Capítulo 56
Piso franco
Todavía con los ojos cerrados, Quim escucha voces cercanas.
Tarda un rato en recordar dónde está. Una de las voces es la de Lucía; la otra, la del chaval.
Están intentando hablar entre ellos, con frases cortas y sencillas.
Sin necesidad de abrir los ojos, sabe que están conversando a través del traductor del móvil.
Se incorpora lentamente y abre los ojos.
Tarda un rato en centrarse. Después de una siesta de hora y media necesita tiempo y cafeína para volver a ser una persona normal. Al menos volver a ser él, si es que eso tiene algo de normal.
—¿Cuál es tu comida favorita? —pregunta Lucía.
Al cabo de unos segundos el móvil traduce la frase al hebreo y el chaval sonríe. Lucía también. Al parecer llevan así un rato porque ella tiene una libreta con algunas cosas apuntadas. Seguro que ya le ha hecho un interrogatorio a fondo.
A pesar de que el idioma materno del chaval es el tartesio, sabe defenderse en fenicio porque esta lengua funcionaba como una especie de dialecto franco comercial en el Mediterráneo occidental.
Si Lucía traduce al hebreo lo que quiere decirle, casi se entenderán porque las dos son lenguas semíticas.
Es como si un español hablara con un italiano o un portugués, no lo entenderá todo, pero sí lo más básico.
— Dag verud —contesta el chaval.
—Pez rosa —se oye decir al móvil.
—Creo que se refiere al salmonete —le aclaro. Recuerdo haberlo comido en su casa, aparte de verduras y otros alimentos muy buenos.
Ambos me miran.
—¿ Comostás ? —pregunta él para mi asombro.
—Muy bien, gracias —le respondo.
—Le he enseñado un par de cosas. Es muy listo.
—Ya lo veo, ya.
—Mi nombre es Tiram.
Mira a Lucía y espera su aprobación. Ella sonríe.
—Tiram. Yo soy Quim —le digo.
—Quim, amigo. Lusía , amigo —me contesta.
—Hemos adelantado un montón —dice Lucía a la vez que le choca la mano al chaval. Veo que también le ha enseñado costumbres modernas—. Está entusiasmado.
—Con lo que debió flipar fue cuando usó el baño por primera vez. Eso sí que lo echará de menos cuando vuelva.
—¡Baño bueno! —exclama Tiram al instante.
Ya lo sabía yo. La cama y el baño, los mejores inventos del mundo. Sus creadores deberían tener un día en el calendario y que fuera fiesta mundial.
Me levanto para comprobar cómo reacciona mi cuerpo.
No estoy mal del todo. La verdad es que podría estar peor después del souvenir que me traje. Sin embargo, Tiram está más fresco que una rosa.
—¿No tiene fiebre? —le pregunto a Lucía.
—De momento no.
Mejor para él.
Me asomo a la ventana y miro la calle.
Justo abajo está la entrada de la cafetería. Hay gente que entra y sale del local todo el día. Ha sido así desde que lo recuerdo. Qué buenos momentos he pasado ahí.
En las calles adyacentes la gente camina a su rollo. No sé cuántos de ellos estarán a sueldo de los ladrones de mentes, pero supongo que alguno habrá, casi seguro.
—Creo que ya puedo saltar —le digo a Lucía.
—Cuando tú digas nos vamos —contesta. Se levanta, va hasta la bolsa de las medicinas y saca un autoinyectable blanco, con la punta naranja—. David me dijo que esto te ayudaría a la hora de saltar. Es adrenalina. Te dará fuerzas.
—Genial.
Ya lo he probado alguna que otra vez y funciona.
—¿A cuándo iremos? —me pregunta.
—A cuando yo no haya ido.
—Claro, porque no puede haber dos tú en la misma habitación —dice ella, preocupada, recordando lo que le expliqué.
—Así es, pero tranquila, que todavía me quedan muchos años por visitar.
—¿Te sabes de memoria todos los días que has estado para no volver a ir?
—No, que va. Pero al saltar siento dónde sí estoy. Es una sensación extraña que supongo que está ahí para avisarme del peligro.
El chaval nos observa sin decir nada.
—Pues vamos al lío —dice Lucía convencida.
Ella se acerca más a mí. Tiram está a mi derecha, sin tener ni idea de lo que va a suceder. Los tres sentados en el sofá como una familia normal, pero no para ver una serie de época, no, sino para vivirla en nuestras propias carnes si es que consigo saltar y llegar sano y salvo
Lucía sonríe, confiada.
Le doy la mano. En el dorso todavía tengo el catéter intravenoso que Mireia me puso en la clínica. David me recomendó no quitármelo hasta estar seguro de no necesitar más suero. Lucía sabe conectar la bolsa a la vía, pero no sabría poner una cánula nueva.
Yo, como siempre, le hago caso al doctor.
Después le doy la mano a Tiram.
Lucía sujeta el autoinyectable en su mano izquierda.
Me da un beso.
—Tú puedes con esto —susurra.
No sé yo.
Le hago una señal y al instante me lo inyecta en la pierna.
La adrenalina penetra en mi cuerpo y activa el sistema simpático. Una oleada de calor aumenta mi ritmo cardíaco y mi presión arterial. Respiro en profundidad y mis vías respiratorias se abren al máximo.
Aparecen unos pequeños temblores, acompañados de un súbito, inesperado y necesario aumento de la energía que me ayudará a emprender este viaje.
Me concentro todo lo que puedo.
Aprieto mis manos para que no se suelten.
Por suerte nadie habla, nadie se mueve.
Eso me ayuda.
El silencio llega.
Dejo de notar el sofá bajo mi trasero en el mismo instante en que la luz brillante me envuelve junto a un calor mucho más potente y doloroso de lo normal.