El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 75
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Capítulo 75

Pasado

Al atardecer…

Ha pasado un tiempo que no sabría cuantificar, cuando vuelvo a notar los guijarros bajo mi culo.

Siento el viento fresco en la cara y en los brazos.

Hay humedad en el ambiente, como si fuera a llover.

Antes de abrir los ojos busco las manos de Lucía y de Tiram.

Están ahí, cálidas, vivas, moviéndose como si intentaran decirme que están bien.

Abro los ojos. Los tengo junto a mí, sentados en la hierba húmeda. Nos incorporamos con cuidado, procurando no romper el silencio del lugar. No se ve a nadie. Quiero salir de las calles antes de que alguien de este tiempo se dé cuenta de que no pertenecemos aquí.

—Vamos —les apremio en voz baja.

—¡Vamos! —repite Tiram.

El chaval está contento y con los ojos como platos.

Hay más árboles a nuestro alrededor que en el futuro. Por suerte, no hemos aterrizado en medio de uno. No tengo ni idea de qué podría pasar, pero seguro que nada bueno para mis huesillos de pollo, como dice mi tía Rosa.

Miro a mi espalda y veo el castillo en su máximo esplendor. Varias antorchas prenden en sus muros, repartidas cada pocos metros. Otras señalan el camino de descenso, el mismo que vamos a pillar ahora mismo.

—Vamos a tu casa —le digo a Tiram.

Él sonríe porque me entiende a la perfección.

No sabrá mantener una conversación filosófica, pero sí que ha aprendido lo justo como para comprender frases cortas y cotidianas.

Sobre todo, la de «tengo hambre». Madre de Dios cómo come el chaval.

Debe de estar creciendo. No es consciente de cuánto va a echar de menos esas chuches que tanto le gustan y que Lucía le ha comprado tan a menudo.

A ella también la echará mucho de menos, sin duda.

Lo lleva de la mano como si tuviera dos años.

Bajamos por la ladera de la montaña.

No dejo de vigilar todos los ángulos. Por si acaso, llevo una espada en la mano. Esta vez no me van a pillar desprevenido. Me hubiera traído una pistola si no fuera porque en el fondo soy responsable y sé que si la pierdo la podría liar bien gorda, pero vamos, que ganas no me han faltado.

A los pocos minutos, vemos las viviendas al fondo.

Tiram señala con su brazo a su casa y sale corriendo.

—Espera —susurra Lucía.

Pero no la oye.

Nos quedamos a una distancia prudente, escondidos entre los árboles.

No quiero interactuar con nadie, ni siquiera con la buena mujer que tan bien me cuidó.

Le daré las gracias desde aquí por telepatía.

Las monedas que le he dado al chaval y que se ha guardado en medio segundo sin preguntar para qué eran, serán un agradecimiento más que suficiente.

Vemos como Tiram entra a su casa.

A los dos segundos sale con su madre de la mano.

Nos busca, pero no nos ve.

Desde aquí podemos ver la pena en sus ojos. En el fondo sabía que esto era un viaje de despedida. Su madre no entiende lo que hace. Para ella apenas han pasado unas horas. Tira de él hacia el interior de la casa. Tiram se abraza a ella.

—¡Buen viaje, amigos! —nos grita antes de entrar.

—Espero que te vaya muy bien —susurra Lucía, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

Yo espero que esas sean las últimas palabras que el chaval suelte en español. Le hemos dejado claro que no puede hablar con nadie de nosotros ni de nada de lo que ha vivido. Ni siquiera con su madre. Veremos…

Volvemos a subir por la ladera, esta vez no seguimos el camino, prefiero ir agachado y buscando el amparo de las sombras.

Tenemos que entrar al castillo y averiguar si está el rey.

Debo hablar con él y comprobar si es o no es el mismo Toni Arango que asesinarán en Triana dentro de muchos siglos.

Mi padre no tiene ninguna duda. A mí me cuesta creerlo, pero a estas alturas nada me sorprendería.

Si resulta que ese tipo es inmortal lo voy a coser a preguntas. Me tiene que contar todo sobre el medallón y la daga que me ha dado el profesor.

A los pocos metros vemos el edificio que domina el cerro como un gigante dormido, oscuro y vigilante.

Lucía lo mira boquiabierta.

Está flipando.

—¿En qué año estamos?

No tengo ni idea, pero intentaré disimular.

—Sobre el año 600 antes de Cristo —respondo.

—Madre del amor hermoso… Qué grande es.

—Y no queda nada —añado. —En nuestro tiempo, digo.

Seguimos subiendo. Está oscuro, desierto, perfecto.

Tiro de ella para avanzar más rápido.

—Por Dios, qué escalada —murmura—. Si lo llego a saber, me visto con ropa de montaña. ¿No podemos ir más despacio?

Me agacho de golpe y le hago señal de silencio.

—¿Por qué…?

Le pongo la mano en la boca y tiro de ella para que se agache a mi lado. Escuchamos voces. Pasos. Dos hombres descienden por el camino. Son personal del palacio, o del castillo. No lo tengo claro, pero sí veo que van armados.

