El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 69
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Capítulo 69

Aeropuerto de Sevilla

Acabamos de salir del aeropuerto. Víctor ha puesto en el navegador nuestra primera parada: el Museo Arqueológico de Sevilla. El viaje ha ido bien, sin contratiempos. El día es soleado y algo me dice que todo nos irá genial.

Lucía me da con una bolsa. Sonríe. Me fijo en el nombre y comprendo que, en algún momento, ha ido a comprar uno de esos donuts que tanto me gustan.

Por el retrovisor veo la mirada cómplice de Víctor que me dice: «dale las gracias y mímala un poco porque no vas a encontrar a otra que aguante lo que sea que haces por ahí vestido con esas pintas tan raras que sueles llevar».

Oído cocina.

—Muchas gracias —le digo a Lucía.

Ella se encoge de hombros.

—¿Quieres venirte en el próximo salto? —le susurro.

Abre los ojos al máximo. Esto no se lo esperaba.

Yo tampoco, la verdad.

Las palabras han salido casi sin darme cuenta.

Mi corazón ha hablado sin pedir permiso a mi cabeza. El amor ha provocado innumerables conflictos a lo largo de la historia, no tantos como las religiones, pero los suficientes para recordarnos que el corazón nunca debería imponerse a la razón.

—Solo si lo deseas de verdad —contesta.

—Viaje juntos —dice Tiram, atento a lo que hablamos.

Bueno, ya no hay vuelta atrás.

Cualquiera le dice ahora que no, que lo he dicho sin pensar y que se olvide del tema. Me mata.

Literalmente hablando, me mata.

—Quiero estar contigo. Siempre. Y si para eso tengo que llevarte de paquete en cada viaje, así lo haré —le digo en voz baja para que Víctor no lo escuche.

De perdidos al río.

Al menos que me sirva para estar bien con ella.

Llámame calzonazos si quieres, pero he tardado mucho en conquistarla como para perderla en la primera batalla. Víctor tiene razón, he de cuidarla y mimarla. Se lo merece.

—No voy a dejar de quererte porque no me lleves —me susurra al oído—. Recuerda que ya te quería antes de saber tu secreto.

Me da un beso acompañado de una de sus sonrisas.

Menos mal que ella dio el primer paso, sino aún seguiría estando más solo que la una.

Los besos que perdí por no saber decir «te necesito».

—¿Crees que tu amigo el profesor sabrá descifrar esa hoja tan extraña? —pregunta.

—No tengo ni idea. Eso espero.

—¿Cuál es su especialidad? Porque si dos historiadores vamos hasta Sevilla para reunirnos con este tipo, debe de ser porque tiene algo más de particular.

—Es un experto mundial en analizar metales antiguos. Pero también sabe mucho sobre las culturas del sur de la Península.

—Vaya pandilla de frikis que estamos hechos.

Cuánta razón tiene.

—Llegamos en veinte minutos —avisa Víctor.

Madre mía, el tiempo ha pasado volando.

—Será mejor que te cambies de ropa —indica Lucía con acierto, a la vez que señala hacia mi cuerpo serrano.

Mientras Víctor sigue conduciendo, paso a la parte trasera de la furgoneta y me coloco la barba y el bigote. No quiero sorpresas desagradables y menos yendo con Lucía.

Víctor aparca cerca de la puerta el tiempo suficiente para que podamos bajar. Como siempre, se quedará alerta y estacionado no muy lejos de aquí. Lucía observa el edificio. Hace mucho calor a pesar de ser mayo. Este año el verano se adelantará. Otra vez más.

Al entrar notamos una suave bajada de temperatura.

El interior tiene ese olor inconfundible de los lugares donde el tiempo parece detenerse: pergamino, madera antigua y un leve rastro de humedad en la piedra.

Huele a museo de historia. Ya sé que este olor no existe, pero deberían darlo de alta en el apartado de olores.

No veo al profesor por la sala, así que caminamos hacia la garita de información para preguntar por él.

—Buenos días —saludo al chico que nos atiende—. Hemos venido a ver al doctor Alfredo García. Nos está esperando. Me llamo Quim Mora.

El joven sonríe con cortesía. Echa un vistazo a una libreta que tiene sobre la mesa y comprueba que mi nombre coincide con el que tiene apuntado.

