Capítulo 62
Tras más de dos horas de vinos, pastas y charlas por fin nos podemos ir del bar.
La verdad es que han sido muy amables con nosotros, en especial con Tiram, que no ha dejado de comer en toda la tarde.
Lucía se ha sentido muy a gusto con mi tatarabuela lejana.
Le ha prometido que volverá a verla, o sea que ya sé que me tocará traerla de vuelta otra vez más.
Al salir notamos que la temperatura ha bajado bastante. Tiram no tiene frío, pero Lucía sí que se ha echado por encima la chaquetilla que llevaba.
Pasamos por delante de mi tienda y me detengo unos segundos. Apenas cambiará por fuera y eso me gusta. Las cosas antiguas se deben preservar por encima de todo.
Tiramos por el callejón que nos lleva hasta la parte trasera de la catedral y giramos a la derecha por Condes de Barcelona hasta salir a la plaza de la Catedral.
—En un mes o así ya plantarán aquí el Mercado de Santa Llúcia —me dice Lucía—. Podríamos quedarnos para verlo. En esta época debe de ser espectacular.
—No lo he visto nunca en el pasado, solo cuando iba con mi padre de niño. ¿Seguro que ya existe?
La verdad es que no tengo ni idea. Se refiere a un mercadillo navideño donde se venden todo tipo de figuras para belenes, árboles de navidad y cosas de esas.
—Sí, creo que se monta cada diciembre desde el año 1786 si no me equivoco —dice ella pensativa antes de seguir caminando.
Tiram va agarrado de su mano y no se separa de ella.
—¡Madre mía! —exclama Lucía al fijarse en la fachada de la catedral—. Cómo ha cambiado en tan poco tiempo.
Me fijo y entiendo lo que quiere decir.
—¡Mira! —me señala como si no lo hubiera visto ya más de mil veces en distintas épocas. La verdad es que he visto casi cómo se levantaba piedra a piedra—. La fachada de hoy es sobria, plana y muy medieval.
—Es porque la fachada neogótica que nosotros conocemos no se terminará hasta 1913 —le digo, aunque ella ya lo sabe, solo que no se esperaba poder verlo con sus propios ojos.
Mucho me temo, viendo lo que disfruta con estos viajes, que me voy a pasar media vida viajando con ella al pasado. Y debo decirte que no me parece nada mal, la verdad.
Al cabo de un rato de paseo sin prisas ni estreses, entre otras cosas porque no hay casi nadie en el centro de la ciudad, algo impensable para la gente de nuestro tiempo, llegamos al portal del piso franco.
—¿Estará Picasso? —me pregunta.
—No lo sé. En esta época Pablo vive a caballo entre Barcelona y París —le digo, aunque apenas me hace caso.
Lucía se asoma a la puerta de Els Quatre Gats.
Al cabo de unos segundos se gira sonriendo.
—Si que está —susurra mientras me hace gestos para que vaya a verlo—. Vamos, quiero hablar con él a ver si me hace un retrato.
—Lucía, Picasso hoy debe rondar los veinte años y debe de tener las hormonas por las nubes. Te va a hacer lo que quieras si se lo pides con tanto ímpetu, hija mía.
Dicho esto, veo que abre la puerta y se pierde en el interior. Nada, que no me escucha. Tiram se queda a mi lado. Me mira con cara de estar cansado y querer subir a casa.
—¡Sueño! —exclama.
Ya lo sabía yo.
Me quedo mirando la fachada de ladrillo visto de ese lugar tan clásico y mágico a la vez.
Un gran arco ojival de piedra marca la puerta principal, un rasgo de la arquitectura medieval reinterpretada por el modernismo.
Encima hay un rótulo pintado que dice «Els Quatre Gats», en letras algo decorativas, con la curiosa presencia de figuras de gatos estilizados.
A los lados, columnas esculpidas y detalles de hierro forjado que evocan formas vegetales como hojas, tallos y enredaderas, un sello del modernismo catalán tan en boga por estos años.
Noto como Tiram me agarra de la mano y me arrastra hacia el local. Creo que quiere que vayamos a buscar a Lucía. Subimos el escalón de la puerta y entramos.
