Capítulo 71
Museo de Arqueología
Sevilla
Lucía se levanta a por una botella de agua que hay sobre una repisa cercana. Mientras tanto, el profesor sigue estudiando la página, susurrando palabras que no entiendo. Está en shock , atrapado en un torbellino que ahora mismo no nos incluye. Es como si el mundo se hubiera reducido al libro.
—Profesor, tenga un poco de agua —dice Lucía, acercándose.
Pero él no reacciona.
Es un disco rayado, prisionero de un bucle.
—¡Profesor! —grita ella, zarandeándolo.
Él parpadea, suelta la hoja como si quemara.
Coge el agua. Bebe.
Respira varias veces profundamente, como quien regresa de un sueño demasiado real. Vuelve a beber.
Está retornando al planeta Tierra.
—¿Se encuentra bien? —le pregunto.
—¿Cómo me voy a encontrar bien con… con esto? —Toca la hoja con la yema del dedo, casi con miedo—. Pero ¿tú te das cuenta de lo que has traído? ¿Comprendes lo que significa?
Lucía y yo nos miramos.
A ver, ya sabíamos que era importante, más que nada porque venía de quién venía, pero no que Alfredo iba a reaccionar así. Si lo llego a saber, lo preparo mentalmente.
—Hija mía, ¿qué sabes de la cultura tartésica?
Lucía piensa unos segundos.
—Lo básico que te enseñan en la carrera. Estaban en el suroeste de la Península Ibérica y zonas adyacentes —responde Lucía como si estuviera en un examen oral—. Que fue la primera gran sociedad protohistórica de la península.
El profesor asiente, le indica que continúe.
—Tuvieron su época de esplendor sobre los siglos VII I y VI I antes de Cristo, coincidiendo con el período orientalizante gracias a su contacto con los fenicios.
Lucía espera en silencio para ver si ha aprobado.
El profesor le hace señales para que continúe. Al parecer todavía no ha llegado a donde él quiere.
—Era una cultura muy rica en metales como oro, plata, cobre y estaño. Importaban cerámica y objetos de lujo.
—¿Y sobre su final? —quiere saber el profesor.
—Se piensa que evolucionaron hacia la cultura turdetana a partir del siglo V I antes de Cristo, coincidiendo con el declive de las principales ciudades fenicias. ¿Qué más quiere que le cuente?
—Te diré lo que no sabemos: Los tartesios tuvieron un alfabeto propio derivado del fenicio, con modificaciones locales y signos que podrían reflejar sonidos propios del tartésico, no presentes en fenicio.
Una escritura que no está totalmente descifrada, pero se la considera como la escritura más antigua de la Península —nos informa Alfredo, muy serio.
Nosotros asentimos.
Algo sabíamos ya de eso.
—¿Y sabéis por qué no está descifrada?
—Porque apenas hay escritos —respondo.
—Correcto. Un puñado de estelas incompletas, pedazos de textos breves y aislados. No hay ninguna piedra de Rosetta que nos permita compararlas. Nada.
Lucía lo mira y asiente.
—Esto es escritura tartésica. ¡Una hoja entera!
—suelta él de golpe, incapaz de contenerse—.
Quim, esto es un gran hallazgo —me dice Alfredo, cogiéndome de las manos y mirándome fijamente—.
Quizá este texto tan solo sean líneas sin importancia, no lo sé, podría ser la receta de una sopa de cebolla y ajos, pero da igual, es lo mejor que tenemos hasta ahora.
—Recuerdo que mi profesora decía que este pueblo ya tenía escritura mucho antes de la llegada de los fenicios —le dice Lucía.
—Como dijo Estrabón —digo yo, recordando lo que dijo mi padre.
—¡Exacto! —golpea la mesa.
Se toca la mano y pone cara de dolor.
Le ha dado muy fuerte.
Sonrío sin darme cuenta.
El pobre está histérico.
Su dedo golpea nervioso una palabra.
—¡Mirad aquí!
Nos acercamos.
Yo no tengo ni idea de lo que pone.
—No sé qué pone —dice Lucía.
Menos mal que no soy el único cafre.
—Tarsis —susurra Alfredo, alargando la última «s» como si pronunciara un nombre prohibido—. Tarsis…
—¿La Tarsis de la Biblia? —pregunto.
— Tarsis el ros olm —grita Tarim desde el otro lado de la sala, donde está jugando con una bola de papel.
Alfredo se da la vuelta de repente.
Nos mira muy serio.
—¿Qué ha dicho? —pregunta
—No le hagas caso, siempre está hablando solo —le digo. Aunque creo que él ha entendido lo que sea que ha dicho el niño gritón que no sabe estar calladito.
—Qué carajo… Acaba de hablar en fenicio.
Lucía me mira, preocupada.
—Acaba de decir: Tarsis el ros olm. Tarsis, la que es capital del mundo.
Nos miramos sin decir nada.
—Quim…
—Alfredo…
—Quim, ¿qué está pasando aquí?
—No te lo puedo explicar ahora mismo.
Su semblante cambia. Está muy serio.
Ofendido.
—Está bien, lo entiendo —murmura al cabo de unos segundos.
Ni de coña lo entiende.
Empuja la hoja hacia mí y se recuesta en su silla.
—Lo siento, amigo, pero hoy no puedo contarte nada. Quizás otro día.
Me pongo en pie y Lucía me imita.
Le hago señales para que nos vayamos.
—Gracias por la daga, Alfredo. Te debo una muy gorda.
Me hace un gesto con la mano para que me vaya.
Sabe que no le debo nada, al contrario, pero entiendo que esté ofuscado ante la impotencia de no conocer toda la verdad. Antes de que le dé tiempo a hacer más preguntas, salimos los tres del museo sin mirar atrás.
No hemos averiguado nada nuevo sobre el texto, pero al menos tengo la daga con la que puedo quitar de en medio a la nueva dueña del colgante.