El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 72
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Capítulo 72

Librería de don Emilio

El día acababa de comenzar para don Emilio. Hoy ha abierto más tarde de lo normal, ya que las circunstancias de la noche anterior han sobresaltado su espíritu, normalmente relajado, lo que le ha hecho conciliar el sueño horas más tarde de lo habitual.

Está sentado en uno de los dos sofás individuales que tiene en un rincón de la tienda, junto a un mueble repleto de libros de segunda mano.

Siempre que no hay clientes y no tiene nada que hacer, se sienta a descansar y a leer en paz.

Puede pasar horas seguidas sin moverse de aquel lugar. Un libro y un té. No necesita más.

Al poco tiempo, su inseparable amigo llama a la puerta.

Hoy la tiene cerrada con llave. No quiere sorpresas.

—Buenos días por la mañana —saluda don Alfonso, cruzando el salón con la ligereza de quien aún conserva algo de juventud. Se deja caer en el otro sofá. El bastón apenas ha rozado el suelo.

Don Emilio lo mira con el ceño fruncido.

—Te veo mejor de lo habitual —dice, con un deje de curiosidad.

—Y eso siempre es buena señal —responde don Alfonso con algo de alegría, cosa rara en él.

—¿A qué debemos semejante milagro? —pregunta su amigo—. Porque yo estoy que no me aguanto en pie.

—Yo estaría igual, amigo mío —contesta como si nada. Se recuesta antes de proseguir—. Al final decidí hacerle caso a la gran Rosa, que sabe más que nadie en esta ciudad, y tomé una de esas pastillitas mágicas que siempre me recomienda.

—Pues parece que te han ido bien —dice don Emilio, arqueando una ceja.

—Mágicas, ya te digo. Milagrosas, añadiría yo, más incluso que cualquier aparición mariana.

—Supongo que sabes que esas pastillitas, capaces de dormir a nuestra Rosa, y con eso ya te lo digo todo, no se consiguen, así como así —advierte don Emilio—. Te las ha de recetar un médico.

—Y por eso mismo ya tengo hora con el mío —informa don Alfonso con calma—. Quiero esas pastillas en mi botiquín antes de que acabe el día.

—Crean adicción —le recuerda su amigo mientras se acomoda en su sofá.

—Con lo poco que me queda en este mundo no me dará tiempo a ser adicto —protesta, haciendo un gesto amplio con la mano—. Mira si estoy mejor que prefiero una visita mensual al matasanos antes que arrastrarme con dolor cada día.

—¿Quieres un té? —pregunta Emilio, con la serenidad de siempre.

—Solo si le echas un chorro de anís. Ya sabes que demasiada agua me da flojera —contesta Alfonso justo en el instante en que la puerta se abre de nuevo.

Ambos giran la cabeza.

La puerta se cierra tras ella con un chasquido.

La mujer que entra se planta allí, desafiante.

La reconocen al instante. Es la misma que estuvo en la tienda de Quim y Félix, la que volvió de la mismísima muerte, según les contó Mario la noche anterior mientras cenaban.

Se quedan en silencio, sentados cada uno en su sofá, observándola.

Es evidente que aquella mujer no está bien de la cabeza. Sus ojos idos, nerviosos, recorren el local.

Busca algo, pero no saben qué es.

Los dos amigos se miran.

Sin necesidad de palabras, entienden que debe de haber un cable dañado en su mente. Y que ellos son un blanco fácil. Hoy no están armados, ni tienen cerca el interruptor de socorro que conecta con la relojería. Además, solo Octavi está dentro del local para ayudarles a salir de allí con vida.

—Bien, bien, bien… —susurra la mujer.

Se acerca a ellos despacio, blandiendo un cuchillo enorme en la mano. Señala primero a uno y luego al otro.

Sonríe con una malicia insana.

—¿Quién de los dos va a responder a mis preguntas?