—Enseguida le aviso —dice. Levanta el teléfono y marca una extensión. Espera un par de segundos—. Doctor García, la cita que estaba esperando ha llegado.

Asiente sin decir nada y cuelga.

—Pueden esperarlo en la sala del fondo, a la derecha.

—Muchas gracias —decimos Lucía y yo antes de caminar hacia donde nos ha indicado.

Tiram anda despistado mirando las vitrinas y las estanterías, nosotros también, por supuesto, porque ninguno de los dos puede pasar por delante de ellas y no echarles un ojo.

O dos. Aquí hay material para pasar horas y más horas.

Apenas hemos esperado un par de minutos cuando se abre una puerta al fondo. Por ella aparece un hombre algo más bajo que yo, delgado, con barba blanca, gafas redondas y cara de buena persona. Es él.

—¿Quim? —pregunta.

—El mismo —le digo.

—¿Qué te ha pasado en la cara, amigo mío? Cuanto pelo, por el amor de Dios.

Dicho esto, me abraza con ganas.

Me mira con cariño.

—Si tardas un poco más en volver a Sevilla me pillas jubilado.

Se queda mirando a Lucía y al chaval.

—Alfredo García —se presenta.

—Lucía Folch. Es un placer conocerlo, doctor.

—Alfredo, por favor. Solo aquí me llaman doctor. Me gusta mucho más el término profesor, pero entre colegas, mejor nos llamamos por el nombre —sonríe con sinceridad.

—¡Tiram! —dice sonriendo con la mano extendida.

Alfredo lo mira, extrañado.

—Es extranjero, no habla muy bien nuestro idioma.

—Este lugar es fantástico —dice Lucía.

Alfredo mira la carpeta que llevo y, como buen sabueso de la historia, intuye que es algo importante. Pero no dice nada, solo nos hace señales para que lo sigamos.

Abre una puerta tras teclear su código y entramos en lo que parece una sala de estudio. Es amplia. Las luces son blancas y le dan al lugar una paz especial. Está todo muy bien ordenado, muy limpio. Lo seguimos hasta su mesa y nos invita a sentarnos.

Tiram va a su rollo, paseando por la sala.

Lucía no deja de mirar la estancia. Está flipando.

Ya le gustaría tener un sitio así para ella sola y poder manipular todo lo que intuye que esconde el profesor. Si supiera lo que hay en mi cripta le daría algo. Y si viera lo que guardo en mi lugar secreto, en otro tiempo, en otra vida, se infartaría.

El profesor se levanta y va hasta un armario enorme que ocupa toda la pared, un depósito de muestras con cientos de cajones de diferentes tamaños. Abre uno, levanta una bandeja, mete la mano y saca algo. Lo trae como si portara el mayor de los tesoros.

Deja el trapo sobre un tapete oscuro y acolchado que descansa en el centro de la mesa. Lo abre y la daga queda a la vista. Los tres la miramos. Es bonita, pero no tiene demasiado de especial… a menos que conozcas su historia.

—Le prometí a un inspector de la policía que aquí estaría a salvo —dice el profesor—, pero yo sé que tú llevas tiempo buscando algo así.

—¿Qué le dirá al inspector? —pregunta Lucía.

—Nada. No se enterará —sonríe con picardía.

Abre un cajón de su mesa y saca un cuchillo muy parecido. Es de otra época, pero el color es bastante similar.

—He pedido unas pruebas que, por supuesto, no serán las mismas que lleguen a la policía. Cuando se las muestre ya habrán pasado dos meses como poco. Si lo puedo estirar más, así lo haré. No sabrá diferenciar uno de otro.

—Es usted un pillo —dice Lucía.

—¡Pillo pillo! —repite Tiram.

El profesor lo mira y sonríe.

—Por mi amigo Quim hago lo que sea. No sabes tú, hija mía, la cantidad de objetos que están expuestos en esas vitrinas de ahí fuera y que han sido donados por este hombre.

Y sin pedir nada a cambio —me mira con el mismo cariño que un abuelo a su nieto.

Nos conocemos desde hace muchos años, tantos que él era joven y lozano—.

Este pequeño favor no se puede comparar con todos los que me ha hecho.

—¿Qué me puedes contar de la daga? —pregunto.

—Poco, la verdad, porque las pruebas que he pedido tardarán tiempo —dice ajustándose las gafas—. Pero sí puedo asegurarte que este metal es el mismo que ya me trajiste, ¿te acuerdas?