El aroma a café se mezcla con el de sudor, tabaco y licores derramados en un suelo de madera que parece más vieja de lo que es. El murmullo de diferentes conversaciones nos llega en voz baja, acompañado de un humo que arranca las toses de Tiram.
Cada vez que entro aquí siento que este no es un bar corriente, sino un espacio cultural en el que se sirven licores. Una clase magistral donde artistas, literatos y soñadores se juntan para charlar bajo cuadros pintados a mano y una atmósfera de sana convivencia.
Desde una de las viejas mesas de madera oscura alguien me hace señales. Es Lucía, sentada entre Picasso y Ramon.
—¡Quim! Siéntate con nosotros —me dicen. Junto a ellos hay dos mujeres que no había visto nunca por aquí.
—Amigo Quim —me saluda Picasso al llegar a su altura. Se levanta y me estrecha la mano. En la otra lleva una copa de licor. A pesar de ser muy joven ya tiene una personalidad muy marcada —. Te presento a dos actrices italianas de gran fama por allí, que han recalado en la ciudad.
Las saludo y me siento junto a Lucía.
Ramon observa al chaval.
—No le pienso servir alcohol y la leche se nos ha acabado, así que tendrá que conformarse con mirar —me suelta sonriendo.
—A su edad tú ya te habías bebido hasta el agua de los floreros —le contesta Picasso con malicia—. ¿Qué nos cuentas de nuevo? —quiere saber. Se dirige a mí.
—Poca cosa. Mi amiga Lucía quería conocerte y la verdad es que no entiendo por qué —les suelto para romper el hielo.
Todos se echan a reír.
—Ya le he dicho que los niños de las Ramblas pintan mejor que tú, pero ella erre que erre en que quiere un retrato salido de tus manos. No sé por qué.
—¡Niño! —exclama dirigiéndose al camarero, que debe tener su misma edad o un poco más—. Tráete unos vinos más y papel y lápiz, que voy a dibujar.
Lucía sonríe como nunca.
—Para mí un anisete —indica Ramon.
Para el socio del limpia un carajillo.
Al cabo de unos minutos se sienta en la mesa un tipo mayor que el resto. Viste un poco más desaliñado que los clientes asiduos. Me mira y asiente.
—Don Quim, vuestra presencia es como el curso del río Guadiana; desaparecéis de la vista y, por la gracia de Dios, volvéis a manifestaros —me suelta mientras nos estrechamos la mano. Veo por el rabillo del ojo que Lucía no pierde detalle. Intuyo que no sabe quién es.
—Te quiero presentar a mi prometida —le digo ante una nueva sorpresa de Lucía al usar este adjetivo—. Lucía Folch, Antoni Gaudí, el mejor arquitecto y diseñador de la ciudad, del país y del mundo.
Veo como los ojos de ella se abren al máximo.
—Nadie lo diría por sus ropas, ¿verdad? —ríe Ramon, que lo conoce muy bien—. Te contaré que, la primera vez que intentó entrar, iba tan desaliñado que no le dejaron porque lo confundieron con un mendigo.
Gaudí niega con la cabeza.
Es algo más serio que el resto, quizá por su edad, que hoy debe andar cerca de los cincuenta si no me equivoco, pero, sobre todo, por su personalidad ermitaña acompañada de una profunda religiosidad.
—Los genios no necesitamos más que nuestra mente, ¿verdad que sí, amigo Antoni? —le dice Picasso mientras garabatea un papel del que solo levanta la vista para mirar a Lucía de vez en cuando.
La tarde pasa y se convierte en madrugada.
Los vinos dulces dan paso a licores más fuertes que al cabo de unos cuantos tragos ya me saben todos igual.
No sé qué hora es ni dónde está el chaval ni Lucía, solo sé que llevo un pedal del copón, que cada vez que me levanto para irme alguien me sienta de nuevo y me da de beber, y que Picasso no hace más que llamarme hermano, decirme que me quiere mucho y que tengo mucha suerte al estar con Lucía.