Capítulo 55
Tienda de Mario
En cuanto terminan de comer, Félix y sus acompañantes dejan el bar y se dirigen a la tienda de Mario.
Antes de salir, todos sienten el peso de la mirada de Rosa clavado en sus nucas.
Félix incluso nota cómo una mano invisible le da una colleja y hasta su mente llega la voz de su hermana, rogándole que no se meta en más líos.
Nada más entrar, don Alfonso se queda junto a la puerta. Observa el interior de la tienda y niega con la cabeza.
—Mario, me cago en la mar, que me quemen en la hoguera si he visto un negocio más desordenado que este —le suelta, como buen maniático del orden y la limpieza—. Este sindiós me está provocando un principio de úlcera. Deberías cambiar el letrero por El Paraíso de Diógenes.
Félix sonríe al escucharlo y nota un pinchazo en el labio.
En el fondo, todos opinan lo mismo.
En ese instante aparece el novio de Octavi.
—Hombre, Amador, no te había visto entre tantos trastos. Deberías hacerte con una buena brújula para encontrar la salida, porque como se vaya la luz no te encontramos en dos o tres semanas, como poco.
Mario niega con la cabeza.
—Eres un exagerado —protesta.
Félix coge una hoja en blanco y un lápiz.
Se apoya en el mostrador y empieza a dibujar. Don Emilio lo mira con curiosidad. Un par de minutos después, Félix le entrega el boceto.
—¿Qué es esto? —pregunta mientras lo examina.
—Es un colgante muy especial —explica Félix—. Lo llevaba puesto la morena que vino a la tienda.
—La víbora —apunta don Alfonso.
Mario asiente en silencio.
—Tenemos que averiguar todo lo posible sobre él. No os lo vais a creer, pero ese colgante hace inmortal a quien lo lleva. Ahora lo tiene la rubia loca que nos encerró en las oficinas hace meses —informa Félix.
—Otra víbora venenosa, más si cabe —murmura don Alfonso, recordando el encierro.
A pesar de lo increíble de sus palabras, el dúo Sacapuntas no duda ni un segundo de ellas.
—Si tan importante es, tendremos que recuperarlo cuanto antes —opina don Emilio.
—¡Por supuesto! No me puedo imaginar a esa psicópata viviendo por los siglos de los siglos —refunfuña don Alfonso.
—El colgante es de metal azul oscuro y lleva una piedra encastrada que tiene forma de ojo, también azul.
Félix acaba de colorear el dibujo. Mario le va pasando los lápices.
—No me suena haberlo visto ni haber leído jamás nada sobre él —comenta don Emilio.
—Estoy seguro de que en tu reino de polvo y humedad encontrarás algún viejo manuscrito que cuente su historia —espeta don Alfonso con sorna.
—Vamos a investigar y el primero que averigüe algo que llame al resto —propone Félix.
Los demás asienten.
Dos minutos después, cada uno se marcha a su respectivo negocio. A pocos metros de allí, Nadia sigue observando, esperando el momento perfecto para intervenir.