El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 74
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Capítulo 74

Librería de don Emilio

La mujer esposa a don Alfonso a la pata de la mesa que tiene delante.

Es una mesa baja, la misma donde suelen dejar las bebidas cuando don Emilio conversa con algún cliente o amigo, pero es demasiado baja para semejante propósito.

Hoy no hay bebidas, solo muchos papeles encima.

Don Alfonso queda inclinado, más de lo que su espalda considera razonable y sano.

—Jovencita, mis huesos no entienden de secuestros ni estos menesteres —dice con dignidad ofendida—. Haga usted el favor de esposarme a un punto más alto, que mi columna tiene ya sus manías.

—¡Cállate! —grita ella, sin mirarlo.

Le apunta de nuevo con el cuchillo.

Don Alfonso observa que Nadia respira con rapidez, como si estuviera en plena clase de gimnasia o lo que demonios haga para mantenerse en tan buena forma.

Pero hoy hay algo que no funciona bien en su cuerpo.

Lo nota en sus ojos y en sus movimientos erráticos.

Sus manos se mueven con tics nerviosos, repetitivos.

—¿Qué os entregó el tipo que vino el otro día por la noche? ¿Dónde está la daga con la que maté al anticuario?

Las preguntas salen de su boca con rapidez.

Lo repite una y otra vez.

—No sabemos nada de esa entrega —le indica don Emilio.

—No estábamos presentes —añade don Alfonso,

—No sabemos a qué daga te refieres —dice de nuevo don Emilio con todo el convencimiento que puede.

—Además, si ya tienes un cuchillo majísimo —añade don Alfonso, retorciéndose para intentar recolocar la espalda en una posición menos dolorosa—. No veo necesario tal sufrimiento.

—¡Que te calles, viejo condenado! Esa daga es especial, nada que ver con esto —señala su arma—. Aunque este te va a matar si vuelves a abrir esa bocaza.

Nadia ya ha revisado el mostrador, la caja fuerte, que Emilio ha tenido que abrir bajo amenaza, todos los cajones y estanterías. Nada.

No encuentra lo que busca.

—Vamos abajo. Seguro que tienes otra caja en la que guardas lo que de verdad te importa.

Dicho esto, lo arrastra escaleras abajo. También él está esposado, con las manos a la espalda.

—Baja con cuidado, Emilio —advierte su amigo sin poder girarse para mirarlo—. Que una caída de bruces en esas condiciones te deja comiendo sopas para el resto de tus días.

Pasados cinco tensos minutos, Nadia vuelve a subir arrastrando a don Emilio con ella.

Se mueve como un animal acorralado. De un lado a otro. Sin parar. Sus uñas se clavan nerviosas en las manos, dejando marcas rojas en la piel.

Don Emilio la observa con atención.

Conoce ese comportamiento. Lo ha visto demasiadas veces en su vida. Drogadictos en pleno mono. No le queda duda de que esta mujer está cerca del punto más alto de su abstinencia.

Nadia suda a chorros. Apenas puede articular palabra. La mandíbula tensa. Los puños apretados. La mirada perdida. Toda ella está atrapada en algún lugar muy oscuro.

—Tienes que beber agua —dice don Emilio, con su calma habitual.

Ella lo mira con un brillo febril.

—Necesito esa daga —masculla.

—No la tenemos —insiste el dueño del local—. Te lo prometo.

—Sabemos que la tiene la mujer rubia —miente don Alfonso, incapaz de aguantar más la postura ni el dolor—. Ya sabes quién digo. La misma que nos tuvo retenidos en las celdas que tiene ocultas en su oficina.

Nadia lo mira fijamente.

Se acerca a él despacio, como una leona midiendo a su presa. Inclina la cabeza a un lado y a otro, evaluándolo. Después se agacha para quedar a su altura.

—La tiparraca esa le dijo a mi amigo Mario que tenía la daga en su poder, además del medallón que te quitó —revela don Alfonso sin apartar la mirada.

La segunda parte de lo que dice es cierta, tal y como Félix y Mario contaron con todo detalle la noche anterior.

—Mira en el primer cajón —indica don Emilio, siguiéndole el juego a su amigo con una serenidad que solo ellos podrían mantener—. Ahí tienes su dirección.

Eso también es verdad. Esa misma mañana Octavi había descubierto dónde vivía la mujer gracias a que la casa está a nombre de su empresa.

Alfonso asiente a su colega. Ambos entienden que lo importante es que esa mujer se marche cuanto antes. En cualquier momento puede rebanarles el cuello sin el menor remordimiento.

Nadia abre el cajón y ve la hoja.

Reconoce el nombre de la mujer al instante.

Su equipo todavía no ha logrado encontrarla.

Sonríe.

Teclea la dirección en su móvil con manos temblorosas. La aplicación marca veinticinco minutos en coche.

—Si me habéis mentido, volveré para acabar con vosotros dos. Os lo juro.

Tras decir esto, sale por la puerta y se pierde entre la gente que ya pasea por las calles del barrio.

—Pobre rubia, la que le va a caer encima —susurra don Alfonso mientras abre las esposas con un clip que ha encontrado encima de la mesa, junto a los papeles.

—Ya podías haberte soltado antes —protesta su amigo.

—Ni de broma —responde convencido—. En el estado que estaba esa tipa me mata antes de poder razonar con ella.

Su amigo sabe que tiene razón.

—Vamos a contarle a Félix lo que acaba de pasar —indica don Emilio.

—Quedemos en el bar, que necesito acompañar la conversación de un buen licor —indica don Alfonso, estirando la espalda para aliviar el dolor.