El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 61
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Capítulo 61

Tras una comilona casera y deliciosa que me ha sabido a gloria bendita, decidimos dar un paseo para bajar un poco la comida.

Lucía quiere ver la zona donde estará el museo en el que trabaja.

Tiene curiosidad por ver cuánto ha cambiado.

Volvemos por la bajada de San Miguel hasta el final y nos topamos con la calle de la Ciudad.

—Tampoco ha cambiado mucho —me dice Lucía mientras caminamos cogidos de la mano—. Me refiero a que las casas y los edificios son los mismos. Algunos sí que serán remodelados, pero reconozco cada uno de los rincones por los que hemos caminado.

—Cien años pasan muy rápido —le digo.

—Depende de la época en cien años cambia todo.

—En este último siglo este barrio apenas lo hará, sin embargo, el resto de la ciudad estará irreconocible.

Llegamos de nuevo a la plaza de la Constitución y enfilamos por la calle de la Libretería. Al bar de bocatas más famoso de esta calle todavía le queda medio siglo para ver la luz. En su lugar hay una especie de colmado que vende un poco de todo.

—Este pasaje sí que será distinto —me cuenta Lucía—. No quedará ni una de estas tiendas. Me gusta mucho más tal y como es ahora. Es auténtico. Una belleza.

¡Toma! Y a mí, no te fastidia.

Excepto por la pizzería que vende las porciones buenas y baratas, el resto de las tiendas, cutres y sin gusto, que solo están montadas para los turistas, me sobran. Y no porque sean para ellos, sino porque les falta identidad y estilo.

No entiendo cómo no existe una normativa que regule los locales en los espacios más emblemáticos de la ciudad. Deberían mantener cierta armonía estética y contribuir a integrarse con naturalidad en barrios que cuentan con siglos de historia.

Donde ahora hay una carnicería, mañana habrá una tienda con neones que vende fundas para móviles. Venga, hombre, no me jodas. Nadie sabe cómo sobreviven. Donde hoy hay un zapatero artesanal, mañana estará un supermercado feo y destartalado que abre veinticuatro horas durante todo el año.

—¡Mira qué curioso! —exclama Lucía—. Ese horno de pan sigue siendo una panadería en nuestro presente.

—Y esa bodega de la esquina también sigue siendo un bar.

—Es verdad —sonríe ella.

Llegamos a nuestra calle y giramos.

Lucía se detiene y observa desde la distancia.

Hoy es mucho más ancha porque lo que será la entrada principal del museo no existe todavía.

—No se llama calle del Veguer —me dice señalando hacia una placa en la pared de la derecha—. Plaza del Rey pone ahí.

Debajo del cartel, un local pequeño muestra decenas de canastos de mimbre y otros tipos de cestos artesanales. Al lado, hay una sombrerería. Enfrente una tienda que parece vender camisas. Hay un letrero que indica que hacen ropa a medida.

Seguimos caminando y llegamos a mi edificio.

Yo lo he visto muchas veces en este tiempo, pero Lucía no y está completamente absorta, mirando cada detalle.

—Hay una imprenta donde estará la librería de don Emilio. No me lo puedo creer —añade sonriendo—. La relojería de don Alfonso ya es un taller de relojeros —lee en el cartel.

—La tienda de mi tío Mario no ha cambiado, sigue igual de repleta de trastos viejos y antiguallas varias.

—Galería San Jordi —lee Lucía en un cartel pintado en azul sobre unas baldosas de cerámica blanca que están pegadas en la pared—. Pues sí, sigue estando igual.

—El bar de mi tía tampoco ha cambiado —le digo en cuanto llegamos a la puerta.

Ella sonríe.

—¿Y tu tienda? —pregunta señalando hacia la esquina en la que estará mi local.

—Hoy es una carnicería. En unos años será un colmado. Después pasará a ser una carpintería, más tarde mi abuelo lo usará un tiempo de almacén hasta que abra una panadería. Por último, como ya sabes, mi padre montará allí su tienda de antigüedades.

