El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 65
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Capítulo 65

Casa de Ruth

En la zona alta de Barcelona, cerca de la avenida del Tibidabo, se extiende una de las áreas residenciales más tranquilas de la Ciudad Condal. En una de sus muchas casas, protegida por muros y rodeada de frondosos árboles que garantizan privacidad, vive Ruth Leviym.

Su hogar es una vivienda de tres plantas, rodeada por un pequeño terreno privado, un remanso de paz donde se siente a gusto después de sus duras jornadas de trabajo. Entre los árboles y las palmeras de su jardín descansa una piscina climatizada que utiliza a diario.

Ha probado innumerables técnicas de relajación y meditación, pero ninguna le funciona tan bien como nadar, brazada tras brazada, llegar al borde y volver a empezar, sin dejar que su mente tome el control. Ella decide qué pensar, cómo y cuándo. Porque ella es quien manda.

Ahora, mientras avanza por el agua, repasa mentalmente todo lo ocurrido durante ese extraño día. Es consciente de cuánto ha cambiado su vida por un golpe de suerte que nadie podía prever.

Los hermanos Mora y la mujer del colgante han muerto calcinados. No le inquieta en absoluto el papeleo que habrá que gestionar sobre ellos. Estaban de visita y el fuego los atrapó. Mala suerte. Punto.

Instintivamente se acaricia el cuello y nota el medallón pegado a la piel. No se lo ha quitado ni para nadar. Sabiendo que ese colgante concede la inmortalidad a quien lo porta, tiene claro que jamás se lo quitará.

Pero necesita averiguar más sobre él. Y solo existe una fuente a la que puede recurrir, aunque deberá actuar con extremo cuidado. Nadie debe saber que lo tiene. Es su tesoro más preciado, y no existe alma en el mundo capaz de arrebatárselo.

Al llegar al borde de la piscina, se detiene.

Respira varias veces hasta recuperar un ritmo normal.

Sale del agua y se envuelve en un albornoz.

Está sola, como siempre que está en casa. No quiere a nadie a su alrededor, ni ayudantes ni personal de servicio. En su hogar, la soledad es su mejor compañera.

Mira el móvil. Ve varias llamadas perdidas y decenas de mensajes urgentes. Nada nuevo.

No le importan.

Solo quiere más información que le aclare la naturaleza de su colgante y, sobre todo, sobre esa dichosa daga que, según ha descubierto, es la única forma en la que podría morir ahora.

Si alguien puede saber algo sobre esos objetos es el Sommo, la persona más importante de su ancestral familia. Lo que equivaldría al papa de Roma para los cristianos. Al Gran Muftí para los musulmanes. Al Gran Rabino para los judíos. O al mismísimo Dalái Lama para los budistas.

Y si él no conoce la respuesta, sus archivos sin duda sí.

La verdadera historia del hombre está escrita en la mayor biblioteca privada del mundo, mucho más grande e importante que la del Vaticano.

En ella se encuentran los manuscritos que cuentan una realidad que solo unos pocos elegidos han podido leer. Y Ruth no está entre ellos.

Respira hondo antes de marcar, consciente de que está a punto de abrir una puerta que quizá no podrá cerrar nunca más.

— Pronto!

Al otro lado de la línea resuena una voz profunda repleta de autoridad, conocimiento y poder.

—Sommo… sono Ruth. Massimo tenía razón, el último Señor del Tiempo puede viajar de nuevo.

Deja que esa confirmación cale hondo.

Se oye una respiración pesada al otro lado.

Él ya lo sospechaba, por supuesto, por eso envió a Massimo en su nombre, pero es una introducción antes de preparar el terreno para lo que realmente le interesa.

Acto seguido, Ruth le envía una foto.

—Buscaba este collar de la foto —le suelta intentando que no se noten los nervios de la mentira—. También va tras una daga del mismo color azul. Necesitamos averiguar para qué son y dónde pueden estar. Estoy segura de que en los libros de la familia encontraremos la respuesta.