El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 66
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Capítulo 66

Bar de Rosa

Como si la naturaleza los llamara, el bar de Rosa se llena de gente a la hora de la cena.

Cuando Félix entra, Mario ya está sentado junto a don Emilio.

Charlan entre susurros velados para que la gente que los rodea no se entere de nada.

Félix saluda a su hermana, que lo mira de reojo.

En un par de segundos lo ha estudiado a fondo y no ha visto cambios desde la tarde. Se sienta junto a su hermano.

Antes de que pueda decir ni hola, don Alfonso entra en el bar.

Como siempre, se detiene tras la puerta y hace un barrido general para ver quién hay en el local.

Es una manía muy antigua que nadie le va a quitar.

Él jura que así detectó a más de un secreta en tiempos de la dictadura, hecho que le salvó de recibir alguna que otra paliza.

—Buenas noches —saluda al sentarse.

Le cuesta. Hoy parece que la espalda le duele.

—Ya no tienes edad para estas aventuras —le dice su amigo, mientras le ayuda separando la silla de la mesa.

Rosa se acerca sin hacer ruido.

—Si quieres te puedo pasar una de mis pastillitas para dormir. Esas te quitan hasta el hambre —le dice, mientras le coloca el bastón bien recto para que no se caiga.

—Lo que deberías hacer es ir al médico —le aconseja Félix, sabedor de que don Alfonso no los visita muy a menudo.

—Calla, calla… Vas a la clínica con esperanza, como quien va a misa y sales igual, con más dolor y menos dinero.

—Tienes cosas de viejo —señala Rosa, libreta en mano.

—¿Qué tenemos de cena, sister ? —pregunta Mario.

—Plato único: sopa de galets con pelota.

—Pues eso mismo —dicen don Emilio y Mario.

—Me encanta. Tu sopa está de rechupete —apunta Félix.

—¿Y tú, alma de cántaro? —le dice a don Alfonso.

—Pues qué voy a querer, Rosa de mi vida, si no hay nada más para elegir habrá que conformarse con lo que hay —refunfuña en voz baja.

—Así me gusta —contesta Rosa antes de marcharse.

—Un solo plato. Como en los tiempos de guerra —protesta de nuevo, esta vez más bajo para que ella no le escuche.

—¿Habéis podido averiguar algo nuevo? —quiere saber Félix—. Yo sigo clavado en ese texto indescifrable.

Félix había pasado media tarde investigando. Y si algo le quedó claro fue que el anticuario había vivido demasiado tiempo… y en demasiadas culturas.

—Nada de nada. Ninguno de mis contactos ha oído hablar ni de la daga ni del collar —indica Mario.

—Yo tampoco he podido hallar ninguna información sobre ellos. No hay libro en mi tienda que hable una sola palabra de esos objetos tan escurridizos.

Los tres miran a don Alfonso.

—El dolor de espalda ha sido tal que he tenido que echarme una siesta estratégica para poder acompañaros en este instante en plenitud de espíritu, que es la única parte de mí que no sufre de artrosis severa —les dice muy serio.

Al otro lado de la calle, Nadia sigue a la espera.

No se cansa de observar ni tiene prisa por actuar.

Solo espera al momento indicado.

Desde su posición ve como un chaval joven cierra la relojería. Era el único local abierto de la calle, además del bar.

Espera unos minutos.

Se acerca con disimulo, asegurándose de que no haya nadie mirando, y fuerza la cerradura de la tienda de Mario.

No tarda demasiado en hacerlo porque no es de las buenas.

Abre la puerta de madera de la tienda, que tiene más años que nadie en el barrio, y entra en menos de un segundo.