—¿Lo usarán como almacén? —pregunta extrañada.

—La verdad es que querían abrir una bodega de vinos y mi abuelo dijo que en esa calle solo podía haber una bodega y era la suya, así que lo cerraron hasta que llegó alguien con una propuesta distinta que no hiciera competencia y esa fue la de una panadería.

—Menudo elemento tuvo que ser tu abuelo.

No lo sabes tú bien.

Lucía observa la plaza del Rey y sus alrededores.

Está flipando.

—El museo no existe —susurra.

—Hoy son oficinas municipales y espacios patrimoniales.

Entramos en la bodega y Lucía se queda petrificada al ver que casi nada ha cambiado. Todo sigue estando en el mismo lugar. Las barricas de vino, las mismas mesas y sillas que tiene mi tía Rosa, la misma barra. Pero cuando ve a la mujer que sale de la cocina se queda sin palabras.

La mujer la mira extrañada.

Después me ve a mí. Me repasa un par de veces y sonríe.

—¡Quim! Cómo te hemos echado de menos.

Se acerca y me da un abrazo de oso, sincero y cariñoso.

—Tú debes de ser Lucía —dice de repente.

Lucía se queda como el mármol blanco.

Esto no se lo esperaba.

—La de veces que me ha hablado de ti, hija, es como si ya te conociera de toda la vida —le dice antes de darle un abrazo y dos sonoros besos.

Lucía la mira sin decir nada.

Está doblemente flipada. Por un lado, porque saben de ella en este tiempo. Por otro, porque esa mujer es igualita a mi tía Rosa y eso la ha dejado fuera de juego.

—Soy Mercè —le dice—. Ya era hora de que acabarais juntos, hija, que me lo tenías en un sinvivir continuo.

Es como mi tía, no se calla ni bajo el agua y le da igual lo que diga y de quien hable o si me deja mal o bien.

—Hola, Mercè. Sí, soy Lucía —atina a decir.

Me mira y me interroga con los ojos.

—¿Y ese mozalbete? —pregunta Mercè.

—Es hijo de un primo lejano que ha venido de visita. Ahora está de viaje y se lo estamos cuidando.

—Y tan lejano. ¿De dónde viene? De China por lo menos, porque esos ojos son de por allí —nos suelta antes de volver a la cocina.

—Es igualita a tu tía Rosa —susurra Lucía.

—No lo sabes bien —contesto.

—¡Señor Quim! —exclama un hombre que sale de la despensa. Se acerca y me estrecha la mano con fuerza—. Qué alegría verte de nuevo por aquí.

Mira a Lucía y al chaval. Lucía le tiende la mano.

—Lucía Folch —se presenta.

Él besa su mano, caballeroso.

—Antoni Mora —dice con una sonrisa, ante la sorpresa de Lucía, que me mira al entender que es un antepasado mío.

Nos señala una de las mesas.

Nada más sentarnos aparecen unos chatos de vino dulce y unas pastas de acompañamiento. No hemos pedido nada, pero da igual. En este local las cosas funcionan de forma distinta y así será hasta el fin de los tiempos.

—¿Quiénes son? —me pregunta Lucía.

—Antonio es el padre mi tatarabuela. Mercè es su madre. Ella es la que lleva el bar hasta dentro de unos años que se lo quedará él.

—Es igualita a tu tía —repite, incrédula—. Pero clavada en todo.

—Sí. Por eso me gusta venir aquí a hablar con ella y contarle mis cosas —le susurro, aunque supongo que ya se ha dado cuenta.

—No, si ya me he dado cuenta, ya. Me conoce como si fuera de toda la vida —protesta medio en broma.

Tiram no para de comer dulces.

Nos mira y sonríe.

—Este no va a querer volver a su tiempo. Ya verás —le digo a Lucía. Ella asiente y le acaricia el pelo.

—Bueno, par de jovenzuelos, ya podéis empezar a contarme cómo os van las cosas —dice mi antepasada antes de sentarse en la mesa con nosotros sin pedir permiso.