Capítulo 60
—Supongo que debes de ser asiduo al local —me dice Lucía sabiendo de sobras la respuesta.
En ese instante la puerta se abre y sale un hombre. Se me acerca, me mira curioso, casi estudiándome, y sin decir nada me da un abrazo que casi me tira al suelo.
—¡ Mal parit del collons ! —me suelta sin mesura. Es una manera coloquial de decir que me ha echado de menos.
—Ramon… Me alegro mucho de verte, amigo.
—No te había reconocido con esa cara llena de pelo, pero al verte salir de la portería he pensado «ese es Quim, sin duda alguna». ¿Dónde te has metido?
—Bueno, ya sabes, siempre viajando.
Mira a Lucía y se toca el sombrero.
—Señorita, Ramon Casas a su servicio.
Lucía sonríe.
—Encantado, señor Casas. Soy Lucía Folch.
Ramon me mira con ojos pícaros.
—Es mi prometida, Ramon, no te ilusiones.
Lucía abre los ojos como platos.
Ese adjetivo la ha pillado fuera de juego.
Ramon saluda al chaval.
—Es de Indonesia —le digo. Con los ojos rasgados tan bonitos que tiene el mozo nadie lo dudaría—. Apenas habla nuestra lengua.
—Espero que esta tarde os paséis a tomar algo. Se alegrarán de verte de nuevo por aquí —me dice. Me da un apretón de manos y se pierde en el interior de su local.
—¿Quién es? —pregunta Lucía—. Me suena su nombre.
—Es el cofundador de este café junto a Pere Romeu —le cuento—. Su nombre te debe sonar sin duda, por algo es considerado el pintor catalán más importante del modernismo junto a Santiago Rusiñol.
—¿En serio? —pregunta.
—¿Serio? —repite el chaval.
Sonrío y le acaricio el pelo.
—Dentro hay varios cuadros suyos, luego te los enseño. Igual te quiere vender alguno —le digo guiñándole un ojo.
—No voy a parar hasta que me lo regale, mira lo que te digo.
Lo peor es que me la creo.
Comenzamos a caminar hacia la calle del Portal de l’Àngel, que en esta época se llama de otra manera que no recuerdo.
—Los nombres de las calles son distintos —me dice Lucía como si me hubiera leído la mente—. Esta se llama calle de Montesión en lugar de Montsió y el Portal de l’Àngel en esta parte de aquí se llama Plaza de Santa Anna.
—Sí. A lo largo de los años algunas cambian, otras se quedan igual desde el principio. Yo me hago un lío que no veas.
—En esta época todas las calles tienen los letreros en castellano —me explica mientras caminamos—. Lo sé porque es un tema que suelo explicar durante las visitas guiadas.
—Mira, eso no lo sabía —le digo.
—Pues sí, aunque he visto bastantes letreros en catalán y algunos mitad y mitad —me cuenta como si fuera uno de sus clientes.
En la bifurcación vamos por la izquierda.
Miro el letrero de la vía.
—Calle del Archs —le digo—. Una mezcla de idiomas.
—Sí, por eso te digo que hay un poco de todo, pero mucho más en castellano. Tras la Guerra Civil todo será en castellano, hasta 1979 donde habrá una normalización lingüística.
—Lo que yo te diga, un lío.
Me paro un momento al llegar a un espacio abierto. Delante tengo un pequeño edificio que, si no me equivoco, está edificado sobre la muralla romana y separa la plaza Nueva en la que estamos con la plaza de la Catedral. En mi presente no estará y todo será un espacio abierto.
Me encanta la ciudad en esta década, todavía mantiene ese espíritu antiguo de ciudad milenaria que empieza a despertar con unas pinceladas de modernismo que la hacen especial.
—Por cierto, sí que es verdad que Tiram tiene los ojos un poco orientales —me susurra mientras el chaval está absorto en lo que ve—. ¿No te parece raro?
—A ver, no es muy normal, pero donde él vive es zona de paso de navegantes que venían de oriente —le digo pensativo y sin certeza ninguna—. Quizá su padre sea un comercial de rasgos orientales. No sé…
—Me contó que no lo conoció. Entendí que era un marinero que se fue a tierras lejanas antes de nacer él. Su madre siempre le ha dicho que no cree que vuelva nunca.
—Pues eso mismo —le contesto.
Caminamos hacia la calle del Bisbe.
—¿Qué famosillos frecuentan el café estos días? —me pregunta justo cuando veo que la plaza donde estamos se llama hoy Plaza Nueva.
—Hay un montón de artistas —le indico—. A veces los más interesantes son los que no llegarán a ser famosos, pero así, que tú puedas conocer, seguro que nos podemos encontrar con Isaac Albéniz, Enric Granados, Picasso, aunque a este ya lo has visto. Gaudí, por supuesto…
—Madre del amor hermoso. Me da algo si me lo encuentro de cara, aunque no sé si lo reconocería —me dice.
—Yo te lo presentaré.
En ese momento entramos en la calle y veo en una placa de mármol que hoy se llama calle del Obispo. Al fondo no se ve el Pont del Bisbe, ese arco tan característico y fotografiado en mi tiempo. No lo construirán hasta 1928.
—¡Hambre! —grita Tiram, que camina unos pasos por delante de nosotros. Sonríe.
—A veces se pasa también Lluís Domènech i Montaner…
—¿El arquitecto modernista?
—El mismo —le digo mientras salimos a la plaza de Sant Jaume. Una placa muy bonita indica su nombre actual: plaza de la Constitución—. También puedes conocer a Josep Puig i Cadafalch.
—Otro arquitecto.
—Y político —añado mientras cruzamos la plaza y entramos en la calle Fernando Séptimo, que más tarde será la calle Ferran—. A Santiago Rusiñol lo he visto un montón de veces.
—Ah, ¿sí? —dice sorprendida.
—Sí. Organiza muchas tertulias en Els Quatre Gats.
Giramos a la izquierda y enfilamos por Aviñó.
—Recuerdo haber visto pinturas suyas en el Prado.
—A mí me parecen muy melancólicas —le digo en el mismo instante en el que llegamos—. Ahí lo tienes.
Ella mira la fachada.
Es un edificio pequeño, funcional y discreto, sin adornos modernistas. La planta baja es para el bar y los pisos superiores residenciales, como la mayoría de los locales de la zona. La fachada es de piedra, bastante sosa y las ventanas tienen barandillas de hierro forjado.
—Es un local muy normalito —me dice, como si esperara que fuera un palacio o el mejor restaurante de la ciudad.
—A ver, es uno típico del Gótico.
El olor que sale del interior es delicioso.
—¡Hambre! ¡Hambre! —grita Tiram.
—Pobre, entremos que está hambriento —me dice.
Antes de que me dé tiempo a contestar, los dos ya han entrado y se han perdido en el interior del local, dejándome más solo que la una.