El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 75 #2
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Capítulo 75 #2

Poco después debería venir un escalón. Tanteo con el pie, pero no lo encuentro.

Doy pasitos cortos, dando pataditas hacia adelante con la puntita del pie.

Parezco Chiquito de la Calzada en plena actuación, pero es que no me quiero pegar el gran hostión y romperme la crisma.

No me gustan los médicos de este tiempo.

Noto algo. Es el escalón.

Lo subimos.

Seguimos caminando hasta el final. Llegamos a la pared del fondo del pasillo y tanteo hacia la izquierda buscando la puerta que debería estar aquí. La noto.

Busco la cerradura. La siento.

Tiene una pequeña tapa que cubre el agujero por el que se mete la llave. La aparto un poco, esperando que un haz de luz se cuele a través de la cerradura y taladre la oscuridad hasta tocar el suelo, pero nada de eso sucede.

Me asomo por el hueco y solo hay oscuridad. Intento abrir la puerta, pero no puedo. Vuelvo a trastear con la cerradura hasta que logro abrirla. Empujo la puerta. Nada, no se mueve. Tiro de ella y esta vez sí lo hace.

Me asomo por la rendija, pero no veo nada. Abro un poco más. Meto la mano en la oscuridad y toco algo. Es una tela. Vaya hombre, esto ya lo he visto antes. Es un tapete colgado en la pared que disimula la puerta.

Apenas hay espacio entre la pared y la tela, así que, si salgo y hay alguien, verá un par de bultos que se mueven tras ella. No quiero que nos inserten una flecha ni que nos traspasen con una espada como a un pincho moruno.

Nos quedamos quietos, escuchando.

Nada. No se oye a nadie.

Aparto el tapete con cuidado. Meto medio cuerpo y me asomo despacito. Abro del todo y respiro aliviado al ver que no hay nadie. Cuando Lucía entra, cierro la puerta, pero sin llave, por si acaso tenemos que salir pitando. Coloco el tapete bien para que no se note que alguien ha pasado por aquí.

Varios candelabros repartidos por la sala ofrecen una iluminación agradable. Al caminar unos pasos veo que hay toda una pared forrada de telas con diferentes motivos y dibujos. Sin duda este lugar pertenece a una persona muy importante.

De momento no he visto a nadie. El atajo que Tiram nos ha enseñado ha valido mucho la pena. Me lo imagino corriendo por aquí con los niños que viven en el palacio. Estoy contento de que haya vuelto con su madre sano y salvo.

Tiram me dijo que si abría la puerta de la derecha saldría a una sala muy grande donde bailan en las fiestas. Ahora mismo no tengo ganas de bailoteos, así que iré por la otra que, según él, da a una habitación llena de libros viejos. Giro el pomo de la puerta y se abre sin esfuerzo.

La penumbra de la biblioteca nos recibe como un aliento antiguo.

Entro despacio, casi sin atreverme; no sé por qué, pero siento que este lugar me observa.

La sala es circular. El despacho oval de los libros.

Los candelabros de bronce clavados en las paredes parpadean como si respiraran.

La luz dorada ilumina los estantes, incluso hasta los más altos, cargados de tablillas de arcilla, rollos de lino y tiras que parecen de cuero.

Huele a madera vieja, a humo, a resina, a polvo sagrado.

Este sería el paraíso de mi amigo el librero.

Y de David, mi médico de confianza.

Me acerco al fondo, donde la pared curva parece abrazar las repisas.

Debe de ser la biblioteca del rey. No es excesivamente grande, pero cada rincón parece contener un material preciado.

Paso la mano por el lomo de una tablilla.

Se siente fría, rugosa. Me estremezco solo de pensar en la antigüedad que puede tener.

—Jamás habría imaginado algo así, en esta época…

Lucía está absorta, mirando todos los rincones. No dice nada. No puede. Tiene la boca abierta y apenas parpadea. Camina despacio, saboreando cada recoveco, cada esquina.

Llego a la chimenea, encajada entre estantes. Sobresale como medio metro de la pared. El fuego arde en su interior, pero no demasiado fuerte. Tiene unas puertas metálicas con pequeños orificios tallados en forma de hojas, para evitar que salten ascuas de su interior.

—¡Bienvenidos! —retumba una voz profunda desde el fondo, haciendo que Lucía se sobresalte. Creo que ha hablado en fenicio, porque lo he entendido a medias.

Entre las sombras, sentado en un sillón de madera con detalles de piel, hay un hombre. En aquella esquina las antorchas apenas arden y el fuego de la chimenea no revela su rostro. Lo que sí se distingue con claridad son sus ojos azules, brillando como los de un felino que acecha en la penumbra.

Se levanta despacio y se acerca a nosotros.

Es un hombre alto.

Muy alto y corpulento.

Lucía tiene la boca abierta, pero no habla.

Al acercarse, mi respiración se corta por completo.

Es él. Toni Arango. El anticuario de Triana.

Hoy es Argantonio.

Lucía tiene que levantar la cabeza para mirarle a los ojos.

—Eres igual que los sumerios de las tablillas… —balbucea. Levanta la mano como para tocarle la barba, pero se queda a medio camino.

¿Ha dicho eso? Se me escapa la risa sin querer.

Ella se gira y me lanza una mirada afilada, sin humor alguno. La verdad es que no es momento para reírse. Creo que son los nervios.

—¿Eres Argantonio? —le pregunto en español sin darme cuenta. Me ha saldo del alma. Sin pensar.

Él nos mira sin contestar.

No me entiende, claro está.

—Soy quien estás buscando —me contesta, primero en arameo y después en sumerio.