El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 59
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Capítulo 59

Me despierto y todavía es de día. Tengo la cabeza algo nublada.

No tengo claro si es que he dormido un par de horas o dos días.

No tengo la vía conectada, al menos eso quiere decir que no me he tirado otra semana sin sentido.

Creo que me desperté a medianoche y fui al lavabo.

Quizá no. No sé, mis recuerdos están algo difusos.

Llego al salón y confirmo que no hay nadie. Estos dos deben estar todo el día en la calle; conociendo a Lucía, no me extraña. Me asomo a la ventana. Hace sol. Calculo que debe de ser mediodía. Lo confirmo con el reloj de cuco de la pared. Son exactamente las doce y veintitrés.

Al entrar en la cocina me encuentro un periódico sobre la encimera. Hubiera preferido otra tortilla de patatas, pero bueno, al menos hay café hecho. También me vale.

Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer que conocí, que ha perdido en su campo el Atleti y que ha amanecido nevando en París.

Sonrío, como siempre que relaciono momentos de mi vida con letras de canciones de autor. En fin, mientras esos temas no hablen de desamores ni engaños, vamos bien.

Escucho la puerta al abrirse.

Risas.

Se acabó la paz.

—¡Quim despierto! —vuelve a decir el chaval.

Se acerca y me pone el puño delante para que se lo choque.

Lucía se ríe.

— Lusía enseña mí —me explica antes de irse al comedor.

—Se le ve contento —le digo a la maestra de idiomas y modales modernos.

—No para quieto. Madre mía, qué vitalidad.

—Qué edad tiene, ¿lo sabes?

—Él no lo sabe. Por su físico diría que trece como mucho. Lo que pasa es que es mucho más maduro y responsable que los niños que yo conozco con esa edad.

—Normal. Seguro que ya trabajaba de sol a sol y se valía por sí solo en su ciudad. Eran otros tiempos.

—Por eso está feliz de estar aquí.

—No lo mimes mucho.

—Todo lo que pueda. Eso que se lleva cuando vuelva a su vida. Va a ser algo que no olvidará jamás.

Y punto.

Si me parece bien, bien; si no, pues también.

—Mientras no deje sus memorias escritas —le digo.

—Ya le he dicho que esta aventura debe quedar en secreto entre nosotros. Ni siquiera puede decírselo a su madre.

Yo asiento.

Veremos…

Todavía temo que algún día se encuentre un poema medieval idéntico al de Machado escrito por la mano de mi amigo Bernat. Quién me mandaría a mí recitarlo varios siglos antes de su creación. El tío se lo aprendió de memoria. Caminante, no hay camino…

—Por cierto —me dice Lucía—, le enseñé la hoja donde copiaste la lámina de oro, la que tu padre dijo que posiblemente estaba escrita en tartesio.

—¿Y qué ha dicho?

—Nada. No sabe leerla. Creo que no sabe leer.

—Bueno, ya la traduciremos cuando vuelva a dejarlo.

—Cuando volvamos —me corrige.

Yo asiento sin decir nada.

Ella me mira con los ojos entrecerrados.

—Que sí… Cuando volvamos. Prometido.

Sonríe.

—Hemos subido a cambiarnos de ropa y a por algo de dinero para ir a comer.

No quiero ni pensar cuánta pasta llevan gastada.

Ojos que no ven, dinero que vuela.

Da igual, mientras se lleven un buen recuerdo de esta aventura y se le pase el enfado, ya me vale.

—¿Conoces algún restaurante que valga la pena visitar?

—Casa Agut en la calle Avinyó. Es una taberna frecuentada por artistas, marineros y bohemios. Sirven unos vinos muy buenos, pero los embutidos, el bacalao y las tapas son lo mejor.

Estuve en su inauguración. Creo que fue sobre 1890 o así. Menuda cogorza que pillé. Acabé durmiendo en la playa sin saber ni cómo llegué allí.

—Genial. ¿Te vienes?

—Vamos —le digo.

—Primero date una ducha, anda.

Arruga la nariz en señal de asco.

—A ver, cariño, te he lavado como he podido, pero una buena ducha te irá muy bien, también para espabilarte.

