El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 68
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Capítulo 68

Roma

Dos hombres vestidos con trajes oscuros avanzan con paso rápido por los pasillos de la sede principal de Roma.

Cada uno lleva un maletín en la mano. No hablan ni se miran; la urgencia pesa más que las palabras.

La luz del día entra por los grandes ventanales e ilumina un suelo blanco y brillante.

Suben la escalera central pisando la moqueta roja que la recorre.

Los pasamanos, de mármol labrado a mano, brillan con un tono pálido que recuerda a antiguas reliquias.

Toda la escalinata parece conducir a un lugar sagrado.

Al llegar al segundo piso giran a la derecha y se detienen frente a la primera puerta, custodiada por dos hombres armados que montan guardia las veinticuatro horas del día.

—Venimos a ver al Sommo —dice uno de ellos, en italiano, con voz controlada.

—Nos está esperando —responde el otro—. Es urgente.

Los guardias se apartan sin más.

Apenas la puerta se cierra, aparece Azarías ben Levi, el actual Sumo Sacerdote de la familia.

Está sentado tras su escritorio, inmóvil, como si llevara allí desde antes del amanecer.

La estancia parece suspendida entre siglos.

Un tenue olor a incienso apagado y pergamino antiguo se mezcla con la humedad que ha dejado la noche.

Es un aroma que parece filtrarse desde otro tiempo.

La luz entra oblicua por un ventanal orientado al este, encendiendo en el aire partículas de polvo que flotan con gravedad ritual. Caen lentamente sobre el suelo de piedra pulida, frío al tacto y suavemente desgastado por generaciones de pasos silenciosos.

El despacho es amplio, sobrio, deliberadamente austero.

En las paredes cuelgan rollos antiguos, algunos protegidos por vitrinas de cristal, otros expuestos como trofeos de conocimiento.

Entre ellos se ven inscripciones hebreas, sellos de cera y símbolos levíticos cuyo significado solo la familia domina.

A un lado, una mesa de madera oscura y perfectamente ordenada sostiene una lámpara de aceite que todavía huele a mecha recién apagada. Detrás, dos armarios altos descansan cerrados con llaves casi milenarias. Dentro guardan documentos, genealogías y secretos que no soportan la luz del sol.

Su Eminencia hace un gesto para que se acerquen.

Los dos hombres avanzan con rapidez y toman asiento frente a él. El rostro del Sumo Sacerdote está tallado en la calma de la autoridad absoluta.

—¿Y bien? —pregunta.

Los hombres intercambian una mirada. El silencio se espesa hasta que el más veterano toma la palabra.

—Hemos encontrado algo, Eminencia.

Abren sus maletines y extienden varias copias a color sobre la mesa. Los originales, manuscritos de valor incalculable, jamás abandonan la sala donde llevan habitando siglos, incluso milenios, que se halla oculta bajo la biblioteca.

El Sommo se inclina para observarlas.

—Hemos hallado información sobre el medallón del que nos habló —explica el más joven mientras su compañero ordena los papeles—. Sus orígenes están registrados en los primeros escritos de nuestra biblioteca.

—¿Tan antiguo es? —pregunta con voz firme.

—Más antiguo que cualquier cosa que hayamos estudiado hasta hoy —confirma el joven bibliotecario.

Señala una ilustración.

—Según los textos, el medallón está hecho de una extraña aleación de metales, algunos de ellos desconocidos.

Creemos que pudieron tallarlo con los restos de un meteorito.

Tiene un disco circular de un šu-du de diámetro, unos seis centímetros.

El metal presenta distintos tonos de azul y parece absorber la luz en lugar de reflejarla.

En su interior alberga una piedra azul, tallada en forma de ojo.

El Sommo examina un boceto del colgante y se fija en los diminutos signos grabados en el borde.

—¿Son inscripciones?

—Así es, Excelencia —responde el joven—. Una mezcla de escritura cuneiforme y antiguos glifos solares. Creemos que hacen referencia a uno de los siete Apkallu, muy posiblemente Utuabzu.

El hombre levanta la mirada.

Su rostro es como una máscara de mármol.

—¿Estamos hablando del Ojo de Atlas?

La pregunta reverbera en la sala como un eco de otro mundo y se pierde entre objetos centenarios.

—Creemos que sí, Eminencia —responde el veterano.

Azarías ben Levi niega despacio y se recuesta en su sillón. Gira la vista hacia el ventanal. A través de él se distingue el cauce del Tíber, que serpentea a solo una calle de distancia. Más allá, los tejados de Trastévere.

—La leyenda dice que otorga la inmortalidad —se atreve a decir el joven, en un susurro reverente—. Quien lo porta no envejece ni muere por causas naturales. Solo un arma forjada con el mismo metal primordial puede acabar con su vida.

—Hubiera jurado que era solo un mito —musita el Sommo sin darse cuenta, con la mirada perdida en la ciudad.

Los dos hombres se inquietan. Por primera vez perciben en su rostro una sombra de temor.

—Hemos buscado información sobre ese metal —continúa el veterano—. Otra vez más, solo aparece en los manuscritos más antiguos en forma de historias transmitidas oralmente, de generación en generación.

—Ve al grano —ordena.

—Cuentan que ese material surgió en los albores de la civilización. Fue forjado por Zeus para Atlas, con el fin de otorgarle la fuerza necesaria para sostener los cielos sobre sus hombros y separar así el cielo de la tierra.

—No puede ser —bufa Azarías—. No son más que cuentos creados para tergiversar la verdad.

Tras unos segundos de silencio, el joven interviene, incapaz de contener su entusiasmo:

—Hay textos que afirman que la luz del sol es su fuente de poder. Que otorga resistencia, paciencia, fuerza y que puede repeler a criaturas sobrenaturales. También cuentan que su uso puede saturar la mente mortal, causar alucinaciones y locura temporal que puede provocar el sueño eterno.

El Sommo niega de nuevo, más lento esta vez.

—Demasiadas leyendas. Demasiados peligros. No creo en estas fábulas, pero da igual… Si Ruth lo busca, es por algo y no voy a quedarme de brazos cruzados —dice, midiendo el peso de cada palabra—. Vigiladla de cerca. Si consigue ese objeto, quiero verlo sobre mi mesa ese mismo día.

Los hombres se levantan, hacen una reverencia y abandonan el despacho.

Azarías ben Levi vuelve la mirada hacia el Tíber, cuyas aguas fluyen desde mucho antes de que cualquiera de ellos existiera.