—Por supuesto. Cómo olvidarlo.

Lucía nos mira, esperando una aclaración.

—Encontré una reliquia en la desembocadura del Guadalquivir que no supe identificar —le explico.

—¿Todavía la tienes? —pregunta, sonríe maliciosamente y se frota las manos—. Me encantaría volver a analizarla.

—La tengo a buen recaudo —le contesto.

En un lugar lejano y al que solo puedo acceder yo.

—Una pieza preciosa. Un collar tallado con una maestría exquisita.

Del mismo material —el profesor acaricia la daga con mimo—.

Deduje que pertenecía a la cultura tartésica y, según los análisis que le hicieron hasta en tres ocasiones, arrojó una antigüedad que, por supuesto, marcamos como imposible.

—¿Cuál era? —pregunta Lucía.

—Alrededor de veinte mil años —susurra el profesor, como si fuera un pecado mortal.

Los ojos de Lucía se abren al máximo y me mira, esperando que yo diga que eso no puede ser. Pero no digo nada.

—No dijeron que fuera un error, sino que se debía a que era material procedente de un meteorito —matizo—. Lo que sí afirmaron es que…

—Que había sido tallado con métodos tan modernos que no podía tener más de un lustro —termina el profesor—.

Y de eso hace veinte años. Pero si lo vieras, te darías cuenta de que ningún maestro joyero sería capaz de fabricar ese collar con sierras de diamante ni fresas de carburo de tungsteno, que era lo que se usaba en aquella época.

—Bueno, no sé…

—¡Imposible! —exclama, ante mi sorpresa—. Y tú sí lo sabes muy bien. Otra cosa es que no quieras admitirlo, hecho que entiendo perfectamente, pero a mí no me puedes negar que ese objeto está fuera de su tiempo, sin lugar a duda.

—Y lo dice usted, que es profesor de historia —indica Lucía, asintiendo.

—Y especialista en paleometalurgia, no lo olvide usted, señorita —añade, mirando por encima de sus gafas redondas, con una sonrisa amplia—. Tutéame, por favor —le susurra.

Me mira, entorna los ojos y asiente.

—Cuando estés preparado para contarme lo que sabes, yo estaré dispuesto a escucharte, viejo amigo. Pero no tardes mucho, que ya hace tiempo que le di la vuelta al jamón.

Para cambiar de tema, envuelvo la daga en el paño donde estaba y se la paso a Lucía para que la guarde en su bolso. Acto seguido, pongo la hoja que he traído sobre la mesa. Al instante, sus ojos se posan en ella y se olvida de todo lo anterior.

Lucía me guiña un ojo.

—Veamos qué me has traído —dice frotándose las manos, feliz por poder vivir estos momentos que lo sacan de la rutina.

—Es una copia de una lámina de oro. Intuyo que es antigua, pero no sabemos cuánto —digo mientras él la examina.

—Leer una fotocopia en color no es lo mismo que tocar la original, como bien sabes —me regaña.

—Lo sé, pero es tan valiosa que no puedo permitirme el lujo de ir por ahí con ella —le digo. Lo entiende, seguro.

—Tú dices que es de oro —susurra—. Por la copia, más bien parece escrito sobre un pergamino hecho de piel de plátanos maduros.

Está mosca porque no le he traído la original.

Vuelvo a ver los garabatos que no entiendo.

El profesor la observa con una lupa que ha sacado del cajón. De arriba abajo y viceversa. Emite un sonido gutural parecido a una tos repentina.

Me fijo mejor y veo que deja de respirar.

Levanta la mirada y me clava sus ojos, esperando una explicación. No sé qué decirle, claro está.

No le puedo contar que me la entregó el anticuario de Triana, que era un tipo que había vivido más años que Matusalén. Le daría un infarto aquí mismo.

—Quim…

Apenas es un susurro.

—Profesor…, ¿está bien? —quiere saber Lucía.

Asiente sin abrir la boca.

—¿Ha reconocido la escritura? —pregunta Lucía, angustiada. Sospecha, como yo, que le va a dar un síncope en cualquier momento—. Nosotros no la conocemos.

—Sí, pero no sé leerla —susurra—. Es tartésico —contesta antes de echarse las manos a la cabeza y cerrar los ojos—. No puede ser. No puede ser…