Capítulo 58
Abro los ojos y una claridad tenue se filtra en la habitación, como si el día aún dudara en despuntar.
Miro a mi alrededor, intentando ordenar mis pensamientos, pero nada me resulta familiar.
Solo cuando pasan unos segundos, distingo el armario antiguo del fondo. Lo recuerdo. Estoy en mi piso franco.
Imágenes difusas de Lucía y del chaval sobrevuelan el ambiente y hacen que la memoria se encienda de golpe. ¿Dónde están? No se oye nada. El silencio es tan absoluto que parece hueco.
Me incorporo despacio. Sobre la mesita hay un vaso de agua y unas pastillas.
Cuando voy a coger el vaso noto que algo tira de mi brazo.
Llevo un tubo conectado a la cánula. Lo sigo y me lleva hasta una bolsa de suero que está por la mitad, y gotea incansable para alimentarme.
¿Cuánto tiempo llevo dormido? No tengo ni idea, pero estoy mejor de lo que estaba en la consulta de David.
Lucía, sin duda alguna, me ha cuidado muy bien.
Lo que no tengo claro es si el salto llegó a su destino o si me quedé en un limbo a medio camino.
La idea me da escalofríos. No me gustaría haber caído en plena dictadura, nada divertido nos esperaría en la calle.
Quizá solo llegué a los años ochenta. Eso sí sería más entretenido.
Me iría de cabeza a cualquier concierto de la ciudad.
Ojalá tocara Antonio Vega en alguna sala para poder ir a verlo en directo de nuevo.
Sonrío sin darme cuenta.
Me saco el tubo del catéter para poder salir de la habitación.
Intento ponerme en pie, pero no me siento cómodo.
Espero un poco hasta que no noto mareo. Llevo un pijama que no recuerdo haberme puesto.
Salgo al pasillo. El mareo vuelve y me obliga a apoyarme en la pared, pero avanzo hasta el comedor.
Creo que huele a tortilla de patatas. De repente un apetito inhumano me abraza.
Mi estómago ruge y el eco de un piso vacío lleva el sonido por toda la casa.
Me acerco a la ventana.
El cielo está despejado, limpio.
Abajo, la gente se mueve envuelta en ropa de otra época. Veo prendas antiguas, de abrigo, aunque no demasiado gruesas. Yo diría que es otoño. Y, por el aspecto general, quizá principios del siglo pasado. Asiento frente a la ventana sin darme cuenta. Creo que el salto sí que funcionó.
Voy a la cocina para beber más agua.
Sobre la encimera veo una tortilla de patatas.
Bueno, la mitad de lo que fue originalmente.
Seguro que ellos ya han comido. Otra señal de que están bien.
Habrán salido a dar una vuelta. Lucía debe de estar como loca visitando la ciudad.
Y Tiram estará flipando pepinillos, como diría mi padre.
Me siento en la mesa de la cocina y pruebo la tortilla.
Está muy buena. Fría pero buena.
No veo ningún microondas para calentarla, claro está.
Tampoco está la nevera. Este dato me indica que debemos de estar antes de los años 30 del pasado siglo. Si no recuerdo mal compré la primera en 1932. Los que la trajeron dijeron que era la tercera que colocaban en la ciudad.
La puerta de la calle se abre.
Alguien entra.
Oigo risas. Y la voz de Lucía.
Al llegar a la cocina me ven. Ambos sonríen.
—¡Quim despierto! —me dice el chaval.
Lo miro sorprendido. Viste con ropa de época.
—Joder, sí que habla ya, ¿no? —le digo a Lucía.
—Es que una semana da para mucho —me suelta.
Mis ojos se abren al máximo.
Ella asiente.
—Sí, hijo, llevas seis días y medio durmiendo como un lirón —se acerca y me besa—. ¿Has podido sacarte el colector que te puse para el pis?
—Sí, gracias. He vaciado la bolsa en el lavabo. Jamás había estado tanto tiempo dormido —pienso en voz alta.
—David ya me avisó de esto —me suelta desde la otra habitación—. Por eso me dio muchas bolsas de nutrición para alimentarte por vena. Menos mal que no te quitaron la vía, porque si te la hubiera tenido que poner yo estarías en los huesos. ¿Qué tal estaba la tortilla?
—La mejor que he probado en mucho tiempo —no miento.
Ella sonríe. Se sienta a mi lado.
—Hemos ido a pasear. Me encanta esta época. El Paseo de Gracia está espectacular. ¿A que no sabes con quién me he cruzado en la calle varias veces? Va mucho a Els Quatre Gats. Le he dicho que me haga un retrato, casi lo tengo convencido.
No para de hablar ni para respirar, la tía.
—No sé quién puede ser —le miento. Claro que lo sé.
—¡Al mismísimo Pablo Picasso! —exclama sonriente y gesticulando—. ¿Te imaginas que me hace un dibujo? ¡Un retrato de Pablo Picasso! No lo vendería jamás, por supuesto. Ahora comprendo lo que sientes cuando traes cosas valiosas y dices que no te quieres desprender de ellas por nada del mundo.
Se va a ahogar si no respira.
Madre mía, ya echo de menos el silencio de antes.
—Bueno, te dejo comer que a las tres siempre hacemos clase de idiomas.
Nos estamos enseñando mutuamente. Tiram es listo como el hambre.
Por cierto, ya me ha contado cómo te encontraron medio muerto.
Que caíste sobre el tejado de su casa. Que su madre te cuidó.
Que os atacaron en el palacio de su rey.
Se trata del rey Argantonio, ¿verdad? ¡Qué pasada!
Tengo un montón de dudas que resolver para cuando volvamos a llevar a Tiram. Quiero saber todo sobre ellos.
Yo asiento.
Me duele mucho la cabeza.
—Lucía, necesito un poco de silencio, cariño. Me duele mucho la cabeza y estoy un poco mareado.
Espero que ese «cariño» metido en la frase amortigüe un poco mi insensible petición, pero es que no aguanto más.
—Está bien, perdona. Te dejo comer tranquilo.
Me da un beso sin rencor.
Cuando me quedo solo noto que vuelvo a calmarme.
Acabo de comer y me tumbo en la cama de nuevo.
Sin darme cuenta y sin necesidad de ponerme un documental de La 2, me quedo frito antes de apoyar la cabeza en la almohada.