El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 73
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Capítulo 73

Cabezo de San Pedro

Huelva

Acabamos de llegar a Huelva. No recuerdo dónde aterricé cuando volví del pasado, pero Lucía sí.

Me dijo que fue en una zona de tierra junto al castillo.

Así que saltaremos desde lo más cerca posible de ese lugar para tener la seguridad de que no voy a romperme la crisma de nuevo ni nada por el estilo.

Noto que mi teléfono vibra.

Es mi padre.

—Buenos días —le digo.

—¿Cómo estás?

—Bien, con fuerzas para otra misión.

—Perfecto. Supongo que vas a ir disfrazado, ¿no?

—Supones bien, no me la pienso jugar.

—Mejor… Ayer noche alguien entró en la tienda de Mario y en la librería. Acabamos de revisar las cámaras de tu tío y hemos averiguado que fue la asesina de Toni Arango —me suelta mi padre.

—Entiendo…

—Solo te aviso para que sepas que esa tipa sigue viva y está metida en el juego hasta arriba, así que ten mucho cuidado, hijo.

—No te preocupes. Lo tendré.

Cuando cuelgo noto esa punzada de nerviosismo que precede cada salto, pero multiplicada por tres. Saber que en el destino me pueden estar esperando para matarme no es algo que me guste. Saber que nos pueden matar a los tres es algo que me aterra.

Lucía me mira, preocupada.

—Todo va bien —le miento.

—¡Tiram vuelve a casa! —exclama el chaval.

—Así es —contesta Lucía, acariciándole el pelo.

—Es secreto —susurra él con el dedo en los labios.

Al cabo de unos minutos, Víctor aparca la furgoneta en la parte norte del castillo, junto a unos árboles. Hay varios coches más en la zona.

—Voy a aparcar en otro lugar —dice Víctor tras unos segundos—. Me dijiste que quizás te habían seguido la última vez y aquí veo demasiada gente.

Es verdad. Saben que aparecí por aquí herido y que estuve en el hospital. Podría ser que anden vigilando.

Noto que Lucía está algo asustada.

—Puedes aparcar abajo, en la parte de atrás del cerro.

Recuerdo que estuve por esa zona y era muy parecida a lo que es hoy, aunque con más árboles.

Al cabo de un par de minutos, aparca y bajamos del coche.

—Estaré esperando justo aquí —me dice.

—Gracias, Víctor. Nos vemos en un rato. Dejo en el coche la daga que me ha dado el profesor. No la pierdas de vista, por favor.

—No te preocupes.

No hace más preguntas. Nunca las hace.

No tengo ni idea de lo que pensará de mí. De nosotros. Vamos vestidos de época, yo con barba, bigote y el pelo largo, y aquí no hay ni teatros, ni ferias medievales, ni fiestas de disfraces. Pero el tío nunca ha dicho ni mu. Es increíble lo bien que trabaja y lo fáciles que me pone las cosas.

Nos adentramos en la zona más repleta de árboles, donde nadie nos pueda ver. Los últimos rayos de sol tiñen de naranja el tejado de los edificios y anuncian el final del día. Uno más para nosotros, una mota insignificante para el resto del Universo.

Lucía me mira. Asiente.

Lleva a Tiram cogido de la mano.

Meto la mano en mi camisa de forma intuitiva. Toco la hoja que el profesor no supo traducir. Está ahí. No me la he olvidado. Espero que alguien de la época a la que vamos me la pueda leer. Si lo consigo, le llevaré la traducción al profesor García, para que se le quite el enfado. Se lo merece.

En cuanto llegamos a un claro, nos sentamos en el suelo, cogidos de las manos. Lucía cierra los ojos y respira hondo. Tiram la imita, sonriendo.

Espero que no les pase nada, pero si ella prefiere asumir el riesgo a quedarse aquí esperando, poco puedo hacer sin que nos enfademos. La entiendo. La respeto. Aunque sé que si le pasa algo me sentiré culpable el resto de mi vida.

En fin…

Voy a dejar de pensar en eso que, si no, no me concentro.

Respiro. Bajo mis pulsaciones.

Pienso en la fecha a la que quiero ir; es fácil poque ya he estado allí y se queda grabada a fuego.

Noto las manos de ambos.

El calor vuelve a recorrerme el cuerpo, acompañado de una luz un poco más intensa que de costumbre.

Debe de ser porque vamos tres.

El calor aumenta.

La luz también.

Lucía aprieta mi mano para que no la suelte por el camino.

Hago lo mismo con la de Tiram. Y entonces siento que empieza el viaje. Comenzamos a volar, la luz desaparece y surfeamos el tiempo en la más absoluta oscuridad.