Nos escondemos detrás de unos arbustos. Las sombras nos abrazan, mientras ellos pasan de largo, ajenos a nuestra presencia. Nuestras caras están pegadas. Noto que me mira.

—Debes estar alerta —susurro cuando volvemos a estar solos.

Lucía asiente. Me da un beso.

—Y habla bajito —añado.

Me da otro silencioso.

Nada más llegar a lo alto de la colina entramos en el recinto amurallado. Todavía está abierto. No sé si es que no lo cierran por la noche o es que hemos llegado justo a tiempo. Da igual. Entramos y caminamos por una calle que está bastante vacía.

Dos hombres armados hacen guardia al pie de una muralla interior. Están apostados junto a una puerta. Casi seguro que hay varias más. Son como filtros que no dejan llegar a cualquiera hasta las dependencias reales.

Vamos directos como si fuera lo más normal del mundo.

—Sigue caminando. Como si fueras de la casa —le murmuro—. No los mires.

Ellos sí nos miran.

Nos estudian.

Avanzamos con paso firme. Serios, cabeza alta. Vestimos ropa de buena calidad, como los nobles del lugar. O eso creo. No lo tengo muy claro, porque he seguido los consejos de Tiram, así que igual nos toman por los bufones de la corte.

Pasamos a su lado.

Uno se gira para mirar a Lucía. Dice algo que no entiendo. El otro ríe. Ella sigue caminando, rígida. Cuando los dejamos atrás, vuelven a hablar. La risa aumenta, el tono es bastante desagradable.

Lucía se detiene para darse la vuelta, pero la sujeto del brazo y la arrastro hacia delante. La carcajada retumba a nuestras espaldas.

—Ni se te ocurra —le digo muy serio—. Si hay problemas y nos separan, date por muerta.

Ella me mira. Sus ojos azules brillan de rabia en la penumbra. Aun así, asiente. Lo comprende.

—No vale la pena —murmura para convencerse, mientras seguimos avanzando.

—Tu vida vale mucho más que un comentario de esos tipos. No vale la pena —le confirmo.

Al cabo de unos metros nos cruzamos con dos hombres que se dirigen a la calle.

No nos prestan atención. Incluso si trabajaran para los ladrones de mentes no nos reconocerían.

Yo llevo la misma barba larga, bigote y pelo espeso que esta mañana, aderezados con dientes de la época, para que nadie se fije en mi sonrisa Profident.

Según me ha dicho Tiram, que se conoce este lugar como la palma de su mano, podemos llegar a la parte interna del palacio a través de unas habitaciones por las que él se cuela de vez en cuando para jugar con los niños que viven dentro. Este cabroncete se las sabe todas.

Entramos en una sala. Tiram me contó que era un lugar de culto. En teoría debe de haber una puerta que da a un pasillo que nos llevará a otra sala más grande todavía.

Al entrar tenemos que esperarnos unos minutos a que los ojos se acostumbren a la oscuridad.

Parece que no hay nadie. No debe ser hora del rezo.

Es una sala rectangular. A un lado veo una mesa de piedra con pequeñas figuras.

Me acerco y veo que son toros de bronce y lo que parecen discos solares.

En el centro hay una estela vertical con símbolos grabados y restos de pintura roja. No entiendo lo que pone.

—Podría ser un altar para confesarse o rezar —susurra Lucía admirándolo.

Siempre que me confieso me doy la absolución.

Caminamos hacia el fondo. En las columnas veo varias figuras cinceladas.

No tengo claro a quién representan, pero la efigie de mi izquierda podría ser el dios Baal.

No estoy seguro. La de la derecha es una figura femenina, diría que es Astarté, la diosa de la fertilidad fenicia que también ha sido venerada por los tartesios.

—Esa de ahí es la diosa Astarté —me confirma Lucía.

Está flipando.

Sus ojos no dejan de mirar para todos los lados.

En el silencio, solo se oye el chisporroteo del fuego de las antorchas que están repartidas por las esquinas.

Subimos las escaleras que me indicó Tiram hasta llegar al piso superior.

Veo la puerta de los remaches. Es grande, con planchas de cobre que muestran dibujos de enormes toros grabados a mano.

No hay duda de que es la que el chaval nos dijo.

Saco mi juego de ganzúas que hoy me he traído porque sabía a lo que me enfrentaba.

La cerradura no es de las buenas, pero sí de las duras, como se hace todo en este tiempo y lugar.

Al cabo de un minuto logro abrirla. Entramos y Lucía la vuelve a cerrar sin hacer ruido.

Ante nosotros se abre un espacio oscuro, sin nada de luz.

No hay ventanas ni luces de ningún tipo, solo negrura absoluta.

Menos mal que Tiram nos avisó de esto porque si no nos hubiéramos cagado de miedo. Andar por aquí sin saber qué tienes delante es la crónica de una muerte anunciada por gilipollas. Y cuando se trata de hacer gansadas, yo tengo más boletos que nadie para que me toque el premio gordo.

Me pego a la pared de la derecha, como me dijo mi joven amigo, y camino sin dejar de tocarla. Lucía no se suelta de mi mano ni un segundo. En cuanto llego a una puerta, la dejo atrás y sigo caminando.