Ella también mete el «cariño» para suavizar, por lo que veo.

Pero es cierto, no le falta razón. Además, me apetece mucho estar bajo el agua caliente durante un rato.

—Ve a la bañera que yo voy calentando las ollas y te las voy llevando.

Tardo dos segundos en reaccionar.

¡Mierda! Es verdad. Todavía no hay agua caliente en la ducha. Bueno, pues nada, a lavarse con las ollas.

Tras un par de cacerolas, mucho de remojo y una afeitada para quitarme la barba mal sembrada que dice mi tía que tengo, me visto y salgo al comedor.

Los dos me esperan con cara de aburridos.

—¡Hambre! —dice Tiram.

Lucía sonríe.

—Estás muy guapo —me dice zalamera.

—¡Quim guapo! —exclama el chaval.

Siempre habla a gritos el tío.

Llevo un traje oscuro de lana con la chaqueta ligeramente gastada en los codos.

Bajo ella asoma un chaleco abotonado, donde guardo mi reloj de la suerte que siempre llevo en esta época.

La camisa, aunque la he usado mucho, todavía mantiene su blancura.

Parece almidonada y de cuello duro, estrecho y algo incómodo, de esas que aprietan la garganta como exige la respetabilidad de la época, al igual que los lustrosos botines de cuero, pero no es así.

Todo es tejido moderno, suave y cómodo. Hecho a medida por mi sastre de siempre que, a pesar de haber hecho ropa distinta para diferentes épocas nunca ha preguntado nada. Es especialista en crear ropa para series y películas, así que no se extraña de nada de lo que yo le pido.

—Mira qué guapo va Tiram —le digo.

—¡Tiram guapo! —grita de nuevo.

Viste un pantalón corto que deja a la vista las medias de lana un poco arrugadas.

En dos minutos, Lucía ya le ha metido dos veces la camisa por dentro, pero él se la saca de nuevo.

Encima lleva una chaquetilla de punto, con botones grandes fáciles de abrochar.

Los zapatos son negros, de cuero, resistentes y cómodos.

Lucía lleva un vestido largo, ceñido en la cintura y de mangas ajustadas, como mandan las modas de finales de siglo.

Los colores son sobrios. El tejido, que parece de lana fina, cae con gracia.

Sobre el torso lleva una blusa con cuello alto adornada con pequeños encajes.

Como calzado, unos botines oscuros con cordones.

—Vas a ser la más guapa de la ciudad —le digo.

Ella sonríe.

—¡ Lusía más guapa que Quim!

A él le sonríe más.

—Hay que llevarlo al médico porque creo que puede tener un problema de oído —le digo a Lucía—. No es normal que chille tanto.

—Yo creo que es su forma de hablar.

—Ni su madre ni sus vecinos gritaban así. Algo le pasa. Igual tiene tapones de cera, no sería extraño.

—Anda, calla y ponte esto —me dice de repente. Me da una barba y un bigote postizos—. No quiero que nadie te apuñale por la espalda mientras paseamos.

No le falta razón.

Vuelvo al lavabo y me disfrazo. La verdad es que no me reconocería ni yo mismo en una foto.

—¡Quim viejo! —grita de nuevo Tiram al verme.

—Tapones de cera, te lo digo yo.

—Vámonos ya, tapones de cera...

Me empuja para que salga yo primero.

Pues yo creo que tengo razón, la verdad.

Salimos del piso y bajamos las escaleras hasta la calle sin encontrarnos con los vecinos. Mejor, porque no recuerdo como se llama ninguno.

Lucía me mira.

Sonríe nerviosa y contenta a la vez.

Antes de abrir la puerta y salir a la calle me arreglo la barba y me coloco un sombrero hongo.

Me encanta cuando se inclina cada vez que saludo.

Tiram se coloca un gorrillo blando y Lucía se cubre con una chaqueta corta y se ajusta su sombrero estrecho y elegante, sujeto por un alfiler que brilla de vez en cuando.

Una vez listos, abro la puerta y el aire fresco de la ciudad me acaricia después de haber estado demasiado tiempo fuera de juego.