El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 67
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Capítulo 67

Tienda de Mario

Nadia enciende su linterna y un pequeño círculo de luz trepa por una de las paredes.

No es muy potente, pero suficiente para iluminar parte del interior de la tienda.

Antes de dar un solo paso observa el local con cautela.

Hay más rincones de los que imaginaba, está repleto de sombras donde algo podría esconderse.

El aire huele a polvo viejo y un exceso de humedad hace que sienta un frío repentino.

Sobre el mostrador principal distingue una pila de papeles. Los revisa por encima. Nada útil.

No tiene muy claro lo que busca. Todavía no entiende por qué el anticuario de Triana contactó con ellos a través de su ayudante, pero sin duda era importante.

Debe encontrar el colgante y la daga en menos de doce horas o esconderse para siempre.

Quizás ellos tienen la información que necesita.

Es la mejor pista hasta que su equipo averigüe el paradero de la rubia que le robó su colgante.

Empieza a revolver la tienda. Hay demasiados trastos; apenas puede moverse entre los mostradores. El olor a metal oxidado invade cada rincón. Lo siente en su boca. Le gusta, le recuerda al sabor de la sangre.

Baja al piso de abajo.

Allí la situación es todavía peor. Hay montones de cajas apiladas que apenas le dejan avanzar sin que alguna caiga al suelo entre ruidos de cachivaches rotos.

Sus pulsaciones se aceleran.

Sin darse cuenta, empieza a patear las cajas que encuentra a su paso.

Los puntapiés se mezclan con empujones que derriban torres enteras de paquetes de colores.

Libros viejos vuelan por los aires y la quincalla metálica hace que la tienda se llene de ecos agudos, rebotando entre las paredes como si quisieran escapar. No le importa el ruido.

Abre un armario abarrotado y, en cuanto la puerta cede, el contenido sale despedido como si necesitara aire.

Frunce el ceño, conteniendo un gruñido. Se acerca a la caja registradora y la abre.

No quiere el dinero, pero su visita y las huellas de su paso por la tienda deben parecer un robo cualquiera.

Apenas hay cuarenta euros. Se los guarda en el bolsillo.

Antes de irse, ve unas hojas garabateadas junto a la caja. Esta vez se detiene. Hay un dibujo que le llama la atención. Es el boceto del colgante que le robaron. Está rodeado de anotaciones con una letra casi imposible de descifrar.

Dobla la hoja y se la guarda.

Apaga la linterna y pega la oreja a la puerta.

Silencio.

Cuando está segura, abre y sale. Cierra con cuidado, sin hacer ruido. La calle está vacía. Avanza hacia la plaza del Rey. Al pasar frente al bar, ve a sus objetivos cenando tranquilos. Aprieta los dientes. Al llegar a la tienda de Quim, se detiene.

Le encantaría entrar, pero ya comprobó que el sistema de alarma es de los buenos. Y seguro que desde la última vez lo han reforzado. Algo huele mal en ese lugar, está segura de que en el interior de este local hay más chicha de la que dejan ver.

Esa gente es rara. Muy rara.

Da media vuelta y comprueba de nuevo que siguen cenando. Pasa con disimulo y se planta frente a la librería de don Emilio. La persiana está bajada y cerrada con un candado enorme. Se agacha y lo examina. Puede abrirlo. Saca sus herramientas y comienza a trabajar.

A los pocos segundos se oye un clic.

El candado cede.

Levanta ligeramente la persiana y se cuela.

La baja tras ella y enciende la linterna.

El interior está mucho más ordenado y limpio que la tienda anterior.

Huele a papel viejo y a tinta seca. Aquí hace mucho más calor que en la calle.

Se acerca al mostrador y encuentra documentos escritos en un idioma que no reconoce.

Antes de bajar al sótano, escucha algo.

Se aproxima a la puerta y presta atención tras la persiana bajada. Voces de varios hombres. Uno de ellos es el que le partió el cuello. El pulso se le dispara. Siente sudor frío en las palmas.

Abren la puerta de la tienda en la que ella ha estado hace unos minutos. Al cabo de un par de segundos escucha voces enfadadas, insultos, golpes. Se imagina la escena.

Esto no acabará bien.

—No debe andar muy lejos —dice uno de ellos.

Está en la calle.

—Alguien ha abierto el cerrojo de mi librería —protesta uno de los viejos, justo al otro lado de la persiana.

Nadia se planta ante la puerta y se prepara para correr.

La luz de la calle empieza a filtrarse por debajo en cuanto se levanta un palmo.

Se coloca el gorro y el pasamontañas. La persiana se eleva un poco más.

Ya consigue ver los pies de varios hombres.

En cuanto llega a la altura de su pecho, antes de que reaccionen, se desliza por debajo y sale disparada, llega a la esquina, gira y continúa corriendo hasta perderse entre los callejones oscuros del centro de la ciudad.

—¡La madre que lo parió! ¡Casi me mata del susto! —protesta don Alfonso, llevándose la mano al pecho.

Don Emilio acaba de levantar la persiana del todo.

Entran en la tienda y enciende la luz.

Todo parece estar en su lugar.

Se acerca a la caja y la abre. El dinero sigue allí.

Mira la caja fuerte que tiene junto al mostrador y comprueba que está cerrada y sin forzar.

—No le ha dado tiempo de nada —confirma don Emilio.

—Creo que era la mujer del medallón —dice Mario.

Félix apenas ha podido ver una figura menuda y oscura corriendo como si la persiguiera el demonio.

—¿Estás seguro? —le pregunta su hermano.

—Era ella, Félix… sin duda era ella —susurra—. Está claro que no murió en el incendio.