Capítulo 64
Presente
Piso Franco
Tras la brillante luz llega la oscuridad y el silencio más absoluto, momento en el que estoy en el limbo del tiempo y del espacio, o eso creo.
En cuanto comienzo a sentir el peso de mi cuerpo sobre el mullido sofá, aparecen los ruidos y el resto de las sensaciones que me indican que el viaje ha finalizado.
Siento en mis manos el tacto de las de Lucía y Tiram. Se mueven. Están calientes. Parece ser que todo ha salido bien. Abro los ojos con el miedo típico del retorno, de no saber qué o a quién me voy a encontrar.
Todo sigue igual.
Es lo bueno de saltar desde tu propia casa secreta que nadie conoce ni visita, que todo está tal y como lo dejamos hace más de ciento veinticinco años para nosotros, un par de horas para el resto del mundo.
Lo primero que hace Lucía es ir a buscar sus recuerdos del viaje. Se pierde en una de las habitaciones y sale al cabo de un par de minutos. El chaval me mira y sonríe.
—Tengo hambre —me dice. Cada vez domina más nuestro idioma el tío. Es muy listo.
Por lo que he podido averiguar en todo este tiempo, es más joven de lo que pensaba.
No le echo más de catorce años, aunque aparenta ser más maduro y físicamente mayor.
Pero hay detalles como cuando nos coge la mano en la calle o se arrulla en el sofá junto a nosotros, que me indican que todavía es un chaval que necesita el contacto y el cariño.
—¡Los tengo y están intactos! —exclama desde la habitación de al lado. Y yo que me alegro.
—Te vas a hacer rica con dos bocetos de Picasso.
Me mira, seria.
—Ya te he dicho que no los pienso vender jamás.
—Como dice el relojero: nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre —le contesto.
Sonrío al recodarlo.
Los echo de menos. Espero que estén bien. No tardaremos en volver a verlos, en cuanto acabe lo que tengo pendiente de hacer me pasaré por el barrio.
—¿Dónde los puedo guardar para que estén a salvo?
—Lo mejor sería una caja de seguridad en un banco.
—¿Tienes alguna donde los pueda dejar?
—Sí. Pero no quiero visitar ningún lugar que ya haya visitado hasta que hayamos solucionado el tema de los ladrones de mentes y la asesina del colgante —le digo, sabiendo que esos tipejos me pueden estar buscando—. Déjalos donde estaban ocultos y cuando acabe todo esto los llevamos.
Me sabe mal, pero no le digo la verdad.
Yo lo tengo todo en sitios distintos. Muchas reliquias están en mi cripta; otras, las más importantes, están ocultas en el pasado bajo muchos metros de agua, donde nadie podrá encontrarlas nunca.
Para sacar esos objetos necesitarías ir al pasado, a un momento concreto de la historia en el que puedes acceder al lugar si es que sabes dónde está.
Me levanto del sofá y noto un poco de mareo.
No es nada grave, solo el esfuerzo de tener que viajar con paquete. En esta ocasión dos paquetes. Abro el cajón en el que dejé el móvil hace un par de horas en este tiempo.
Sigue apagado. Lo apagué tras la llamada de mi padre por si lograban rastrearme. No quería sorpresas. Ni las quiero, por eso no lo enciendo. En su lugar, pillo otro que tengo en el cajón de al lado. Uno de muchos que no están a mi nombre y que uso cuando la situación lo requiere.
Marco de memoria el teléfono de mi padre.
—¿Sí? —contesta mi padre.
—Hola, soy yo.
—¿Quim? ¿Qué tal estás? —su voz suena normal.
—Recuperado del todo. ¿Y tú?
—Bien. Estamos en la tienda de tu tío Mario. De momento no hemos averiguado nada nuevo.
—Voy a volver a Huelva para dejar al chaval y de paso ir a ver a Argantonio —le cuento para que sepa dónde estaré, quizás también para que me dé su visto bueno—. Antes pasaré a ver a un amigo, creo que sabe algo de la daga. Igual él puede traducir la lámina de oro.
—¿Tienes la copia? La dejé con tus cosas en la clínica.
—Sí, la tengo conmigo.
—Perfecto, hijo. Ten mucho cuidado, no te fíes de nadie. Ya sabes que hay gente vigilando que trabaja para los ladrones de mentes —me avisa con la voz pausada para que entienda la gravedad del asunto—. Y que, además, te conocen. No dudo de que te estarán esperando.
—No te preocupes —le tranquilizo.
—Te quiero, hijo.
Cuando cuelgo un escalofrío recorre mi espalda.
Eso nunca es bueno y menos en esta ocasión, que sé que todos ellos corren peligro.
Marco otro número de memoria.
—Dime —contesta Víctor.
—Estamos listos —le informo—. Dile a Peter que prepare el avión. Volvemos a Huelva lo antes posible, pero antes quiero hacer una parada en Sevilla.