando el último de mis hermanos marchó y yo quedé como el último guardián de la verdad —me dice al cabo de unos segundos—, decidí que, tras mi muerte, la historia real del mundo no moriría conmigo, sino que los conocimientos serían transferidos a un descendiente.

—Y me ha tocado a mí —digo en voz baja.

Observa de nuevo el fuego. Vive cada momento a una velocidad mucho más lenta que la nuestra

—Hemos descifrado algunas hojas. Pero hay una que no entendemos.

Le enseño la hoja en cuestión.

—Esa es la más importante de todas —me suelta—. Las otras sólo debían traerte hasta aquí para comprobar en persona que eres uno de nosotros y no de los falsos viajeros.

Ceo que se refiere a los ladrones de mentes.

Toma la hoja, que en su mano parece un sello.

—En realidad fue idea de uno de mis hermanos, el que tú conociste. Así lo quiso antes de… desaparecer.

—Me lo podía haber contado cuando lo tenía delante.

—Él quería contarte la verdad únicamente cuando estuvieras preparado. O no serviría de nada.

Ya estamos con las chorradas místicas.

—Tu hermano es Oannes, ¿verdad?

Él sonríe de nuevo. Está de vuelta de todo.

—Eso es solo una ínfima parte de lo que fue.

—Tú y tu hermano sois parte de los siete Apkallu —le digo sin un atisbo de duda.

—El nombre real de mi hermano es Uru’Nael —dice al fin. Se acerca a nosotros, serio—. No lo has oído nunca. Es el nombre que le dieron nuestros creadores. Con el tiempo, cada civilización le dio uno distinto.

—Uru’Nael… —susurra Lucía como si fuera el secreto más importante del mundo—. Es precioso. Como el tuyo.

—¿Qué nombres le dieron? —pregunto. Yo a lo mío.

Mira hacia las estanterías repletas de libros, como si buscara en la propia estructura del lugar. Luego me observa.

—Le han llamado de muchas maneras… Osiris, Oannes, Prometeo, Fuxi, Matsya, Dhanvantari, Quetzalcóatl, Viracocha, Ōkuninushi, Batara Guru, Tiki…

Lucía se tapa la boca y aun así se oye el grito ahogado. Veo admiración, temor y asombro en su mirada.

—Lo sabía…

Mis palabras salen sin fuerza.

—Mi antepasado, tu hermano, fue el encargado de repartir un conocimiento perdido y olvidado tras un cataclismo global que reinició el mundo —le digo. No necesito que me lo confirme, ahora ya lo sé.

—¿Eso es lo que pone en esa hoja? —pregunta Lucía.

Él niega con la cabeza.

—Este texto cuenta solo una parte de la historia —nos indica mirando la hoja, firme en su mano—. La que necesitáis saber para dar con él. Cuando lo encontréis, si él lo cree conveniente, os contará el resto.

Me mira como esperando que le diga si lo he entendido.

—Lo comprendo —susurro.

Lucía se acerca a mi lado.

Pasan unos segundos hasta que él comienza a leer:

—«Yo fui testigo de la caída de Atlas, la isla que todos creyeron eterna.

Estaba rodeada por mares insondables y sus templos resplandecían.

Entonces llegó la noche del oscurecimiento.

El Sol fue velado y las sombras cubrieron el firmamento.

La tierra tembló y del abismo se levantó una ola como jamás vieron los hombres.

El mar reclamó su lugar y los templos fueron tragados y las voces se apagaron bajo las aguas.

Solo los más fuertes arribaron a nuevas tierras sin apenas memoria de lo que fueron».